Los caballeros de la Iglesia – Capítulo XVIII (1)

 

Jannirèll en el templo de Qishloq

 

 

Mientras tanto en el templo de Qishloq, disfrazado de acólito, Jannirèll llevaba varios días estudiando el edificio y las actividades que en él se realizaban; confundido entre los acólitos que deambulaban por los pasillos, había podido comprobar que solamente la zona accesible a la población, copia del primer templo construido en Qal’ashahar, se dedicaba a los cultos a Bajaruvchy impuestos por los sacerdotes cada siete días, cultos de asistencia obligatoria que básicamente consistían en la ejecución, mediante el fuego creado por el Ojo del Dios situado en la cúpula de la nave central, de los disidentes que los eksrutadolar habían descubierto seguida de una larga salmodia, dirigida por un sacerdote, en la que los asistentes renovaban sus promesas de fidelidad a Bajaruvchy, y que contribuían a mantener sometida y docil a la población debido al terror que estas ejecuciones provocaban. El resto del gran edificio se componía de alojamientos comunes para sacerdotes y acólitos, unas grandes cocinas que daban a un inmenso refectorio y multitud de salas dedicadas a la administración del territorio y a la planificación de la guerra; en la parte superior y apartados del resto, se encontraban a los aposentos del prelado Rahmsiz y sus más cercanos colaboradores, lo que le hizo pensar que más que un templo, era en realidad el palacio de gobierno de la región.

Solo se podía entrar al complejo por una única puerta, permanentemente custodiada por una nutrida guardia, que se abría a una gran explanada encuadrada por alargadas naves, separadas por estrechos callejones, que daban acceso a la ciudad de la que lo separaban, en las que se encontraban las cuadras y los alojamientos de las tropas que custodiaban el edificio.

Una de las cosas que llamó la atención de Jannirèll fue el hecho de que ninguno de los componentes de las tropas de guardia, incluidos sus oficiales, pudiesen entrar en el templo, solo podía hacerlo su comandante, un sacerdote diferente cada día. A su interior, más allá de las naves de culto, solo podían acceder los sacerdotes, los acólitos y los eksrutadolar miembros del Círculo Interno (el resto de los eksrutadolar no podía) y todos ellos tenían su él residencia; solo las personas convocadas por el prelado o los viceprealdos podían acceder a su interior, y siempre lo hacían acompañados por un sacerdote o un acólito que les conducía directamente ante quien les había convocado.

Otra, fue comprobar, al sondear las mentes de los que allí moraban, el fanatismo con que creían en Bajaruvchy y su representante en la tierra, el emperador Bittaga, fanatismo compartido con el profundo temor que sentían de ser considerados tibios en sus acciones por parte de los eksrutadolar que continuamente sondeaban a todos los que allí servían; estos pensamientos creaban un ambiente de tensa desconfianza ya que nadie sabía en que momento, por el más pequeño desliz en el cumplimiento de sus tareas, se posaría una mano en su hombro para llevarle a la celda en espera de ser juzgado por el Ojo de Bajaruvchy en la siguiente jornada de culto, y hacían que todos se dedicaran a la ejecución de sus tareas en un profundo silencio intercambiando solo las palabras justas para la realización de sus deberes.

En este opresivo ambiente Jannirèll había observado que, aunque la doctrina predicaba el hecho de que todos eran iguales a los ojos del Dios y debían compartir los mismos privilegios no sucedía así, el prelado Rahmsiz raramente comía en el refectorio común tal y como prescribían las normas, por regla general lo hacía en sus aposentos acompañado de los viceprelados con la excusa de estar trabajando en los planes de invasión que no podían ser de dominio público; por eso un reducido grupo de acólitos, especialmente elegidos por el Eksrutador Decano de entre los candidatos seleccionados por el resto de los eksrutadolar por su fiabilidad y fanatismo, subieran desde las cocinas a los aposentos privados del prelado las esquisitas viandas que componían sus ágapes; en este hecho encontró Jannirèll la forma de llevar a cabo el principal objetivo que le había llevado a introducirse en el templo, conocer personalmente a Rahmsiz y comprobar lo poderosa que era su magia.

Por eso había provocado, utilizando sutilmente sus poderes, el arresto de uno de los acólitos encargados del servir las comidas al prelado, al que había visto degollar friamente a una mujer que al tropezar en un bache de la calle le había mojado la capa al derramarse el contenido del cántaro de agua que transportaba siguiendo su camino como si nada hubiera ocurrido, el acólito estaba ahora en la celda esperando el juicio del Ojo de Bajaruvchy; después, había instilado en los eksrutadolar (que hasta ese momento no habían reparado en su existencia) la idea de que él era la persona más adecuada para el cubrir el puesto vacante y cuando el Eksrutador Decano, al sondearle, solo encontró una inteligencia muy limitada junto a un tremendo fanatismo por Bajaruvchy, le confirmó en el puesto. Debido a esto se encontraba en ese momento a la puerta de los aposentos del prelado sosteniendo una pesada bandeja junto con otros acólitos igualmente cargados.

Continuará

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