Pero… ¡Si soy yo!

Autorretrato

Autorretrato

Hoy no tengo ninguna inspiración, me siento vacío de ideas. Quizás sea debido la desazón que me produce el inclemente calor que, este verano, ha decidido visitar nuestra ciudad, el caso es que llevo horas sentado en la mesa contemplando un papel en blanco y sin saber que hacer.

Gracias a Dios es algo que no me ocurre frecuentemente pues, incluso en los momentos malos, siempre surge algún chispazo, alguna mala idea que reflejar en el papel, la mayoría de las veces de forma burda, pero esto me no importa ya que, de esos apuntes, de esos bosquejos que tengo archivados en una gruesa carpeta porque debido a su falta de inspiración y calidad, no les considero dignos de ver la luz; al revisarlos pasado el tiempo se convierten en la fuente de origen de otras obras. Obras que la mayor parte de las veces no se parecen nada a lo que las inspiró, ya que al desarrollarlas mi imaginación vuela, la mayoría de las veces, por caminos completamente diferentes a los que generaron la idea original.

Con una mezcla de aburrimiento y desesperanza, dejo vagar la mirada por la habitación, en la que mezclados en las estanterías con las ordenadas filas de libros, y colgados por las paredes, hasta casi cubrirlas totalmente, convive una ecléctica amalgama de objetos.

He de decir que soy coleccionista de prácticamente todo. Me gustan las antigüedades, las cosas bellas y curiosas de toda índole, y durante el transcurso de mi vida he logrado acumular una respetable cantidad de objetos que, de una forma u otra forman parte de mi vida y mis recuerdos. Cuadros, estatuillas de dioses hindúes, sables y pistolas antiguas, candiles, colecciones de plumas estilográficas, relojes de bolsillo, botellas labradas de cristal antiguo, una lámpara anti-grisú, recuerdo de mis años de trabajo en la mina (en las oficinas, que no en los pozos).

En resumen, recuerdos de una vida intensa y apurada hasta las heces con el fin de perderse lo menos posible de la misma, y que ahora mis ojos recorren evocando viejos recuerdos, mientras sin ser consciente de ello, trazo garabatos en el papel al son de la música que suena en el moderno gira-discos (prefiero los vinilos a los CD’s) que, en estas ocasiones, siempre tengo en funcionamiento.

Por fin, salgo del ensueño en que me encontraba sumido, y compruebo con estupefacción que ha caído la noche y una ligera y vivificante brisa ha refrescado el ambiente permitiéndome respirar de nuevo, mientras la obscuridad invade la habitación. Dejo el lapicero que, hasta ese momento había tenido en las manos, y enciendo el flexo que ilumina la mesa.

Al levantarme para encender más luces porque, en determinados momentos, no soporto la penumbra, miro inadvertidamente el papel que había sobre la mesa, y un pensamiento asombrado invadió mi mente.

¡Pero… Si soy yo!

Porque en el, antes impoluto, papel que había estado mirando sin saber que plasmar, aparecía el autorretrato que ilustra este relato, que sin ser consciente de ello, acababa de dibujar.

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