La presencia

slender_2_karta_sanatirium_1¿Donde me encuentro? No veo nada, no oigo nada, solo siento frío, un frío que me congela el alma. Como si me fuera la vida en ello concentro mi voluntad en abrir los ojos y tras un largo esfuerzo lo consigo, pero sigo sin ver nada, al cabo de unos minutos, mis ojos doloridos se acostumbran a la oscuridad que me rodea y poco a poco, a la luz de las pocas estrellas que tachonan un cielo sin luna, comienzo a percibir sombras a mi alrededor.

Me encuentro en la calle, una calle estrecha, en la que los muros de las casas que se ciernen sobre mí me observan a través de las ciegas ventanas, como si desearan engullirme por sus cavernosas puertas, de las que emana una oscuridad más profunda que la de la noche.

Siento un agudo dolor y me percato de que estoy tumbado sobre el duro y desigual adoquinado de la calle, cuyas piedras se clavan en mi espalda; trato de ponerme de pie, pero me enredo con el largo abrigo que me cubre y pierdo el equilibrio, apenas consigo detener la caída con las manos, cubiertas por raídos mitones de lana y siento que un ramalazo de dolor sube por mis brazos cuando las afiladas piedras del suelo se clavan en ellas, a causa del cual se me llenan los ojos de lágrimas, en tanto que un ajado sombrero de copa cae de mi cabeza y rueda alejándose por la calle.

¿Que ocurre? ¿Por qué llevo estas estas ropas sucias y desgarradas? Escucho el lúgubre aullido del viento que transporta efluvios de corrupción y podredumbre; siento que algo se acerca, algo perverso que me busca y un miedo telúrico, me invade. Intento escapar de esa presencia maligna y aterrorizado compruebo que no puedo despegar los pies del suelo que se ha convertido en un fango pegajoso que tira de mi hacia abajo. Desesperado, con el corazón latiendo violentamente y a punto de estallar por el miedo, logro dar un paso tras violentos esfuerzos que me dejan empapado en sudor, un sudor que se me congela en el cuerpo cuando compruebo que estoy pegado al suelo de nuevo.

Siento a mi perseguidor cada vez más cerca; llorando de rabia redoblo mis intentos por librarme pero no lo consigo y para mi desconsuelo, compruebo que estoy hundido en el suelo hasta media pantorrilla. Siento la presencia a mis espaldas del inenarrable horror que se dispone a atraparme y sumido en la desesperación dejo de luchar.

Estoy cayendo, cayendo hacia ninguna parte, ya no siento la presencia de mi perseguidor, el terror se mitiga un poco y sigo cayendo en medio de la nada, pierdo la noción del tiempo y continúo cayendo por un insondable vacío.

Sin saber como, el vacío se ha convertido en un mísero cuarto, un cuarto mal iluminado por la titilante llama de la vela colocada sobre una burda mesa de madera, ante la que se haya, sentado en un taburete, un viejo miserable que contempla un espejo; al verme, se levanta precipitadamente volcando el taburete y sale del cuarto dando aullidos de terror. Sorprendido, me vuelvo y al no ver a nadie tras de mi, recorro distraídamente el cuarto con la mirada y me fijo en el espejo en que se fijaba el viejo y que ahora se refleja mi imagen, la imagen de un ser vestido con largo y raído abrigo de lana, cuyas altas solapas enmarcan una calavera descarnada a la que se pegan algunos jirones de carne putrefacta y en la que cuelgan de sus órbitas, los globos oculares.

Un escalofriante aullido escapó de mi garganta y me desperté con las manos engarfiadas a las sábanas y empapado sudor. Durante un tiempo continué invadido por un miedo irracional hasta que poco a poco fui tranquilizándome al comprobar, a la luz de la ventana abierta de par en par que me encontraba en mi dormitorio.

Esa noche me juré que jamás volvería a ver una película de terror en la sesión de media noche si, como de costumbre, iba a dormir solo.

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