Los caballeros de la Iglesia – Capítulo XVIII (2)

En los aposentos del Prelado

y lo descubierto después

Cuando se abrieron las pesadas puertas, Jannirèll observó que no daban acceso a los aposentos del prelado, sino a un gran patio que según pudo calcular, ocupaba la práctica totalidad de la cubierta del templo en cuyo centro se erguía una pequeña fortaleza custodiada por un numeroso grupo de guerreros con cotas de malla cubiertas por un sobreveste y yelmos cuyas viseras cubrían totalmente el rostro, todo ello de un intenso color rojo; tanto en la sobreveste, como en los recios escudos redondos que portaban, resaltaba la imagen en negro de un puño asiendo una especie de espada parecida a una hoz, similar a la colgaba del tahalí que le ceñía la cintura. Tras someterlos a un atento examen, la silenciosa guardia le franqueó la entrada a la fortaleza que no era otra cosa mas que los aposentos del prelado.

Una vez en el interior, el contraste existente entre la austeridad , característica de las edificaciones del imperio, con el desmedido lujo de aquella estancia, cuyas paredes estaban cubiertas de ricos tapices y donde junto a delicadas esculturas florecían, en grandes jardineras, gran variedad de plantas que la conferían el aspecto de un jardín, sorprendió a Jannirèll; al fondo de la misma, en un estrado, estaba la mesa del Prelado por encima del resto de mesas que formaban un amplio circulo, en cuyo centro bellas bailarinas ataviadas con escasos velos semitransparentes ejecutaban una complicada danza.

Durante el escaso tiempo que estuvo en presencia del Prelado, apenas el necesario para depositar las bandejas en los lugares que les indicaban, nadie se fijó en Janniréll quien junto con los demás acólitos abandonó ésta de vuelta a las cocinas y poco antes de llegar a ellas, se separó del grupo y sin que nadie le molestara abandonó el templo encaminándose hacia la posada donde compartía habitación con Skjult. Una vez en la soledad de su cuarto donde no podía ser molestado gracias al hechizo de desinterés con que lo había rodeado (hechizo que había empleado inconscientemente en su tiempo de estudiante con los clariones y que tan buenos resultados le había dado, y que ahora con su conocimiento y comprensión del mismo, era mucho más efectivo), hizo balance de lo que había descubierto.

Al entrar en el salón, había lanzado una rápida sonda a la mente del prelado, comprobando que aunque era una persona excepcionalmente dotada para la magia, mucho más que las de los viceprelados, esta capacidad se veía muy mermada por su desconocimiento de la realidad mágica y solo podía utilizarla mediante conjuros que debía memorizar continuamente. Debido a esto, los sacerdotes recurrían en la mayoría de los casos a trucos de ilusionismo, algo en lo que tenían gran habilidad.

Seguro de que las capacidades del prelado estaban muy por debajo de las suyas, Janniréll se introdujo en su mente dejando al descubierto su más profundos e íntimos pensamientos y deseos encontrando, junto a una desmedida ambición, una total falta de empatía hacia los demás, a quienes consideraba instrumentos útiles para la consecución de sus objetivos de los que prescindía cuando perdían su utilidad, algo que no le sorprendió ya que se lo imaginaba, pero si le causó sorpresa el sentimiento de amor-odio que profesaba al emperador y el temor y desconfianza que sentía hacia sus más allegados colaboradores; al profundizar más en estos sentimientos para conocer las causas descubrió con estupefacción que se debían al origen mismo de su iglesia.

Al parecer el culto a Bajaruvchy lo practicaba un reducido grupo de tribus, desterradas hacía miles de años a los desiertos confines de las Tierras Ignotas por el resto de las tribus que les acusaban de brujos y adoradores de los demonios, por lo que sacrificaban sin compasión a aquellos de sus miembros que caían en sus manos; este fue el origen del profundo odio que estas tribus reducidas a la condición de parias sentían por el resto de la sociedad. Debido a la dureza de las condiciones de vida a que estaban sometidas, que solo permitían la supervivencia de los más fuertes, desconocían conceptos tales como el amor y la amistad. Los enfermos y ancianos eran abandonados a su suerte para que perecieran, cuando no directamente sacrificados, y los niños, que desconocían quienes eran sus progenitores debían, desde muy jóvenes, valerse por si mismos o ser sacrificados si la tribu consideraba que no eran elementos útiles.

Cada tribu estaba dirigida por un chaman, el hombre con mayores poderes mágicos de entre sus componentes, que era el responsable de dirigir el destino de la tribu y decidir cuando y como realizar las expediciones de saqueo a las tribus paganas, es decir el resto de tribus, que precisaban para subsistir dada la extrema pobreza de su entorno, en el que solo los más fuertes eran capaces de sobrevivir.

Los chamanes se decían herederos directos de los grandes sacerdotes de antaño, poseedores de una poderosa magia perdida a lo largo de los tiempos y tenían poder de vida o muerte sobre todos los miembros de la tribu siendo sus decisiones incuestionables, y dado que su autoridad provenía de la magia que eran capaces de invocar atesoraban conjuros, heredados o robados a otros chamanes a los que habían derrotado y dado muerte, conjuros que anotaban en pequeños libros de los que nunca se separaban, y que constituían la fuente de su poder ya que eran conscientes de que si los perdían serían rápidamente eliminados por su sucesor, generalmente un discípulo aventajado en quien habían depositado su confianza; por este motivo el ser discípulo de un chamán, de las posiciones más deseadas, era una de las más peligrosas ya que en cualquier momento podía acarrear la muerte si el maestro consideraba que su discípulo trataba de quitarle el puesto o podía aventajarle como mago tal y como le había ocurrido a uno de los más poderosos chamanes quien ya viejo y viendo acercarse el declive de su poder, tomó como esclavo a un extranjero que encontró agonizante en el desierto a quien curó violando todas las tradiciones, al pensar que le sería útil para realizar aquellos trabajos sencillos que desconfiaba realizaran sus discípulos por miedo a que le asesinaran para ocupar su puesto; si aquel viejo senil hubiera conocido las consecuencias de su acción, jamás habría salvado la vida de aquel extranjero taciturno y callado que realizaba las tareas más serviles sin ninguna protesta y al que cualquier acto mágico producía terror.

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