Los caballeros de la Iglesia – Capitulo XII – Jannirèll

Jannirèll percibió como los sentimientos proyectados por el hermano Vhaktpost al descubrir la cruel masacre perpetrada en la aldea de leñadores, desgarraban su mente, encerrándole en un abismo de oscuridad, en una espiral sin fin que le obligaba a revivir una y otra vez su pasado y de la que le resultaba imposible escapar.

Era una calurosa tarde de verano, Brinja, la cocinera de la hacienda, le estaba contando una historia sobre los Caballeros de la Iglesia, de las que tanto le gustaban, en tanto que él golpeaba con el pesado martillo una barra de metal al rojo vivo colocada sobre el yunque escuchando respetuosamente indicaciones de Edzmèd, su padre, sobre como forjar la barra. Indicaciones del todo innecesarias, ya que veía nitidamente los fallos ocultos de la barra, los puntos donde no había soldado correctamente y con que fuerza golpearlos par evitar futuras líneas de fractura. El sol brillaba implacable sobre los extensos campos cultivados en los que despuntaban los brotes de trigo; no había llovido durante el mes anterior, cuando el agua era más necesaria para el desarrollo del trigo y como no lloviera pronto en este mes, si lo hacía el siguiente se pudrirían los brotes a punto de madurar, la cosecha se perdería en su totalidad. Esto no le preocupaba ya que sabía que una pequeña veta de agua corría bajo los campos y mantendría vivo el trigo hasta su maduración, la cosecha no sería muy abundante, pero tampoco escasa; su preocupación consistía en no poder evitar el sufrimiento que veía en los ojos de su padre Jordfräs a causa del temor a perder la cosecha.

Algo no iba bien, aunque podía moverse hacia adelante y hacia atrás por esas vivencias, esos recuerdos que eran suyos, sabía que no eran suyos que sus olvidados recuerdos no formaban parte del conjunto; un inaudible grito de frustración y pérdida rasgo su mente y le lanzó contra una tupida nube de oscuridad, un muro que mientras atravesaba le vació completamente, privándole de la existencia. El alivio que sintió cuando, tras permanecer en él durante un tiempo inconmensurable, salió de ese vacío se vio inmediatamente sustituido por la vergüenza y el miedo, vergüenza al ver como era en realidad, sin posibilidad de negárselo a si mismo como habitualmente hacía, recordando hechos enterrados en lo más profundo de su mente que siempre se había negado a recordar, como la vez que deseó que se rompiera la pequeña balsa de troncos que había construido Vän, su mejor amigo, por no dejarle subir a ella y esta se deshizo en mitad del pequeño río que atravesaba la hacienda, lo que ocasionó que Vän estuviera a punto de ahogarse, pues no sabía nadar y salvara su vida gracias a uno de los peones que pasaba por allí en aquel momento y pudo sacarle del agua inconsciente y llevarlo para que su madre Norèll le atendiera; así, uno tras otro, pasaron ante sus ojos todos los actos de egoísmo que había realizado durante su vida junto con las consecuencias que habían provocado y esta tremenda vergüenza vino acompañada del miedo, miedo a que le conocieran tal y como era, a que derribaran los muros que había construido durante toda su vida para ocultar y ocultarse esta realidad. Si esto llegaba a ocurrir, si realmente llegaran a conocerle como era, le tratarían como a un apestado y era preferible la muerte a vivir con ese estigma.

No supo cuento tiempo estuvo tratando de huir, tratando de esconderse, de olvidar esos hechos, pero no hay forma de esconderse de uno mismo, y siguió girndo en una espiral interminable, desintegrándose poco a poco hasta que reapareció ante él, con un tremendo golpe, el dolor sentido por la muerte, brutal y absurda, de los habitantes del poblado de leñadores; este dolor que atenazaba hasta la última fibra de consciencia que aun le quedaba, junto con el recuerdo de las palabras escritas en el pergamino: “En esta cámara se encuentra la puerta de acceso al conocimiento que buscáis, pero sabed que solo si estáis dispuestos a renunciar voluntariamente a vuestra vida y en comunión con los demás unís vuestros poderes individuales, encontrareis la puerta, pues solo aquellos que renuncien a sus vidas y a lo que son podrán abrirla.”, le permitieron romper el bucle en que se encontraba ya que no estaba dispuesto a permitir que su egoísmo siguiera causando desgracias a los demás, si la solución a estos males dependía de que compartiera y mostrara a los demás sus pecados, sus más inconfesables miserias estaba dispuesto a hacerlo aunque ello supusiera que se apartasen de él y le expulsaran del seno de la Iglesia.

Nada más tomar esta decisión, se sintió invadido por una inmensa sensación de paz, percibió como todo su ser se volcaba en sus compañeros que vivieron su vida como si de la de ellos se tratase, al tiempo que él vivía y absorbía las vidas de los demás y comprendió que todos habían dejado de existir tal y como hasta ese momento habían hecho; habían muerto y su muerte había dado vida a unos seres más grandes, unos seres que conservando su individualidad eran la suma de todos y cada uno de ellos y en ese momento comprendieron las pistas que contenía el pergamino y supieron que estaban a punto de culminar su misión, pues al fundir las capacidades de todos en uno descubrieron que para ello, les faltaba solo un elemento que sumar al grupo y al saberlo lanzaron una sonda mental de increíble potencia en su busca.

Continúa

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2 comentarios

  • Al principio había comprendido que las palabras del pergamino eran una oportunidad para Jannirèll para borrar de la memoria un pasado que le avergüenza, pero ahora veo que se trata más de mostrar que de ocultar

    Un abrazo 🙂

  • El Arca de Dionisos

    En efecto Carolina, se trata de mostrar y renunciar a uno mismo para formar parte de algo más grande.

    Un abrazo 🙂

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