Venturas de desvanturas de El Manitas II

(Colaboración de Antonio Pantoja)

La caja fuerte

caja-fuerte-360Era domingo y normalmente nuestro personaje Silvestre, lo aprovechaba para relajarse en su antigua mecedora de rejilla, leyendo o tomando apuntes de libros, ejercicios ambos que le fascinaban. Después del frugal almuerzo, no era muy amante de comidas copiosas, se acomodó en su mecedora y cuando más a gusto se encontraba, sonó la vieja campanilla que anunciaba la visita de alguien. Se levantó un tanto perturbado y se acercó con pasos vacilantes a la puerta de entrada.

De inmediato reconoció al que llamaba.

— ¡Ah! Eres tú Perico ¿Que te ocurre?

Antes de responder, se secó con el reverso de la mano el sudor que brotaba de su frente.

—Perdona Silvestre, creo que te he fastidiado tu siesta, pero es que me manda don Victoriano para un asunto urgente relacionado con su caja fuerte, porque me ha dicho que vayas con tus llaves y ganzúas, creo que se ha cerrado la caja y no puede abrirla porque ha dejado las llaves dentro.

Silvestre se quedó pensando unos segundos antes de responder:

—Bueno la cosa no es tan urgente, dile que iré mañana lunes, hoy es domingo y es día de descanso.

—No Silvestre ¡por favor! Me ha insistido que vayas enseguida, me parece que precisa la apertura de la caja urgentemente, me lo ha recomendado una y otra vez. Que no deje de venir enseguida. Sé que a ti don Victoriano te cae “gordo” pero hazlo por mi, anda coge la bici y nos largamos para el recreo.

El chalet de don Victoriano estaba situado a las afueras de la ciudad, a unos dos kilómetros y por tanto era más `práctico ir en bicicleta que a pié.

Ante la insistencia de su amigo Perico, más para dejarle en buen lugar que por simpatía hacia don Victoriano, Silvestre rectificó.

—Bueno Perico, ¡vale! Espera un momento, cojo las herramientas y vamos para allá.

Pedaleando su vieja B.H. con gran destreza, Silvestre devoraba metros, mientras su amigo Perico le seguía a costa distancia, su cara estaba marcada por una suave sonrisa como satisfacción del deber cumplido. Nada más llegar le recibió don Victoriano que le hizo pasar a su despacho, una habitación amplia, decorada y amueblada con gran austeridad. Casi todo el mobiliario viejo y apolillado, con cortinas desteñidas y alfombras raídas, no en vano tenía fama de tacaño y de gastar lo mínimo, a pesar de la buena fortuna de la que gozaba.

—Aquí la tiene usted, la muy cabrona se me cerró sin tener en cuenta que había dejado la llave dentro. Como verá es muy antigua, pero le tengo mucha consideración porque perteneció a mi abuelo.

Esto último lo dijo para paliar el lamentable estado de la caja de caudales.

Silvestre, sin ningún comentario, se puso manos a la obra. Lo primero que hizo fue inyectarle una buena ración, a la cerradura, de petroleo con aceite muy fino de engrase. Pasados unos minutos se afanó en probar todas la llaves que llevaba, más de treinta, pero sin resultado positivo. A continuación comenzó con las ganzúas´, su gran especialidad, iba hurgando de aquí para allá con estos artilugios hasta que al cabo de un buen rato parece que el garfio de la ganzúa iba a ejercer la presión necesaria para abrir la puerta. Bien por mala templanza del alambre, bien por darle con demasiada fuerza, el caso es que la punta de la ganzúa se rompió.

Un gesto de contrariedad apareció en el rostro de Silvestre perlado de sudor que le resbalaba hasta la punta de la nariz. Al cabo de unos segundos reaccionó.

—Me acercaré a casa en un momento, tengo que traer otro juego de ganzúas.

Pasado un largo espacio de tiempo apareció de nuevo en el chalet de don Victoriano. En esta ocasión al enfrentarse con el nuevo reto de abrir la caja, lo hizo con más cautela, ayudándose de otra ganzúa, formando palanca con un destornillador, logrando tras ímprobos esfuerzos conseguir la ansiada apertura.

Ahora una cara de satisfacción iluminaba su rostro. Don Victoriano se mostraba igualmente satisfecho y palpando uno y otro bolsillo acertó donde estaba la cartera, sacando un billete de cien pesetas.

—Toma muchacho, te has ganado una buena propina.

Silvestre se le quedó mirando. Su actitud era un tanto perpleja y su rostro se volvió un tanto serio para aseverarle.

—Mira don Victoriano, yo soy el que le pone precio a mi labor, porque no trabajo de propinas. Esto vale doscientas cincuenta pesetas y creame que es barato.

La cara de don Victoriano se alteró de un modo tan iracundo que pasaba del color violáceo al rojo escarlata, de tal forma que parecía iban a estallarle los cristales de las gafas.

—¡Eso es un disparate! ¡Por dos horas de trabajo! ¡Ni que fueras Juan Belmonte!

Lo de Juan Belmonte lo diría, porque en aquella época posiblemente el personaje que más dinero ganaba en una hora era precisamente este matador de toros.

—Escuche don Victoriano, primero he estado aquí casi cinco horas, en domingo, a la hora de mi siesta, y segundo que Juan Belmonte toreará muy bien, no lo dudo, pero sería incapaz de abrirle la caja fuerte. Así que esos son mis honorarios doscientas cincuenta pesetas.

—¡Que no estoy dispuesto a pagarle! — Apostilló don Victoriano.

Sin alterarse lo más mínimo, Silvestre se volvió hacia la caja y dándole un fuerte manotazo la dejó de nuevo cerrada.

—Aquí paz y allá gloria, todo queda igual que estaba.

Y sin más, recogió sus bártulos y se marchó.

No había terminado de cocinarse un revuelto de espárragos, cena que le encantaba, cuando de nuevo apareció Perico en el portal de la cas. Su estado era lamentable. Tenía los ojos llorosos, el pelo revuelto y los cachetes rojizos como si hubiesen descargado sobre ellos algún golpe. Cabía la posibilidad de que toda la ira que no pudo descargar sobre Silvestre, lo había hecho sobre el pobre Perico. Casi sollozaba cuando le habló:

—Silvestre, Silvestre, que mi señorito está “mu arrepentío” de lo que ha “pasao” que vayas de nuevo a abrirle la caja ¡por favor!

—Vale, vale, de nuevo lo voy a hacer por ti, pero con dos condiciones. Que ahora le va a costar setecientas cincuenta pesetas. Y que no voy hasta el lunes.

El lunes sobre el medio día, don Victoriano tenía su caja de caudales abierta y setecientas cincuenta pesetas menos en su cartera.

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