Venturas y desventuras del manitas IV

(Colaboración de Antonio Pantoja)

Don Marcelo, el cura

cura-810x405Nuestro amigo Silvestre, llevaba varias semanas con muy poco trabajo y consecuentemente sus ingresos eran escasos, así que lo que él consideraba artículos de lujo, como podría ser las copitas de fino al mediodía, y el café de por la tarde y las dos cañas de cerveza de la noche, los había rebajado al mínimo; una copita al medio día -el café no lo perdonaba- y una caña de cerveza antes de la cena que por cierto, era muy escasa, dado que se acogía al refrán: De abundantes cenas, están las tumbas llenas. Había que esperar a mejores tiempos.

Comentaba con su colega Galano los hechos, cuando llegó a la tienda Saquito, personaje diminuto, bajito, enjuto, rostro muy arrugado enmarcado por unos ojillos pequeños, muy brillantes y de gran vivacidad. Se trasladaba rápidamente de un lado hacia otro con movimientos ágiles y muy nerviosos, de tal forma que desde la puerta hacia donde se encontraba Silvestre, lo salvó en unos segundos, casi a saltitos.

—Buenos días nos de Dios queridos amigos.

Era muy comedido en sus palabras y gozaba de una educación exquisita, comentaban que sus padres fueron personas acomodadas, pero por el derroche y la mala administración, al poco quedaron en la ruina. Al fallecer sus progenitores, muy jovencito, el cura del barrio, don Marcelo. Lo protegió cuidándole y dándole refugio en la parroquia. Ejercía de todo, de monaguillo, sacristán, escribiente y hasta en las tareas domésticas. Era lo que se suele decir, un “todo terreno”.

Continuó con sus finos modales.

—Silvestre, me manda don Marcelo para que tengas la amabilidad de pasar por la iglesia para hacerle el favor de colocarle un enchufe en la cocina, cada vez que tenemos que poner la plancha o el tostador de pan, necesitamos usar un prolongador.

—¡Hola Paquito! Bien hombre bien, cuando cierre a la una me pasaré por allí.

—Gracias Silvestre, tu siempre tan afectuoso con nosotros.

Y se marchó.

Silvestre sabía, por otras tantas ocasiones que don Marcelo no podía pagar sus servicios, por la sencilla razón de no tener nunca ni un duro. Ropas seglares las mínimas y clericales igualmente, una sotana diaria con algún que otro zurcido y con más brillo que es tricornio de un guardia civil y otra reservada para acontecimientos destacados: Semana Santa, Corpus, Navidad… El ayuno, predicaba, es necesario para el cuerpo y para el alma… Y todos los parroquianos sabían que él lo practicaba con frecuencia por lo precario de sus bolsillos.

Como de costumbre Silvestre se llevó consigo a su amigo Galano, no solo porque le ayudara sino por el afán de que fuese aprendiendo algún oficio de los que ejercía: fontanero, albañil, electricista…

El cura les había advertido que fuesen lo más temprano posible, puesto que les iba a invitar a almorzar: unas “papas aliñás” (un hortelano le había regalado un saco de patatas), unas tortillitas de camarones y unas coquinas (ésto último, igualmente se lo había regalado un mariscador al que le había bautizado un nieto recientemente). El menú era de lo más agradable.

El trabajo de electricidad fue de lo más sencillo, por lo que al finalizarlo con prontitud, don Marcelo le encomendó la recogida de unos desconchados.

Terminado el almuerzo que fue ideal, hasta en el principio con una copita de vino (del que le donaban para las misas) don Marcelo en aquella ocasión comentó que también Jesucristo en determinados momentos usaba el vino como símbolo de amor: Las bodas de Canaan, la Santa Cena…

Después del almuerzo, don Marcelo invitó a café y como Galano lo rehusase, aprovechó la oportunidad para apuntarle que cogiese la escalera y fuese a la pequeña huerta a recoger naranjas.

—Los naranjos están copiosos y ni Paquito ni yo podemos recogerlas, ayúdanos que hay mucha gente gente que las necesita. Nosotros vamos a fumarnos un cigarrito que me han traído un buen tabaco de Gibraltar.

Entre sorbitos de café y bocanadas de humo, hablaron de cosas triviales, hasta llegar a un punto un tanto importante, recóndito e íntimo. Silvestre en un momento determinado preguntó al cura:

—¿Como es posible que usted se conforme con tantas penurias?

Don Marcelo aplastó su apurada colilla sobre el cenicero de cristal y sacando de su raída sotana un blanco pañuelo, lo pasó parsimoniosamente por los cristales de sus gafas, a la vez que respondía:

—No echo en falta las cosas mundanas, me conformo con poco, me preocupan sin embargo las necesidades del prójimo y procuro, en mi modestia, ayudar al que lo necesita. Con eso soy feliz.

Silvestre la miraba muy serio y quedó pensativo, en pocas palabras don Marcelo le había dicho mucho, le demostraba que no hacía falta tener riquezas para tener felicidad. Aun así le costaba creerle.

Silvestre se inclinó hacia delante y con mirada inquisidora le volvió a preguntar, esta vez casi con un susurro de voz:

—¿Y eso como se consigue?

—La fe y la oración hijo mío, Dios está esperando que le imploremos, Él seguro que llegado el momento, te escuchará y te alentará. Nosotros somos sus hijos e indudablemente nunca, nunca, nos abandonará.

Lo decía con tanta convicción, con tanta seguridad que costaba trabajo no darlo por cierto. Sus frases sonaban en la cabeza de Silvestre a la vez que su corazón parecía sonar más deprisa, a la vez que experimentaba una extraña sensación, algo que nunca antes recordaba haber sentido. Por unos segundos su cerebro se quedó flotando, libre de pensamientos, solo llevado por un soplo de aire. Se tragó estas palabras: ¡Dios mío, pero si yo no se rezar ni tengo fe! ¿Pobre de mi!

Silvestre había apurado su café y su cigarrillo, se levantó y sin despedirse se alejó pensativo y cabizbajo. Al salir de la sacristía, donde habían tomado el café, su vista reparó en el altar donde estaba expuesto el Santísimo.

La tarde estaba llena de nubes oscuras, pero en aquel preciso momento, el cielo dejó abierta una cortina de seda que dio paso a un rayo de sol que penetró por las centenarias vidrieras de la iglesia, reflejando una luz poderosa sobre el ostensorio, motivando un brillo esplendoroso que se introdujo en la custodia, a través del claro y transparente cristal del viril. La Sagrada Forma resaltaba de manera suntuosa.

Silvestre se sintió transformado y movido por una extraña fuerza, se arrodilló, se santiguó, le vino a la boca una oración con una fe tan grande como no había sentido desde su Primera Comunión:

Padre nuestro que estás en los cielos…

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