Venturas y desventuras del Manitas

(Colaboración de Antonio Pantoja)

alba%25c3%25b1il-1_thumb%255b12%255dHabía nacido en Moguer, la bella tierra del inolvidable Novel Juan Ramón Jiménez, pero sus padres se trasladaron a Cádiz cuando aún era muy pequeño, así que se consideraba “gadita” a pesar de que sus amigos, los verdaderos gaditanos, le llamaban “choquero” por eso de ser de la provincia de Huelva. Cuando se ponían muy “jartibles” acudía a la gran elegía andaluza, Platero y yo: Pequeño, peludo, suave, tan blando por fuera que se diría todo de algodón, que no lleva huesos…

Les increpaba: Que sabéis vosotros, pobres diablos, de lo hermoso de la poesía.

Ellos tal vez no comprendían la grandeza de Juan Ramón y respondían con la letra de alguna copla de carnaval: Ja, ja, ja que gracia tiene este cuplé, ja, ja, ja que se ríe hasta el mismo Moret…

A pesar de estas vicisitudes nunca llegaban más lejos, dado que todos eran hombres sanos de condición y lo único que pretendían, después de sus jornadas de trabajo, era echar un buen rato ante unas copas de vino o unas cañas de cerveza.

Nuestro hombre se llamaba Silvestre del Campo Seco, otro fundamento para que sus amistades le bromeasen sobre sus apellidos. Les respondía: El campo puede estar cuando tenían algún problema en casa o en el comercio. seco por los apellidos, pero él se preocupaba de tenerlo “mojaíto” por dentro, dado que le gustaba el vino –sobre manera el de El Puerto– Jamás llegaba a la embriaguez, sabía controlarse, pero eso sí, más de una vez se ponía “contentito” con ese vino generoso, le rompía su timidez y llegaba a la libertad de la euforia y la alegría sincera y controlada.

Era un hombre de edad indefinida, igual tendría treinta y cinco que cuarenta y cinco años, delgado, de complexión fuerte y de mediana estatura. Destacaba en su cara el poblado y negro cabello rizado y su perenne sonrisa que al practicarla, le formaba dos hoyitos muy salerosos en las mejillas.

Su profesión era difícil de calificar, era polifacético, de igual manera ejercía la fontanería que manejaba con destreza la paleta de albañil, que solucionaba problemas de electricidad, carpintería y cerrajería, donde era un verdadero maestro.

No es de extrañar que nuestro personaje estuviese muy solicitado por la vecindad, cuando tenían algún problema en la casa o el comercio. Igualmente tenía un cochitril a rebosar de utensilios de todo tipo, relojes viejos, planchas, otros pequeños electrodomésticos usados y arreglados por él, cerraduras, llaves, muchas llaves, los amigos siempre con el “cachondeo” le decían que poseía todas las llaves del mundo, tan solo le faltaba la de San Pedro.
Lo que no se encontraba en la tienda, casi seguro lo hallaba en el baratillo de Silvestre. Para que nada faltase, también se defendía con la guitarra o el acordeón, que aprovechaba para animar alguna fiesta familiar del vecindario, bodas, bautizos, dichos… siempre como es lógico buscando una retribución económica, aparte de participar en el banquete.

Completaba estas facetas tan variopintas, su manifiesta inteligencia en los juegos. Sobresalía en el ajedrez, el dominó y el billar. Era toda una proeza cuando en contadas ocasiones le ganaban, donde presumían de haberle ganado alguna que otra partida.

Como remate de los tomates, poseía el permiso de conducir, en aquellos tiempos en la carencia de muchos, y por tanto le daba muchas oportunidades de servicios en automóviles de los “señoritos” prácticamente exclusivistas de estos vehículos y los llevaba a poblaciones cercanas, acontecimientos, misas dominicales, bodas, comuniones, bautizos…

Silvestre lo aprovechaba todo, era el perfecto MANITAS y claro, al variar sus constantes actuaciones en tan diversos trabajos, de igual forma cambiaban sus clientes y sus situaciones.

Al Manitas le sucedieron multitud de anécdotas. Para no cansarte amigo lector, te contaré algunas de ellas que presumo te pueden distraer y posiblemente arrancarte alguna sonrisa, dos posibilidades que de conseguirlas me vería satisfecho.

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