Cádiz, tierra entre dos mares

La playa desde mi ventana

La playa desde mi ventana

Vivo en El Puerto de Santa María, hermosa ciudad de la provincia de Cádiz a orillas del río Guadalete, famosa por sus vinos, (fino de El Puerto, manzanilla de Sanlucar y amontillado de Jerez, se dice en el marco de la Denominación de Origen Jerez, Xerez, Sherry) y por sus palacios (La Ciudad de los Cien Palacios, la denominaban, porque cien eran los palacios con que contaba), aunque de estos ya quedan muy pocos gracias al descontrol de la gestión urbanística de pasados años, aunque los pocos que quedan están, hoy en día protegidos y no pueden ser tocados salvo para su restauración, en algunos casos muy necesaria.

Si alguien piensa, por lo anteriormente expuesto, que estoy criticando la ciudad o a sus gentes, está muy equivocado. Me gusta El Puerto, sigue siendo una bonita ciudad que, el ayuntamiento trata constantemente de mejorar con los escasos medios de los que, hoy en día dispone, y me encantan sus gentes (entre las que cuento con muy buenas amistades), apacibles y socarronas con ese gracejo característico del gaditano. No, me encanta vivir aquí y no lo cambiaría por ningún otro sitio del mundo. Simplemente constataba el hecho, ocurrido desgraciadamente en toda la península, de la destrucción de gran parte de nuestro patrimonio histórico.

Tengo que decir también, que me considero afortunado por vivir en una urbanización en la playa. En un apartamento situado a bastante altura, que me permite disfrutar de inigualables vistas, tanto del mar, como de la campiña, tamizadas por esa luz maravillosa que da nombre a esta bendita costa, la Costa de la Luz. Por eso, cuando esta mañana al levantarme y  mirar, como hago todos los días, por la ventana de mi dormitorio para disfrutar del panorama que se abre ante mis ojos, se me alegró el corazón. El sol, remontando las colinas en su camino hacia el ocaso, daba brillo a los diferentes matices de verde de la campiña y sus rayos se reflejaban en el mar dándole la apariencia de estar cubierto de zafiros, las hojas de los árboles se agitaban por la brisa y pensé: Gracias a Dios tenemos otro día de viento de poniente que nos refrescará el calor del día.

Con este convencimiento, después de tomar una refrescante ducha, puse el collar a Sena, la perrita de la que se encaprichó ni hijo, jurando que la cuidaba él, y que desde hace diez años cuido yo, y con la que comparto, todas las mañanas, el desayuno en una cafetería cercana mientras charlo con los conocidos, y bajé con ella a la calle para que, en primer lugar, hiciera sus necesidades.

Cuando llegué al portal, amparado por la fresca penumbra, encendí, en un rito cotidiano, el primer cigarrillo de los muchos que me fumo al día y abrí la puerta para salir a la calle. (He de decir que yo no entiendo nada ni de botánica, reino biológico que para mi se compone únicamente de hierbas y árboles, ni de vientos, de los que solo se si soplan o no). Por eso me llevé una desagradable sorpresa cuando, tras dar unos pasos y salir de la protección que me ofrecía el edificio, recibí una bofetada de un calor húmedo y abrasador que hizo correr ríos de sudor por mi cuerpo, un sudor cálido y pegajoso que, en un momento, me empapaba por completo, dejando manchas blancas de sal en el colorido polo que había elegido para esta mañana. El asfalto, recalentado por los rayos del sol quemaba la suela de mis alpargatas y, la “ligera brisa” me alborotaba los escasos cabellos que aun conserva mi cabeza, al tiempo que goterones de sudor me manchaban las gafas.

El viento había rolado del fresquito poniente al abrasador levante y en ese momento recordé una frase que me dijo un portuense, con esa gracia especial que tienen:

Cádiz es una tierra entre dos mares:
¡La mare que parió al levante y la mare que parió al poniente!,
que nunca dejan de soplar.

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