Los Caballeros de la Iglesia

Capítulo VI – Lo tratado en el Capítulo

(El relato de Khört)
El medallón de Skjult

El medallón de Skjult

Tras unos minutos de silencio para que pudiéramos asumir lo que nos acababa de revelar, Erlhènj continuó:

–Hermanos, cuando terminemos este Capítulo extraordinario, podremos dar la bienvenida como se merece al hermano Skjult, pero aún quedan muchos hermanos por hablar y mucho por decir para poner, en su debida dimensión los hechos y poder meditar y analizar las decisiones que nos veremos obligados a tomar. Por ello escucharemos en primer lugar a un representante del grupo de hermanos que le encontró. Hermano Khört, contadnos lo ocurrido.

Y Khört, el carretero que nos trajo a Edzàrj, Melhiker y a mi de los cenobios al convento que por supuesto, era un hermano Jannike más, cosa que no me extrañó en absoluto, comenzó a contar su parte de la historia.

–Como todos sabéis, desde hace años, la iglesia ha enviado hermanos a establecerse en los reinos limítrofes con la Confederación Erkendia con la misión de informarnos de las actividades y evolución de los mismos y avisarnos si se daba el caso que que en algún momento, pudieran representar un peligro para la Confederación. Hasta hace diez años, solamente nos preocupamos de hacerlo en los reinos situados en las costas más cercanas del océano Sthörhav, donde se encuentran los distintos reinos con los que comerciamos y que potencialmente representaban un peligro mayor para nosotros.

Khört hizo una pausa para que sus palabras calaran en nuestras mentes y mirando al Prior continuó.

–Aunque siempre hemos procurado mantenernos alerta, los siglos de tranquilidad y paz vividos han hecho que nos confiáramos en exceso y si no hubiera sido por la previsión y curiosidad del Prior Erlhènj que hace diez años pensó que no estaría de más conocer algo sobre las tierras que se extienden más allá de la cordillera Bealjehkh que en todos los mapas figuran como Tierras Ignotas, tal es el conocimiento que de ellas tenemos; Erlhènj lo propuso en capítulo y pidió un voluntario para establecerse allí. Pidió uno solo ya que todos pensábamos que no era necesario enviar a nadie más ya que la altura de las montañas, sin pasos conocidos, nos proporcionaba la suficiente seguridad. Demos gracias al Prior por su curiosidad que nos permite prepararnos ante la amenaza que se nos viene encima y que no podíamos sospechar.

Vigorosos asentimientos de cabeza y murmullos de aprobación llenaron la sala capitular. Cuando se restableció el silencio Khört prosiguió.

–El hermano Skjult se ofreció para hacerlo y partió hacia la Tierras Ignotas; al mismo tiempo, como ya conocéis, el convento envió patrullas dispersas por las montañas que bajo la tapadera de grupos de leñadores, cuya misión era la de proveer de madera al convento y controlar la llegada de posibles mensajes de Skjult. Durante años no tuvimos noticias, cosa que no nos preocupó, pues las instrucciones de Skjult eran las de averiguar lo más posible sobre esas tierras y las gentes que las habitaban y no ponerse en contacto con nosotros salvo que sus pesquisas no aportaran ningún dato de interes porque las tierras estuvieran despobladas, en cuyo caso debía volvar al convento y de no ser así, tenía un plazo de doce años para averiguar todo lo posible sobre ellas. Solo en caso de extrema necesidad debía hacernos llegar algún mensaje. Así, sin novedades, han ido pasando los años hasta hace cuatro días.

Según el hermano Khört iba desgranando su historia, crecía el interés que sentíamos por escucharlae inconscientemente nos inclinábamos hacia adelante para escuchar mejor.

–Hace cuatro días me reuní, como de costumbre, con uno de los grupos para recoger la madera que habían conseguido, cuando me pidieron que me quedara con ellos, pues había novedades inesperadas. Desde hacía varios días habían venían observando la presencia de un nutrido grupo de personas que parecían tratar de ocultar su presencia, aunque de forma muy poco habilidosa, ya que habían detectado sus huellas, pocas pero muy claras, como si no tuvieran la habilidad suficiente para ocultarlas, entre las que había huellas de herraduras, hecho totalmente inesperado ya que los escasos grupos familiares que poblaban las montañas no disponían de ellos. Puestos sobre aviso nos dispersamos al día siguiente descubrimos, a bastante distancia entre los árboles, un grupo de gente armada, encabezado por un explorador. Estuvimos observandoles durante todo el día y notamos en el explorador un comportamiento extraño; Se notaba que conocía su oficio y era perfectamente capaz de moverse sin dejar ninguna huella, pero notamos que en varias ocasiones, condujo al grupo hacia callejones sin salida que les obligaban a volver sobre sus pasos, de forma que a un profano en la materia le podía parecer casual, pero que un ojo entrenado no tardaba en descubrir que era intencionada; en estos casos, se cercioraba de que no quedara ninguna huella que delatara su presencia, pero cuando les conducía por el camino correcto siempre dejaba, de forma al parecer inadvertida, algún rastro indicativo de su paso.
Khört era un gran narrador y sabía mantener el interés de sus oyentes por lo que según avanzaba en el relato de los hechos, sentía que crecía en mi, el interés y la ansiedad por conocer el final.

–Cuando el grupo se acercó a nosotros– proseguía Khört –Pudimos apreciar que era un destacamento de soldados perfectamente disciplinado cuyo jefe controlaba con mano firme, a todos menos al explorador que disponía de mucha más libertad y que aunque su uniforme era el mismo que el del resto de la tropa, no portaba armas, a excepción del hacha que colgaba de la silla y una daga enfundada en el cinturón, además, del cuello le colgaba un extraño medallón que inmediatamente atrajo mi atención, al fijarme en él, hice señas a todos los hermanos y silenciosmente nos retiramos para reunirnos lejos de la vista y los oidos del extraño destacamento. Cuando estuvimos reunidos acordamos tenderles una trampa, nos dejaríamos ver tres de nosotros, mientras el resto se mantendría escondido con las ballestas dispuestas para una emergencia; previamente les avisé lo que había descubierto al observar el medallón del explorador y era que el nudo con que lo sujetaba, le delataba a mis ojos como uno de nuestros hermanos. Así lo hicimos, pero nada más vernos nos atacaron sin previo aviso obligándonos a matarlos. Cuando la refriega terminó, me acerqué al explorador y enseguida reconocí al hermano Skjult, quién nos pidió que le trajéramos a casa, no sin antes indicarnos que recogieramos las alforjas del caporal, así se denominaba al jefe de la tropa y comprobásemos si en su interior había un libro de notas y en caso de que no se encontrara allí registrasemos el cuerpo y el caballo hasta dar con él. Afortunadamente el libro estaba en las alforjas que entregamos a Skjult y volvimos al convento a toda prisa.

Cuando Khört terminó, Erlhènj nos dijo:

–Antes de que Skjult nos cuente sus noticias y dado lo avanzado de la mañana, pasemos por el refectorio a reponer fuerzas y en madia hora nos volveremos a reunir aquí. Por favor, emplead en el almuerzo el menor tiempo posible ya que aún quedan muchas noticias por escuchar y muchas decisiones por tomar.

Tras estas palabras del Prior, salimos rápidamente de la sala capitular y en silencionos nos dirigimos al refectorio.

Continuara
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