Venturas y desventuras del manitas III

(Colaboración de Antonio Pantoja)

El jamón

jamon-iberico-bellota-ecoPasaban ya las nueve de la noche, cuando nuestro amigo Silvestre se disponía a cerrar su tienducho. En aquel preciso momento entró una bella mujer, más bien alta, seguro que llegaba al metro setenta y cinco, lozana, sin llegar a la obesidad, pero con una anatomía precisa para catalogarla como hermosa. Curvas sinuosas, que ella de forma algo exagerada procuraba resaltarlas con ademanes provocativos. Escote generoso que mostraba en parte un pecho fascinador; cesta repleta de frutos gemelos que se adivinaban gustosos y perfectos. La falda un tanto ajustada y corta, cubría un trasero poderoso.

Mujer llamativa, de las que al pasar hace que muchos hombres vuelvan la cabeza para recrearse en ella.

De sus labios bien pintados en un rojo intenso, saltó una amplia sonrisa que descubría unos dientes blancos y armoniosos para saludar con afecto a Silvestre.

—Hola Silvestre, guapo tengo un problemilla que estoy segura me podrás solucionar.

Silvestre ante lo inesperado de la presencia de la mujer, aumentada por la exuberancia de la que era portadora, tardó unos momentos en reaccionar pero enseguida lo llevó a efecto.

—¡Hola Salomé! Que grata sorpresa, pasa, pasa y cuéntame ese problemilla que si no es dinero –Silvestre en cuestiones de efectivo no partía peras con nadie– seguro que te lo soluciono.

Con su simpatía habitual pasó a contarle.

—Pues mira en casa observo una fuga de agua por el grifo del fregadero, tendrías que llevar también unos azulejos blancos de quince por quince porque de seguro que tendrás que romper para localizar la avería. También podríamos aprovechar para poner otro grifo nuevo puesto que el actual me está dando problemas.

A medida que Salomé hablaba y sin apartar la vista de la esplendidez de su busto, Silvestre afirmaba con la cabeza las explicaciones que ella iba desarrollando, para una vez terminadas poder afirmarle.

—De acuerdo Salomé, mañana a primera hora me paso por tu casa, verá lo pronto que arreglo yo ese problemilla.

Y en efecto, al día siguiente nuestro hombre con todo su herramental de fontanería y albañilería llagaba a la casa de Salomé. La vivienda tenía la entrada precisamente por la cocina. Al entrar Silvestre quedó boquiabierto con los manjares decorativos que adornaban la estancia: ristras de chorizo por acá, unas morcillas por allá, lomo embuchado… y en el ángulo que formaba el fregadero con una vitrina, un hermoso jamón que parecía recién llegado de la tienda, puesto que aún conservaba el envoltorio.

La mente de Silvestre no podía por menos que volar hacia la charcutería de Fausto, hombre con fama de achulado, que gustaba de las mujeres y del que parte del vecindario le atribuían ciertas “relaciones íntimas” con Salomé. Las sospechas estaban muy fundamentadas, puesto que Salomé visitaba a diario la charcutería, saludándose y gastando bromas más que amistosas. De igual manera la prueba estaba a la vista en su cocina, embutidos de gran calidad de forma ostentosa, que no encajaba ni mucho menos con la posición económica del matrimonio puesto que Bartolo, el marido de Salomé, era jornalero y de lo más perezoso, no es de extrañar que estaba más tiempo parado que trabajando.

En un principio Silvestre calculó que la avería fuese más simple de lo que realmente era. A medida que iba rompiendo azulejos para dejar al descubierto el tubo de la conducción de agua, este aparecía más deteriorado. Como era muy meticuloso no deseaba cortar por lo sano sino, que procuraba llegar al fondo de la avería.

Llegó tras la rotura de más de veinte azulejos y acoplar casi cinco metros de nuevos conductos, lo que calculó en un trabajo de pocas horas se prolongó en toda una jornada, hasta tal punto que cuando terminó eran más de las once de la noche. Había trabajado una enorme cantidad de horas, tan solo interrumpido por el corto espacio para consumir unos bocadillos y un par de cafés.

Silvestre comenzó a recoger el material, cuando Salomé apareció con una copa de vino en la mano y se la ofreció:

—Este oloroso resucita a un muerto, me regaló dos botellas Fausto, siempre tan atento, y la verdad que a veces me tomo una copita antes de las comidas y me abre el apetito. Toma esta toalla, lávate las manos. Creo que no tendrás prisa, como tu no tienes perrito que te ladre…

Silvestre estaba algo confuso, ante tal “monumento” se encontraba un tanto incómodo, o lo que suele decirse algo cortado, no era un experto en relaciones con mujeres, aunque tenía sus amiguitas, pero con Salomé era otra cosa, era mucha Salomé…

—En confianza Silvestre, ahora no tengo dinero para pagarte este buen trabajo que me has hecho, porque Bartolo está hasta el sábado empacando en el cortijo del Conde, y hasta que no regrese y cobre, no tengo un duro… Pero en esta vida no todo va a ser dinero ¿verdad? Ponte cómodo Silvestre que me doy una duchita y vengo enseguida. Esta noche tampoco tengo perrito que me ladre, tómate otra copita que ese vino da una energía tremenda.

Y se marchó guiñándole uno de sus hermosos ojos y moviendo ostentosamente sus seductoras nalgas.

No tardaría ni quince minutos cuando de nuevo apreció Salomé. Se cubría tan solo con una toalla de baño, dejando entrever toda su hermosura.

Al no ver de momento a Silvestre, comenzó a llamarle por las otras habitaciones, pero al no recibir respuesta alguna ni denotar su presencia, regresó a la cocina. Parecía que a Silvestre se lo había tragado la tierra.

Desilusionada se volvió de nuevo al cuarto de baño. Lo hizo de mala gana, sin ilusión, con pasos lentos, posiblemente lastimada en su orgullo de mujer defraudada.

Al terminar de vestirse, volvió a la cocina para prepararse la cena. Se sentó a la mesa extendiendo su vista por la estancia, observando la falta de algo…

Se sonrió, tan solo acertó a decir para sus adentros: el muy pillín…

A la mañana siguiente Salomé pasó por el tienducho de Silvestre y sin entrar, desde la puerta, Le preguntó con cierto ri tin tin, lleno de ironía:

—¡Silvestre! ¿Está bueno el jamón?

—Exquisito Salomé, exquisito…

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