Los vinos de El Puerto

(Por Antonio Pantoja)

Fino_Navarrito_JerezEsta bendita tierra que es El Puerto de Santa María tiene la virtud, por la gracia de Dios, de ser la comarca donde se crían algunos de los mejores vinos del mundo. En el contorno de la ciudad, en puntos estratégicos, se sitúan las catedrales de estos vinos, las bodegas, donde se crían sus cuatro grandes especialidades: Olorosos, amontillados, finos y Pedro Ximénez.

Oloroso.- A mi juicio el vino oloroso el el “patriarca” de todos, posiblemente podría ser camo el padre que ha engendrado a los demás y ahora en su vejez, con la experiencia de su larga vida, nos la brinda generosamente para que le degustemos y nos apropiemos de su de su bondad cuando se desliza por nuestra garganta. Cada gota que se introduce en nuestro cuerpo nos está dando toda su vida, que está madurando en el silencio oscuro de la bodega, dormitando en el fondo de la vieja bota de roble. Nos aconseja: “Bebeme con mesura, que de esta forma te ayudará a llegar a viejo como yo”.

Amontillado.- Lo clasifico como el hijo mayor del oloroso. Es aquel vástago que se ha emancipado del padre y ya maduro, es capaz de salir de la vasija para vivir su propia vida. Liberado, llega a nuestra copa para que le tomemos y lo saboreemos con placer, porque nos deja en nuestro paladar el reflejo de su ímpetu, de los que luchan y triunfan en la vida. Lleva con orgullo la bandera de Jerez.

Fino.- El joven de la familia. En ocasiones en la familia al joven, por ser eso, el adolescente de la estirpe, no se le hace mucho caso por su inmadurez. Pero en el caso de este vino es lo contrario, hay que tomarlo muy en serio, ya que lo considero el heredero, y responsable de que los demás lleguen a otras añadas. Como buen mozo, al beberlo, nos transmite la alegría sanaene. Lo hace poco a poco, copa a copa, cada una que nos tomamos la recibimos con más agrado, y con la inocencia de un zagal, se adueña de nuestros sentimientos y, aunque lo ignores, te hace cantar por bulerías o bailar por sevillanas.

Pedro Ximénez.- Aunque su nombre lo distingue como varón, yo le atribuiría el género femenino. Es dulce como la mujer. De un perfume delicado, como la fragancia de la azucena. Con un sabor aterciopelado que, cada vez que lo bebes, parece que la copa se funde con tus labios como un beso infinito de tu amada. Pero ¡Cuidado! Hay que beberlo con moderación, al igual que con las mujeres, porque tan grave puede ser el emborracharse con él, como embriagarse de amor.

Este relato lo escribí a la sombra del centenario “drago” de las bodegas Luis Caballero, en septiembre de 1994.
Antonio Pantoja.

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