Venturas y desventuras del Manitas VI

Libertad

En el tiempo de este relato, en España hacía unos cuantos años que no existía la democracia, estaba sometida a una dictadura militar que tenía como consecuencia lógica una disciplina un tanto desproporcionada. Si bien daba cierta tranquilidad y sosiego a la sociedad, por el contrario restaba libertad en toda la amplitud de la palabra, pensamientos o actividades. Había censura en cines, teatros, prensa, radio… Se llegó a prohibir el baile “agarrao” por una Comisión Episcopal de Ortodoxia y Moralidad. ¡Hasta el cardenal Segura, emitió una pastoral excomulgando al feligrés que asistiese a la representación de la Blanca Doble, de la compañía de revistas Colsada, por el mero hecho de la “ligereza de ropa de algunas vedettes”!

Silvestre reflexionando estos hechos, sonreía al recordar el error que se cometió en las noticias de un diario considerado como muy moralista que por error difundió:

La señora duquesa frunció el coño… Quería decir el ceño, naturalmente.

Ahora su rostro volvió a ponerse serio, al pensar de nuevo en la libertad, la valoraba como un derecho a hacer lo que no perjudique ni dañe a los demás, porque la libertad trae consigo responsabilidad; hay que respetarla y saber usarla, nunca confundirla con el libertinaje, falta de respeto o desenfrenos, siempre dentro de un orden y una consideración a las leyes.

Pensaba en esto paseando por el campo muy de mañana, en un domingo hermoso y soleado disfrutando de la luz del sol, dones inigualables de los que puede presumir nuestro rinconcito de la bahía.

Se adentró en un pinar canturreando su fandanguillo favorito:

El día que yo me muera

Quiero estar vivo

Para ver si a mi entierro

Van mis amigos…

Al pronto le llamaron la atención unos pajarillos que revoloteaban sobre el prado verde, muy cerca del pinar, cantando melodías llenas de alegría y libertad.

Silvestre se acercó despacio, con cautela y pudo observar a unos muchachos que tenían puesta una red sobre un bebedero, con la intención de capturar a todos los pájaros que fueran a beber.

Un triste pajarillo, hacía de reclamo motivado por el movimiento del cordelito que el chaval accionaba para levantarle una y otra vez llamando sin querer la atención de sus hermanos del cielo.

Otros reclamos encerrados en pequeñas jaulas con sus cantos —quien sabe si de alerta— completaban la trampa de la cacería.

De inmediato Silvestre se dio cuenta que los chavales tenían la intención de capturar aquellos pajarillos quitándoles su hermosa libertad. Posiblemente por la inocencia de sus pocos años, no podían comprender el mal que iban a realizar.

Se enfureció y en subiendo una empinada cuesta que le separaba del pinar, al llegar tocó palmas, gritó y sus ecos hondos y sonoros retumbaron como en el fondo de un pozo, motivando que los incautos pajarillos que se acercaban a la terrible trampa, asustados se fueran a otro pinar cantando, se habían salvado de su prisión.

Silvestre se alejó despacio, contento y sonriente, escuchando en la lejanía las maldiciones de los chiquillos porque les había privado de su presa, sin embargo, le llenaba de gran contento todo su cuerpo, de tal forma que su corazón le latía tan fuerte que hasta le lastimaba el pecho.

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