El mapa

Plano2Siempre me ha gustado la aventura por lo que, cuando logré convencer a unos amigos entre los que se encontraba mi posible futuro cuñado, me sentí feliz. Por fin iba a realizar una de mis ilusiones más antiguas, visitar el lago de Sanabria.

Mi relación con Zamora viene de muy atrás. Mi abuelo materno era de allí, y yo pase tres años de internado en tan vetusta ciudad, cargada de historia, con magníficos monumentos románicos y no menos magníficos bares con exquisitas tapas, como El Lobo, con sus pinchos morunos, sus tiberios (mejillones en deliciosa salsa picante) y la más típica de la cuidad, las perdices que, como su nombre indica, son sardinas preparadas y fritas con un adobo especial que solo se hace en Zamora.

Como soy persona ordenada a la que le gusta que las cosas salgan como está planificado, me encargué de organizar el viaje para evitar desagradables sorpresas. Viaje que habíamos decidido hacer prescindiendo de casi todas las comodidades de la vida moderna, con el fin de comulgar mejor con la naturaleza el tiempo que durar éste.

¿Iríamos en coche? ¡No!, iríamos en tren hasta Puebla de Sanabria, lugar más próximo al que llegaba el ferrocarril y que distaba unos quince kilómetros de nuestro destino final Ribadelago del Caudillo (hoy Ribadelago nuevo).

¿Dormiríamos en hoteles u hostales? ¡No!, haríamos camping, llevando con nosotros todo lo necesario para nuestra supervivencia y manutención.

¿Iríamos por la carretera que une la Puebla de Sanabria con Ribadelago? ¡Por supuesto que no!, cortaríamos camino visitando las pequeñas aldeas perdidas en las sierras de Segundera y Cabrera como San Miguel de Lomba (43 habitantes), San Román de Sanabria (19 habitantes), o Sotillo de Sanabria (47 habitantes), lo que nos ahorraría tiempo y disfrutaríamos mejor del paisaje.

Como éramos aventureros, pero no estúpidos, preparamos meticulosamente el viaje. Primero nos agenciamos un mapa catastral de la zona, en el que figuraban carreteras, caminos, cañadas reales, etc., en base al cual trazamos la ruta a seguir. A continuación hicimos una lista con todo lo que debíamos llevar en las mochilas, que incluía la tienda de campaña, mantas alimentos bombonas de camping-gas para alimentar el hornillo y la lámpara, suficientes camisas de repuesto para esta última, ropa de repuesto (poca, que incluía toallas y bañadores), hacha, machetes, gorras para protegernos del sol, etc. Pesamos las mochilas, una vez cargadas con los efectos comunes antedicho, y comprobamos que todas pesaban veinte kilos, peso que habíamos considerado soportable para permitirnos llevar, además, los útiles de nuestras aficiones (en mi caso el equipo fotográfico: Cámara, objetivos, filtros, flash, etc.).

Adquirimos nuestros billetes en el expreso que unía Madrid con la Puebla de Sanabria, en tercera (Si, en aquellos años aun existía la tercera clase, cuyos vagones eran antiguos vagones de primera clase debidamente hechos polvo, debido a la cantidad de viajes que llevaban a sus espaldas.) y a las diez de la noche de un glorioso día de agosto iniciamos el viaje.

El viaje resulto divertidísimo, ya que encontramos un grupo de excursionistas que iban a La Coruña, y nos pasamos las siete horas que duró el viaje (Si, no os extrañéis, siete horas se tardaban, en aquellos años, en recorrer los escasos cuatrocientos kilómetros que separaban Madrid de Puebla) comiendo y, sobre todo bebiendo, en un ambiente de buen humor. Por fin, al rededor de las cinco de la madrugada, descendimos del tren en la estación de Puebla.

A partir de este momento comprobamos la infalibilidad de la Ley de Murphy.

Si, si, la Ley de Murphy, esa que dice: “Si algo puede ir mal, irá mal”.

Cuando llegamos, bastante achispados por cierto, descubrimos que la estación estaba a tres kilómetros del pueblo, y aunque iban taxis a recoger a los posibles pasajeros, solo llegó uno que, cuando hicimos señas para que nos llevara al pueblo, nos miró con cara de susto, y dando media vuelta se fue a toda velocidad por donde había venido. Todavía no se que le asustaría, solo éramos tras jóvenes con ropas militares, mochilas, y hachas y machetes al cinto (equipo normal de cualquier campista aventurero).

Tras dos horas (tiempo que tardamos en recorres los tres kilómetros, seis para nosotros, debido a las eses que realizamos a causa de nuestro estado etílico) llegamos a la orilla del río, sitio en el que había varias tiendas plantadas, plantamos la nuestra procurando hacer el menor ruido posible para no molestar a los que ya dormían, y una vez logrado tras ímprobos esfuerzos y numerosos intentos, y ya tumbados en su interior, pensé que nos habían estafado cuando la compramos, pues supuestamente era de cuatro plazas, nosotros éramos tres y estábamos como piojos en costura.

Lo de no hacer ruido, pude comprobar que no lo habíamos conseguido. Al levantarse por la mañana los que habían acampado antes que nosotros, no se cortaron en calificarnos con numerosos y variados epítetos (que por pudor no reproduzco). Incluso uno de ellos propuso que nos desclavaran los vientos que sujetaban la tienda para darnos una lección de respeto, y ya iban a hacerlo, cuando empezaron a sonar risas y decidieron que no valía la pena. Sin entender el porqué de ese repentino cambio de opinión, esperé a que se marcharan para salir de la tienda. En ese momento entendí todo lo anterior, ¡Aquello no era una tienda de campaña! Más bien parecía las ropa de cama de un niño que se orinó en la cama, tendida presurosamente a secar, pues la habíamos montado sin tensar los vientos.

El recorrido planificado para disfrutar del paisaje, que debía durar entre cinco y seis horas, nos llevó desde las diez de la mañana hasta las ocho de la tarde, ya que no es lo mismo dar una vuelta a la manzana en Madrid cargado con los veinte quilos de mochila a la espalda, que hacerlo por senderos y cañadas reales en Zamora, a cuarenta grados aproximadamente y bajo un sol de justicia, típico del clima continental que tiene esa tierra.

Cuando, agotados decidimos plantar la tienda en lo alto de una, creíamos colina, desde la que se veía el lago, que a ojo de buen cubero, se encontraba a unos dos kilómetros, respiramos aliviados, la distancia que nos quedaba era corta, una suave bajada por un campo de tomillo y estábamos en nuestro destino.

Ribadelago Nuevo

Ribadelago Nuevo

Al levantarnos a la mañana siguiente, con un sol que iniciaba su ascenso a nuestra derecha y presagiaba otro día de intenso calor, comprobamos horrorizados que, lo que habíamos tomado por matas de tomillo, eran en realidad las copas de los árboles cuya altura casi alcanzaba los cables de una línea de transporte de electricidad de alta tensión (si, una de esas que vemos en ocasiones cuando vamos por carretera y cuyas torres con forma de obesos gigantes con los brazos en cruz y muchos, muchos metros de altura cruzan la campiña hasta perderse en el horizonte), nuestro alivio desapareció instantáneamente, pero confiados en al mapa que teníamos y que marcaba claramente la existencia de una cañada cuyo nombre no recuerdo, seguimos adelante.

Cuando por fin llegamos al lago, ante el asombro de los allí acampados por nuestra ruta, arañados y magullados después de cinco horas de abrirnos camino a hachazos y machetazos literalmente, por aquel maldito bosque por el que, según nos dijeron los lugareños, no pasaba nadie desde hacía muchos años, buscando un camino que no existía, pudimos comprobar que:

“Habíamos planificado nuestro viaje en base a un mapa, que aunque recién comprado en el Instituto Catastral, no se actualizaba desde hace más de cuarenta y tantos años”

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