Venturas y desventuras del Manitas V

Los zapatos

En esta ocasión, nuestro amigo Silvestre estaba un tanto preocupado. Terminaba el verano y normalmente la otoñada nunca de iba bien a su negocio. Eran tiempos difíciles, aumentados por el recelo de la llegada del invierno, que aunque más cálido en este rinconcito de la bahía, no restaba para que la falta de trabajo y la proximidad de la nueva estación hiciera mella en las gentes para gastar lo menos posible.

En primavera y verano, la tertulia de su tienda siempre era muy animada, ahora tan solo se acercaban los aficionados al Carnaval, que se reunían a comentar los unos y a a ensayar los otros sus letras y coplillas propias de cada repertorio. Eran las llamadas ilegales, que no pretendían ni mucho menos acercarse al concurso del Falla, sus medios no lo permitían, pero llevados por su afición se afanaban en no perderse la ocasión carnavalera.

Cuando Silvestre cerraba el tienducho, adaptaba en la trastienda un pequeño espacio para que ensayara un cuarteto en el que participaban unos amigos por el mero hecho de pasarlo lo mejor posible.

Entre estos amigos destacaba Rodolfo, al que nadie llamaba por su nombre, porque alegaba era un nombre muy serio. Estaba más a gusto cuando le nombraban por Galano, mote que ostentaba porque presumía siempre de ser un artista.

—Seré muy pobre— afirmaba —Pero soy un “peaso” de artista, un galán— De ahí lo de Galano, apuesto, guapo…

No le faltaba razón, verdaderamente era bien parecido. Alto, muy rubio (decían que nació de un desliz de su madre con un marino sueco) ojos azules y movimientos elásticos y elegantes.

Aunque todo esto le tenía a su favor, no era óbice para que fuera más pobre que las ratas, en parte porque en el momento que poseía un poco de dinero, de inmediatamente lo gastaba en alguna prenda que le gustase o en el burdel más cercano. Se amparaba mucho en Silvestre, al que siempre llamaba colega, y aunque de este siempre recibía sabios consejos, no solo por la diferencia de edad diez años, sino también por la prudencia de uno en contraste con lo alocado e irreflexivo del otro, al final cuando ya había cometido el pecado, iba en busca de su querido confesor, su colega
silvestre, quien le reprimía:

—Que te has “pasao” Galano, no me hagas llegar a las manos…

Precisamente en esta historia intervienen nuestros personajes: Silvestre y su colega Galano, y no es de extrañar porque como se dará cuenta, querido lector, estas pequeñas historias siempre están protagonizadas por ellos, bien en compañía, bien de forma separada.

Cuando Galano no trabaja, que acontecía muy a menudo, se iba al tienducho de Silvestre y allí la ayudaba en lo que podía, incluso acompañándole en muchas ocasiones en sus salidas para reparaciones en la calle. Sucedió que aquella tarde-noche, cuando ambos amigos estaban reunidos rellenando la quiniela que hacían semanalmente, llegó un empleado del Ocaso. Sin saludar siquiera, el mozo era así de rústico, se dirigió a Silvestre.

—Tengo trabajo para ti. La ha “parmao” un “señoritingo” y hay que prepararlo y mañana trasladarlo al cementerio en la furgoneta. El chofer de la compañía está con gripe. Ya sabes que siempre acudimos a ti, tú eres de los pocos que tienen el carné de primera.

Sin que pudiese evitarlo, la respuesta de Silvestre tenía un tanto de impaciencia.

—La compañía sabrá que me trendrá que pagar dos servicios, llevar el ataúd a casa del difunto y trasladarlo al cementerio.

Una vez más, Silvestre anteponía a todos los asuntos sus intereses monetarios.

—No te preocupes Silvestre, tú sabes que mi compañía siempre paga religiosamente.

Aclarado este punto añadió a continuación:

—Sería conveniente que llevaras el ataúd sobre las diez de la noche para que los familiares puedan velarlo.

Minutos antes de las diez Silvestre, acompañado de Galano, (en estos casos siempre lo llevaba de “escopetero”) se personaron en la funeraria para trasladar el féretro al domicilio de los dolientes. Silvestre no era muy partidario de estos actos, por lo que aparcado el coche fúnebre, dejó que Galano y dos empleados de la compañía hiciesen el traslado. Una vez allí pasaron el difunto, que estaba vestido como si fuese a una boda, a la caja y se dispusieron a marchar antes de que entrasen los familiares. El último en dejar el aposento fue Galano que desde un primer momento tenía la vista fija en el difunto. Su traje, la camisa, la corbata… y sobre todos los zapatos.

Se quedó maravillado, se adivinaban de una calidad extraordinaria, su brillo natural, el boscax con el que estaban fabricados, su suela de cuero, aun sin estrenar, donde se identificaba hasta el número de la talla -42- A Galano le dio un respingo en el pecho ¡su número! ¡Que pena que la tierra destruyera cosas tan bonitas! Se lamentó Galano.

Terminado el óbito, Silvestre y Galano regresaron al garaje de la funeraria para encerrar el coche fúnebre. El rostro de Silvestre denotaba cansancio, el de Galano tenía una picaresca sonrisa. Procurando esconder sus pies se marchó a toda prisa hacia su casa.

—¡Buenas noches colega! Mañana me pasaré por tu casa por si me quieres dar alguna propinilla.

De regreso del camposanto a sus domicilios, uno de los hijos del difunto apuntó dirigiéndose a su tía, una señora entrada en años.

—Tía Carmen, lo que no me explico es porque le tuviste que poner en la mortaja a papá aquellos zapatos tan viejos y desgastados.

La tía Carmen se quedó pasmada.

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