Venturas y desventuras del Manitas VII

El Nacimiento

 

Llovía sin cesar, se diría que torrencialmente. Nuestro personaje Silvestre “El Manitas”, desde su asiento detrás de su viejo mostrador, observaba el chapotear del agua sobre el acerado y como el husillo de enfrente, tragaba sin cesar el agua como si fuera un gigante sediento. Se coló en el tienducho de repente, llegaba mojado como una sopa. Se quitó la pelliza que le tapaba la cabeza como protección de la lluvia y apareció el rostro sonriente de Galano, que sin más comento:

Llueve más que cuando enterraron a Bigotei.

Eres lo que no hay Galano, no podrías haber esperado a que escampara. Anda entra a la trastienda y cámbiate con la ropa que tengo de trabajo.

Así lo hizo, no sin antes responderle:

Es que traigo buenas noticias y no quería esperar, pero bueno ahora te cuento.

Galano salió de la trastienda transformado con un mono y un jersey militar algo apolillado y aunque las ropas no eran de las más vistosas servían para tener el cuerpo seco.

Colega la buena noticia es que don Dionisio nos ha contratado para montarle a su hijo el “señorito” Miguel el nacimiento de todos los años, naturalmente tú te encargarás de la parte eléctrica, tú sabes (repetía las cosas una y otra vez) que paga bien y además no podemos olvidar las meriendas de esos días, buen jamón, buen vinillo y como postre los pestiños que hace la chacha que son “in supris” (esto lo decía él a las cosas superiores).

A Silvestre le pareció una buena nuevas, porque en verdad don Dionisio no ponía reparos en el precio, siempre que el trabajo fuese brillante, es decir que su belén resaltara más que cualquier otro y sobre todo que fuese del agrado de su hijo. Silvestre lo sabía por ocasiones anteriores y procuraba hacer la instalación eléctrica más reluciente, por otra parte trataba de sorprender al “señorito” Miguel con artilugios vistosos: el río con caudal natural de agua, las aspas del molino en movimiento, las luces de intermitencia y otros detalles que iba colocando cada año como novedades. El niño saltaba de contento y ellos se veían bien recompensados.

Silvestre tuvo que prestarle su bicicleta a Galano para que se desplazara a los cercanos pinares de Puerto Real, para abastecerse de lentisco, matas que al estar siempre verdes y con pequeños racimos de flores, daban un bonito ornato natural al nacimiento.

El resto de materia prima, serrín, pequeñas piedras, cartón, papel de plata, corcho… y algo muy importante e imprescindible, una cántara de barro que más adelante explicaré el porque de este detalle, todo eso lo conseguían en la misma capital.

Y llegó el gran día de la instalación del belén. Una de las habitaciones de la inmensa y señorial casa estaba destinada a ese fin. Caballetes sobre los que descansaban unos tableros de madera, servían para extender sobre su superficie el serrín y posteriormente colocar figuras y adherentes que formaban el nacimiento. Sobre la pared iba el lentisco, aportando un colorido y decorado de verdadero realce. Sobre el serrín caminitos señalados con calamocha verde, piedrecillas y otros exornos donde destacaba una gran cascada sobre una piedra de la que manaba agua hasta formar un pequeño riachuelo.

Esta instalación especializada de Silvestre, junto con el movimiento de las aspas del molino, era uno de los principales atractivos. Otro de ellos de gran mérito eran las figuras que componían el belén. Del gran belenista portuense Ángel Martínez, tenían una expresividad y un arte delicado, desde el portal con el Nacimiento, los Reyes Magos, y su séquito, la Anunciación con sus pastorcillos de caras asombradas y tantas y tantas piezas formaban un conjunto de un gusto exquisito y de un valor significativo.

Poco a poco se iba montando el belén con toda serie de detalles y sin prisas, pues contra más tardes se echaban más dinero y como no, más meriendas de jamón o chorizo, sin que faltasen los deliciosos pestiños de la “chacha”. Pero como todo en esta vida pasa y todo llega, llegó el momento que se terminó el montaje. Tan solo faltaba el detalle de la cántara. Y este detalle tiene su explicación que ahora relataré.

Silvestre llamó a don Dionisio para que diese el visto bueno al trabajo y una vez en la habitación preguntó:

¿Donde colocamos la cántara don Dionisio?

En esta ocasión la colocas a cierta altura, porque el año pasado como estaba en el suelo los pequeños tropezaban con ella, con el riesgo de hacerse daño y romperla. ¡Ah! De ser posible me la forras con papel de plata.

Lo que usted mande don Dionisio.

Silvestre se lo tragó para sus adentros, el que manda, manda y cartucho al cañón.

Creo llegado el momento de explicar someramente el, llamémosle misterio de la cántara.

Resulta que esta pieza de barro no es que formara parte del ornato del belén, sino que se colocaba para que los visitantes, todos familiares y conocidos de don Dionisio de situación acomodada, tenían por costumbre depositar ciertas cantidades de dinero que al final recaudaba Miguelito, para destinarlo a la compra caprichosa de más figuras. Este dinero era solo para satisfacer el antojo de este niño, puesto que los padres gozaban de una situación económica tan alta que podían satisfacerle, pero lo dejaban hacer para que el niño disfrutase contando el dinero de la cántara al final de la Navidad.

No es de extrañar que como estas aportaciones eran de cierta cuantía, en pocos años poseía uno de los belenes más valiosos de la provincia.

En esos días, Galano poseía una llave de una puerta trasera que daba entrada a la habitación del belén, para terminadas las visitas, se encargara de desconectar toda la instalación eléctrica.

Durante ese tiempo Galano se iba todas las tardes a cas de don Dionisio para atender las visitas del belén. Observaba como todos los visitantes depositaban en la cántara cantidades de dinero que quedaban depositadas en el fondo.

Una noche al regreso a su casa, le salió a su encuentro una niña pequeña de unos seis años de edad. A pesar de ir vestida con trajecillo harapiento, calzada con alpargatas rotas, donde asomaban los dedos gordos del pie y el pelo sucio y enmarañado, no era óbice para que reflejase una carita de ángel. Era de su barrio y a la vez conocida suya, huérfana de padre, su madre con otros dos hijos más, hacía lo imposible para llevar adelante a su prole. Dejaba los niños al cuidado de la abuela y se iba a servir a las casas, lavando, limpiando o cocinando, todo era bueno para llevar dinero a casa.

La niña al reconocer a Galano, se echó en sus brazos. Su naricilla respingona y sucia frotó las mejillas de Galano besándoselas. Galano se emocionó como siempre que veía a algún miembro de esa desgraciada familia.

La niña con su inocencia más infinita le preguntó:

Ahora que estamos en Navidad ¿Es verdad que llegarán los Reyes Magos con regalos para los niños?

Así es Teresita y a todos los que hayan sido buenos les traerán algún regalo.

Teresita no tardó en responder:

Pues yo he sido buena, hasta le doy en el desayuno medio pan del mío a mi hermana más chica. ¿Tú crees que me traerán algo?

Seguro que si Teresita.

Galano al afirmar esta respuesta se consideró responsable de la misma, como iba a responderle que su madre con lo que escasamente ganaba iba a pensar en poner algún regalo a sus hijos.

Toda la noche reinó en su cabeza el diálogo con Teresita, hasta tal punto que iba a tratar de solucionarlo. Pensó en el dinero que don Dionisio le daría por su trabajo, pero lo desechó puesto que lo consideraba poco, ya que deseaba llevarle algo a Teresita, a la abuela, a la madre y a los dos hermanos. De igual manera desistió de pedirle algún dinero a su colega Silvestre, puesto que tampoco nadaba en la abundancia. Y pensó un plan…

Al llegar aquella tarde al belén, no había nadie, estaba completamente solo. Sacó una lata redonda vacía de mortadela, que pidió en la charcutería de Justo, y la acopló con sumo cuidado en la boca de la cántara, tapando los bordes con papel de aluminio para que no se notase, difícil por otra parte, por estar instalada a cierta altura.

De ese modo el dinero que depositasen iría directamente a la lata y no al fondo de la cántara, posteriormente sacaría la lata con todo el dinero que se hubiese depositado en su interior y volvería a dejar la boca tal y como estaba. Esta operación se la planteó para solo una jornada, precisamente el domingo que era el día de las mejores visitas.

Y así fue como al final de aquella jornada festiva, cuando todos se habían marchado, Galano sacó la lata de la cántara, reparando en su interior. Contó y había más de mil pesetas.

¡Tendría para todos!

Una toquilla para la abuela, una manta para la cama de la madre, un camión de bomberos para el pequeño, un balón para el mayorcito y una muñeca y unos bonitos zapatos para Teresita. Las golosinas las compraría de su bolsillo.

Pero en aquel momento, su conciencia comenzó a golpearle: ¡Estás robando! ¿Por qué, para qué?

Se paró por unos instantes procurando poner en orden sus ideas, no robaba por robar, su intención era gastar ese dinero en los regalos de aquellos desdichados. Al señorito Miguel, igual le iba a dar figurita más o figurita menos en su belén, y sin embargo él podía hacer felices por unos momentos a aquella desgraciada familia.

Se tranquilizó. Cuando fue a apagar la luz del nacimiento se fijó en el Misterio. Su mirada limpia y azul se quedó fija en el Niño Jesús. La boquita dibujada en el barro mostraba una dulce sonrisa.


i Frase que se usa mucho en Cádiz para señalar fuertes lluvias, como ocurrió cuando enterraron a Fermín Salvochea, gran libertario y alcalde de la capital, llamado cariñosamente “Bigote” por el pueblo.

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