Los caballeros de la Iglesia – Capítulo XV-II

Jannirèll en QishloqII

 

 

Tras el leve contacto mental con Soliqchi, Jannirèll abandonó la posada momentos antes de que éste terminara su desayuno. Debido al profundo temor a ser descubierto por los eksrutadorlar percibido en la mente del hermano Skjult, decidió investigar sobre el terreno y valorar el alcance de la amenaza antes de contactar personalmente con él y la mejor forma de averiguarlo era dar un paseo por la ciudad y sumergirse en la actividad de sus calles.

Según pudo comprobar, la ciudad estaba dividida en tres partes perfectamente delimitadas, tanto por su arquitectura como por el tipo de gente que recorría sus calles. Por un lado la ciudad veja, la más pequeña, compuesta por un dédalo de callejuelas en cuyos edificios, generalmente de dos plantas, se ubicaban pequeños talleres de los más diversos oficios y las viviendas de sus propietarios y trabajadores, junto con un par de posadas como de la que acababa de salir que detonaban su origen como puesto comercial y de encuentro para las diversas tribus nómadas que no hacía mucho poblaban el país y que a primera vista no se diferenciaba en nada de las aldeas de su Ganestria natal, salvo por el hecho de que el relativamente escaso número de personas que deambulaban por sus calles, lo hacían en silencio y sin apenas mirarse, en las fuentes donde las mujeres llenaban sus cántaros de agua no se formaban los habituales corrillos para cotillear los últimos acontecimientos acaecidos y tomarse un leve descanso en las tareas del día, por el contrario, una vez llenas los cántaros abandonaban rápidamente el lugar para retornar a sus quehaceres. A penas se veían niños jugando en la calle, y los pocos que había lo hacían en rincones apartados como si quisieran ocultar su presencia y aunque en los talleres se notaba una febril actividad, los estantes de los tenderetes que había ante ellos se veían prácticamente vacíos siendo muy escasos los clientes que se acercaba a realizar alguna compra, siempre de objetos comunes y cosa extraña, sin regatear en los precios. A continuación y separado por una gran explanada se encontraban el templo de Bajaruvchy y los inmensos talleres y almacenes construidos para proveer al numeroso ejército cuyo campamento se encontraba a media legua, esta parte de la ciudad era evitada por todos sus habitantes que daban largos rodeos con tal de no atravesarla, hasta el punto en que,si no fuera por el constante flujo de militares que entraban y salían del templo, podía pensarse que estaba deshabitada; por último, en las afueras y rodeando la ciudad, estaba el barrio nuevo, una mezcla de posadas, tabernas y burdeles frecuentados por la tropa y que resultó ser la zona con la vida más activa y distendida, por lo que decidió entrar en una taberna al azar, aprovechando que era la hora de la comida, para sondear el ambiente.

Con las primeras sombras de la noche Jannirèll se encontraba en el salón de la posada en que se alojaba, la misma en la que lo hacía Soliqchi, esperando que le sirvieran la cena y ordenando los descubrimientos del día. A su llegada a Qishloq, Janniréll había percibido que la vibración de las cuerdas que componían el entramado del mundo y que estaba presente en todas partes, aunque de forma imperceptible, tenía allí tonos más elevados y concretos que encadenaban una tenue melodía, claro indicio de la utilización constante de la magia para un uso concreto que solo potenciaba una determinada capacidad presente en todos los seres humanos, lo que hacía que su vibración específica resultase indiscernible del ruido ambiente para todos, excepto para alguien como él. Buscando el origen de esa alteración descubrió que provenía de las patrullas de acólitos que en muy elevado número, recorrían constantemente la ciudad y cuyos comandantes, según pudo descubrir tras sondear sus mentes con extrema delicadeza, eran magos con una capacidad superior a la normal para detectar los pensamientos de los que les rodeaban y que empleaban para buscar pensamientos contrarios a la doctrina del templo, por lo que no era de extrañar la reacción que provocaban en la gente, que se apartaba temeros de ellos apresurándose hacia sus asuntos, ni los repentinos silencios que se producían cuando entraban en las tabernas del barrio nuevo, frecuentadas por soldados totalmente fieles al emperador que estaban ilusionados y deseosos de que se produjera la invasión, así como el temor a ser descubierto que había percibido en el hermano Skjult; Bajaruvchy era un dios cruel y nadie estaba seguro de no haber cometido algún desliz que por leve que fuera, podía costarles la vida.

Pero lo que más preocupó a Jannirèll y al ente en que se había transformado fue descubrir, al seguir la alteración de las cuerdas en busca de su origen, que todos estos magos y junto con los más poderosos que se encontraban en el Templo de Bajaruvchy, estaban controlados desde Qal’ashahar, la capital del imperio, por un pequeño grupo de magos tremendamente poderosos en diversos campos de la magia, de entre los que sobresalía uno cuyas capacidades abarcaban varios de estos campos, en contraposición con el resto que dominaban solo uno o dos en casos especiales y aunque tras este sondeo múltiple, habían podido comprobar que sus poderes sobrepasaban con mucho los de este grupo de magos, su temor radicaba en que eran magos salvajes, es decir, magos que habían desarrollado su poder de forma natural, sin preocuparse de estudiar las consecuencias y peligros que acarreaba para el mago el empleo de la magia para satisfacer sus deseos sin limitaciones de ningún tipo (causa del fallecimiento prematuro de casi todos los magos salvajes) y habían logrado sobrevivir a ello, algo que los convertía en adversarios muy peligrosos.

Estaba terminando la cena, cuando el volumen de las conversaciones de los parroquianos que habían ido llenando el local mientras cenaba, se redujo a un murmullo y no tuvo que levantar la cabeza para saber que una patrulla acababa de entrar en el local y se repartía estratégicamente para controlar todas la salidas mientras el eksrutador que la comandaba, ataviado totalmente de rojo, se encaminaba, con pasos rápidos y decididos, hacia la mesa en que se encontraba sentado Jannirèll, una discreta mesa situada en un lateral del salón, aunque alejada de las paredes, desde la que se dominaba todo el local; al llegar junto a la mesa, el eksrutador comenzó a lanzar inquisitivas miradas a todos los presentes hasta que señaló a uno de los parroquianos, un joven de edad aproximada a la de Jannirèll, quien al verse así señalado, se levantó bruscamente derribando la silla y trató de huir del local siendo reducido por los acólitos que a pesar de la resistencia que opuso, le maniataron hábilmente. En el silencio que siguió a este incidente, el eksrutador se dirigió en tono altanero a los presentes diciendo:

Todos debéis tener siempre presente que nadie puede esconderse, como pretendía ese desertor, del Ojo de Bajaruvchy que todo lo ve y que la única forma de evitar su castigo es cumplir fielmente su voluntad.

Dicho esto, echó un última mirada a los presentes y abandonó la posada dejando tras de si unos atemorizados parroquianos que comentaban en voz baja lo ocurrido, momento que aprovechó Jannirell para abandonar discretamente el salón camino de la habitación en que se alojaba.

Continuará

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