Los peligros del tomate

tomatoes-1014546_960_720Un carrillón de campanas desafinadas sonaba persistentemente en mis oídos mientras la cama se balanceaba con violentas sacudidas, como si tratara de arrojarme al duro suelo. Aferrándome a ella, abrí penosamente los ojos y traté de incorporarme. Apenas los había entreabierto cuando una luz brillante hirió con violencia mis retinas obligándome a cerrarlos de nuevo, mientras una nueva sacudida de la cama, más violenta si cabe que las anteriores, me derribaba sobre las sábanas a las que me agarré con desesperación para no caer, mientras el estruendoso sonido de las campanas golpeaba inmisericorde mi cerebro.

Sentí como un sudor frio empapaba mi cuerpo, a la vez que una opresión en el pecho me impedía respirar, y el miedo, ese miedo atávico que todo ser humano experimenta al verse enfrentado a la muerte, se apoderó de mi. Paulatinamente la comprensión de lo que había vislumbrado en los breves instantes en que tuve abiertos los ojos, se abrió camino en mi embotada mente y , en ese momento, me invadió el pánico.

¡Un barco! Estaba en un barco a punto de naufragar. Abrí de nuevo los ojos, forzándome esta vez a no cerrarlos a pesar de la punzadas de dolor que asaeteaban mi cabeza, y pude ver como azul del cielo, que ocupaba la totalidad de la ventana, era sustituido gradualmente por el gris verdoso del mar que, rápidamente, ocupó la totalidad de la ventana. Sin poder aguantar más el dolor que sentía en los ojos volví a cerrarlos.

Tenía la boca reseca y noté un sabor acre, pastoso, que me impedía tragar saliva. Mi mente, aturdida por el repiqueteo de las campanas, que se había vuelto más insistente como si eso era posible, y estaba acompañado ahora por el retumbar de tambores, trataba de poner orden en el caos de sensaciones que la invadían. Aferrado con fuerza a las sábanas para mantenerme en un precario equilibrio, abrí nuevamente los ojos y miré a mi alrededor para contemplar, asombrado, las paredes de mi dormitorio que temblaban espasmódicamente.

Un suspiro entrecortado salió de mis labios ¡Estaba en mi dormitorio! El alivio me duró poco cuando comprendí lo que realmente esta ocurriendo. ¡Un terremoto! Bajé, mejor dicho, caí de la cama, me incorporé como pude y rebotando entre muebles y paredes como una pelota mientras trataba de contener las arcadas que tal esfuerzo me produjo, me dirigí hacia la puerta para salir de casa con intención de ponerme a salvo, sintiéndome un despojo humano atormentado por el maldito sonido de las campanas y los tambores.

Cuando, con bastantes dificultades, logré abrir la puerta, se hizo un atronador silencio y una figura borrosa, sujetándome por los hombros para evitar que me cayera dijo –Buena la has cogido campeón, llevo más de cinco minutos llamando al timbre y aporreando la puerta– Aturdido, traté de empujarla al tiempo que, con voz estropajosa le decía –¡A la calle!, ¡el terremoto!

Con una fuerza insospechada para aquellos delicados brazos, me condujo al sillón al tiempo que decía –Anda cállate que tú lo que tienes es una resaca de elefante. Y da gracias a tu amigo Pedro, que me llamó desde la bodega y me convenció para que viniera a ver como estabas diciéndome que él no podía salir del despacho, que estaba en una reunión, que acababas de llegar de Madrid, que era la primera vez que venías y que ya sabía lo que pasaba en estos casos, que eras muy buena persona y un caballero. Total que me convenció, porque tenía un cabreo contigo que no te puedes hacer idea. Javier que me dejaste tirada en medio de una caseta diciendo que estabas cansado y te ibas a casa, que me irías a buscar al día siguiente para volver a la feria, y no he vuelto a saber de ti hasta ahora. ¡Y lo peor de todo, es que me enteré que te habían visto tomando copas en otras casetas! Pero en fin, como hasta ese momento, me lo había pasado bien contigo y te habías comportado como un caballero he venido a ver como estabas ¡Y ya veo como estás! Así que quédate ahí tranquilito mientras te preparo un café.feria-de-la-manzanilla

Tras soltarme esa parrafada fue contoneándose hacia la cocina, lo que me permitió fijarme bien en ella para comprobar que era una hermosa criatura y recordar que, efectivamente había pasado el día anterior con ella en la feria, que se llamaba Esperanza y era, además de guapa, una persona simpática e inteligente.

Con la cabeza ya más despejada después de tomarme el café y una copa de un horrible licor, (que me hizo sentir lo mismo que debe sentir un globo mil veces hinchado, metido en un bolsillo y luego, cuando esta todo repegado por dentro, vuelto a hinchar, en el que se oyen los chasquidos al separarse las paredes según se va llenando de aire) y que me hizo tomar sin rechistar, le dije –La verdad Esperanza es que, si no hubieras venido, cosa que no sabes cuanto te agradezco, pensaba ir a buscarte cuando me levantara para volver juntos a la feria, porque eres…

Me miró con cara de asombro, y sin dejarme terminar de dijo –Pero si la feria ya se ha terminado Javier.

No se puede haber terminado la feria, porque empezó ayer miércoles y se termina el domingo– Y continué –Y si ayer volví allí, fue por no hacer un desaire a los dueños de la bodega en que trabaja Pedro, que se habían portado muy amablemente conmigo.

Tú estás mucho peor de lo que yo pensaba, o me estás tomando el pelo. ¿De verdad no sabes que día es hoy?

Jueves– Respondí sin pensar y plenamente convencido.

¡Lunes Javier! ¡Hoy es lunes! Son las cinco de la tarde del lunes ¿Cuanto fino bebiste para no acordarte?

No puede ser lunes, porque estaba cansado, estuve un ratito con ellos y me vine a casa.

Javier, pero si me ha contado tu amigo Pedro que entraste a la feria conmigo el miércoles y saliste de la feria el domingo a medio día, cuando él te trajo a casa porque no te tenías de pie. No vuelvas a beber fino, que te sienta fatal.

Me quedé pensativo un rato y le dije –Mira Esperanza, recuerdo que me encontré con ellos al salir de la feria y me invitaron a una copa, y luego pasé el tiempo a bebiendo tomate.

¿Como que bebiendo de tomate? Con el tomate no se coge una tajada como la tuya.

La miré fijamente y respondí con toda seriedad –Esperanza ¡Te juro por la salud de mis muertos!, que hasta donde yo recuerdo, cuando iba a salir para venir a casa, alguien me puso una copa en la mano y me dijo tomate una copa y tomate otra copa, y tomate otra copa y así estuve a base de tomate hasta que me trajo Pedro a casa.

Me miró, se echó a reír, me dio un beso y me dijo –Anda, anda, date una ducha, arreglate que estás hecho un asco y nos vamos para que me invites a cenar en Bigotes, creo que me lo debes.

Así que, amigos míos, tened en cuenta lo peligroso que resulta abusar del tomate. Puede hacer que perdáis la saluda y la amistad de una persona maravillosa.

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