La Bestia

La Bestia

La Bestia

El terror me tenía paralizado, mis manos, agitadas por temblores convulsivos que me resultaba imposible controlar, apenas podían sujetar el arma que tenía para enfrentarme a la bestia ante la que me encontraba.

Traté de aclarar la visión, enturbiada por los vapores sulfurosos que emanaban de los dilatados ollares de aquel monstruo de pelo hirsuto y ojos rojos que me observaba con odio.

En un momento, desfilaron por mi mente los acontecimientos que me habían llevado a encontrarme en aquella situación desesperada, y llegué a la conclusión de que, como en otras ocasiones de mi vida, la prepotencia, el orgullo y, porque no decirlo, las excesivas libaciones realizadas en aquella taberna, junto con una bocaza que era capaz de hablar más rápido de lo que mi cerebro era capaz de pensar, eran los causantes de que me encontrara en aquella situación.

Como se me ocurriría a mi fanfarronear delante de aquel grupo de petimetres y damiselas, que digo damiselas, brujas a las que solo les faltaban las escobas y el caldero, que disfrutaban retando a los demás a misiones del todo imposibles solamente para su solaz. Demasiado bien conocía a aquel grupo de, por lo general sensatos, estudiantes a los que solo dominaban la juerga y aquel grupo de brujas que las tenía hechizados, con el que habitualmente solía ir de francachela y que formaban una sociedad secreta en extremo cerrada, en la que la xenofobia era característica predominante.

Sabía que las brujas estaban a la espera de castigarme por ser el ejemplo vivo de que existía una vida fuera de aquel grupo, y mi estupidez se lo había puesto en bandeja.

¡Voto a Bríos! Juro que, si por algún milagro, salgo vivo de esta, jamás volveré a bajar al ruedo armado de un capote en una capea, por muchas caídas de ojos y miradas embelesadas que me lance una rubia en minifalda.

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