El legajo

Sanabria 156Perdonen vuesas mercedes la impertinencia de este viejo y sean indulgentes con mi persona ya que; como es de todos conocido, a los viejos no nos queda otra cosa que no sean los recuerdos, recuerdos baladíes y fútiles que junto con los harapos que vestimos y los cuatro dientes, ya picados y negruzcos, que habitan nuestra boca son, al fin y a la postre, todas nuestra pertenencias.

Es por esto por lo que para no perderlos; me hallo poniéndolos por escrito, acompañado por Alarico, un galgo viejo que un buen día apareció en la cuadra y ahora dormita tumbado a mis pies, un cabo de vela que me ilumina, un tintero, varias plumas de ganso y un rimero de papel.

* * *

Así comienza un legajo de viejos papeles que encontré; escondidos en el hueco de uno de los muros de piedra, de la casa había adquirido en una vieja aldehuelade de las montañas que conforman la sierra de Cabrera, de cuyos paisajes me había enamorado y que estaba reformando para hacerla habitable.

El legajo contenía diversos relatos; episodios de la vida del autor que por lo que pude colegir, era un labrador que había vivido allí en tiempos de la reconquista. De entre ellos, ha elegido éste que paso a exponer a vuestra consideración.

Mi honor no me lo permite.

Transcurría en mes de agosto del año 905 de Nuestro Señor; el tiempo había sido benévolo con nosotros, llovió cuando tenía que llover e hizo sol cuando tenía que hacer sol, las gallinas pusieron abundantes huevos, las vacas dieron abundante leche y las vides, cargadas de numerosos racimos, prometían una abundante cantidad de dorada uva para pisar los lagares. Esto, junto con la abundante cosecha de trigo de nuestros campos, nos había permitido pagar los diezmos de la iglesia y los exigidos por nuestro señor el rey don Alfonso, decimotercero del mismo nombre, para mantener las mesnadas que nos defendían del moro.

Por este motivo la romería en honor de nuestra patrona, la Virgen del Carmen de ese año, fue de las más alegres que recuerdo. En estas romerías era tradicional; debido quizás a que era el único momento del año en que mozos y mozas, libres por un momento de las faenas del campo, retozaran libremente, sin la supervisión de sus progenitores; muy ocupados los unos en comentar las visicitudes del año, aprovechando la ocasión para hacer copiosas libaciones, bien para celebrar la bondad de la cosecha obtenida o bien para olvidar la escasez de la misma, según hubiera sido el año y las otras para olvidarse por unos momentos de las horas pasadas ante el hogar preparando la comida de la familia, del cuidado de los niños, de los animales y de las numerosas tareas que a la mujer de un labrador corresponden, bailando al son de la dulzaina y el tamboril.

Eso pensaba yo en aquellos tiempos, sin saber que los tales retozos no se realizaban sin el conocimientos de nuestros mayores; muy al contrario, estaban auspiciados por las madres que tenían hijas en edad nubil, para que conociesen a aquellos mozos a los que, cual aves de presa, habían echado el ojo para maridos de sus hijas, ahorrándose así el pago a la casamentera.

Aquel año, recuerdo que mi amigo Pero y yo charlábamos, un poco apartados del resto, sobre unos rucios que queríamos comprar al tío Fruela, tratando de ponernos de acuerdo en cuantos dírhemes1 ofrecer por ellos, cuando vimos venir hacia nosotros a Ermisenda acarreando un pellejo de vino que había descuidado de la provisión de la fiesta. Apartámonos pues con la moza para disfrutar del dulce elixir y debimos disfrutarlo, o debí disfrutarlo plenamente, ya que lo siguiente que recuerdo es ir caminando por mitad de la romería, con paso vacilante y con Ermisenda prendida orgullosamente de mi brazo a la vista de todos que murmuraban mirándonos sonrientes.

La tal Ermisenda era una moza robusta, no muy agraciada, con fama de casquivana; que podía haber resultado una buena esposa, ya que estaba acostumbrada al trabajo, si no fuese por el endiablado carácter que tenía, más parecido al de una arpía, de la que estaba prendado de tiempo atrás, mi amigo Pero.

Al perecer, Ermisenda me había echado el ojo y debido a mi afición al vino, había marcado el terreno al mostrarse conmigo en la romería, de modo y manera que cuando trataba de evitar su acoso en las reuniones de la aldea, situándome en el rincón más apartado o con más gente, siempre había alguien que le indicaba donde me encontraba o bien le hacía lugar para que se situara a mi lado, lo que me obligaba a sonreír y haciendo de tripas corazón, darle un casto beso, ya que de no hacerlo corría el riesgo de recibir un pescozón, propinado por su delicada mano de herrero.

Vino a sacarme de la situación el párroco quien, viéndose en la necesidad de realizar un viaje para consultar unos asuntos de la iglesia en el obispado, me rogó le acompañase para protegerle de los moros quienes, dada la proximidad de la frontera, solían hacer incursiones para rapiñar ganado y llevarse la vida de algunos cristianos si se terciaba. He de aclarar que el pater era el único que sabía en la aldea que mi prolongada ausencia de la misma, no se debía al hecho de haber trabajado de jornalero para conseguir dinero para comprar mis tierras, unas 47 fanegas2 de buena tierra de secano, si no para formar parte de las mesnadas de nuestro señor don Alfonso en su lucha contra el moro, con cuyo botín compré las tierras.

El viaje duró dos meses y cuando volvimos a la aldea, me encontré a mi amigo Pero esperándome en casa pues le habían avisado de nuestra llegada. Parecía un perro apaleado y con cara de profundo pesar me dijo que en mi ausencia, Ermisenda y él habían paseado juntos hablando de mí y dado el tiempo que habían estado sin nuevas mías y pensando que me había ocurrido algún percance, se habían casado tras entregar él a su padre la cuantiosa dote por este exigida. Díjome además que estaba dispuesto a ofrecerme la reparación que me pluguiere, a fin de reparar mi honor a ojos de los demás.

Tras pensarlo un rato, mientras él se cocía en su propio jugo, le dije finalmente que no se preocupara, que no quería reparación ninguna ya que yo me lo había buscado por ausentarme tanto tiempo y que mi honor me impedía aceptar ninguna reparación por algo que era culpa mía.

Lo que no le dije fue que conociendo de su amor por Ermisenda, debido a las miradas de cordero degollado que le lanzaba y sabiéndole un cagalindes3 en temas de mujeres, había sido yo quien, sibilinamente había inspirado la idea del viaje al cura y me había ofrecido a acompañarle esperando que sucediera lo finalmente acaecido y sacudirme así de encima a la insoportable Ermisenda. Lamento la faena realizada a mi amigo Pero que por cierto, ya no es mi amigo ni el de nadie pues su mujer no se lo permite.

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1. Dírhem. Moneda de plata de los reinos árabes utilizada en Castilla durante el S. X

2 – Fanega. Unidad de medida tradicional española anterior a la implantación del sistema métrico, se divide en dos cuartos, cuatro cuartillas o doce celemines, en Castilla equivale a 6.460 m².

3 – Cagalindes . Cobarde

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