Nunca se deben dejar las gafas en casa

spectacles-1398424_960_720María Jesús estaba contenta, contenta e ilusionada, hoy era su cumpleaños y sus mejores amigas, bueno sus únicas amigas de verdad, Carmen y Marta la habían convencido para salir a celebrarlo; primero la cena en uno de los mejores restaurantes de la pequeña población costera en la que vivían, después unas copas y apurar todo lo que la noche les ofreciera.

Mientras se arreglaba, se miró al espejo y le gustó lo que vio; para acabar de cumplir cuarenta y seis años estaba de muy buen ver, tal vez algo rellenita, quizás un poco más que algo reconoció para sus adentros, pero de muy buen ver, apenas se le marcaban los incipientes michelines y sus pechos aún se mantenían prietos y turgentes y su pelo castaño seguía brillando igual que cuando tenía veinte años menos.

Se puso un elegante pero discreto vestido maxi, sin mangas, de color negro, holgado, con escote en v y algo entallado a la altura del pecho, resaltándolo y disimulando la cintura, algo más ancha de lo que hubiera deseado, se maquilló ligeramente e iba a ponerse las gafas pero, por coquetería, decidió no hacerlo pues esa noche no iba a conducir, cogió un pequeño bolso negro en el que introdujo la documentación, la tarjeta de crédito y el monedero justo a tiempo para abrir la puerta a sus amigas que acababan de llegar y salir para el restaurante con ellas.

Era la primera vez que salía dispuesta a divertirse con sus amigas después de su reciente divorcio de Carlos. Después de más de veinte años de feliz, creía ella, matrimonio, el que no habían tenido hijos y cuando mejor se encontraban, sin previo aviso, Carlos le comunicó su intención de divorciarse de ella. Tras escenas muy desagradables y muchas noches de llanto de María Jesús en la soledad de la alcoba; Carlos se fue a vivir a casa de la compañera de trabajo, algo más joven que María Jesús, de la que se había enamorado y por la que se iba a divorciar de ella. Al final acordaron un divorcio de mutuo acuerdo, cuando ella aceptó el hecho de que había perdido a Carlos. Este no se portó mal en el acuerdo y la dejó en una posición económica holgada que le permitía mantener un ritmo de vida similar al que llevaba antes del divorcio.

La cena, en la que disfrutó de exquisitos platos que por una vez no había cocinado ella, acompañados de un verdejo que se bebía solo, Carmen propuso que fueran a tomar una copa al piano bar que se encontraba en la esquina opuesta en el que le habían dicho que tocaba un pianista muy bueno que además, estaba muy bueno.

Carmen era una escultural morena, también divorciada como María Jesús, que cuando se vio libre de las ataduras del matrimonio, decidió disfrutar de la vida lo más intensamente posible y conocedora de las posibilidades que su figura le brindaba era una habitual de la noche de la ciudad, acompañada de Marta, la más joven de las tres y única soltera del grupo. Las dos formaban una extraña pareja; en tanto que Carmen era una persona extrovertida, siempre con una sonrisa en los labios, vestidos ajustados que realzaban su espléndida figura y era capaz de entablar conversación con cualquiera, Marta era tímida e introvertida y aunque no era fea, se vestía como una monja que hubiera dejado el convento, generalmente con faldas grises por debajo de las rodillas y holgadas blusas blancas y aunque Carmen hacía lo posible porque se integrara no lo conseguía, dado que tenía una especial habilidad para alejar en los cinco primeros minutos a todos los hombres que se le acercaban.

Entre las dos animaron a María Jesús para tomar unas copas en el piano a lo que esta, tras unos momentos de vacilación, accedió y entraron en el piano donde tomaron un par de copas, el pianista tocaba realmente bien y era un auténtico showman, pero no pudieron hablar con él porque en cuanto dejó de tocar una nube de jovencitas, más parecidas a Barbies recién sacadas de sus cajas que a mujeres reales, le abrumaban con sus zalamerías. Como el público del local estaba compuesto en su mayor parte por esas muñequitas y sus acompañantes, más preocupados por exhibirse bailando solos en la pequeña pista del local sin que se moviera un solo pelo de sus elaborados peinados, que por lo que hacían sus acompañantes, Carmen propuso que fueran a Parque Jurásico, una discoteca cuyo público era más acorde con su edad.

Una vez en la discoteca María Jesús recordó viejos tiempos, la música algo anticuada y la penumbra del local, suavemente iluminado por luces indirectas en las mesas, resaltaban la pista brillantemente iluminada. Se acercaron a la barra y pidieron unos cubalibres al tiempo que se movían suavemente al ritmo de la música; al poco tiempo se les acercaron unos chicos y trabaron conversación con ellos, entre copas y agradable conversación, María Jesús se encontró bailando con un hombre joven de brillante pelo rubio y blancos dientes que brillaban en la oscuridad.

María Jesús esta que no cabía en si de gozo, no entendía como había podido tener tanta suerte, la primera noche que salía se ligaba a un guapísimo rubio con una encantadora sonrisa. En un momento de la noche le acercaron Marta y Carmen para decirle que ya era hora de irse a casa, por lo que se despidió de su acompañante diciéndole que tenía que irse que la habían llevado sus amigas y tenía que marcharse con ellas, a lo que él le respondió que tenía coche y si no le importaba llegar un poco más tarde, él la llevaría a casa; tras pensarlo un poco, sumida aún en sus ilusiones, accedió y se despidió de sus amigas.

A la mañana siguiente, con la cabeza algo pesada a causa de las copas de la noche anterior y se puso las gafas para ir a prepararse un café, vio con sorpresa que al otro lado de la cama, dormía plácidamente un hombre veinte años mayor que ella, con el pelo completamente blanco y dos dientes de oro.

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