Los Caballeros de la Iglesia

Capítulo V  –  Las tierras ignotas

(Qishloq)

 

Representación de Bajaruvchy

Representación de Bajaruvchy

Sentado en una mesa cercana a la lumbre que ardía en el hogar situado en el centro del salón de la posada, de la que era el único parroquiano, Soliqchi daba cuenta del plato de estofado que tenía ante sí; sumido en sus pensamientos se llevaba la comida a la boca mecánicamente, mientras añoraba tiempos pasados en los que todas las noches, el salón se llenaba de alegres parroquianos que iban a tomar unos tragos y a comentar las nuevas de la jornada antes de retirarse a sus hogares a descansar, tiempos en los que Qishloq era una ciudad, si por ciudad entendemos un conjunto, más o menos grande de casas de adobe con techos de paja, a la que acudían las distintas tribus nómadas a intercambiar las pieles y carne de sus rebaños de lanudos bueyes por productos manufacturados por los diferentes artesanos que en ella residían.

Una corriente de gélido viento procedente del exterior le sacó de su ensimismamiento y al mirar hacia la puerta compobó que acababan de entrar cinco individuos embozados en llamativas capas de color rojo sangre. Acólitos del templo, los identificó reprimiendo una mueca de disgusto en su enjuto rostro que interrumpían su ronda nocturna para combatir el frío de la noche con una jarra de leche caliente, única bebida permitida por los sacerdotes de Bajaruvchy, ya que las bebidas con alcohol estaban prohibidas y reservadas para su uso exclusio en las ceremonias religiosas. El verlos le llevó a recordar la cadena de acontecimientos que había desembocado en la actual situación.

Las tierras nororientales de la codillera Bealjehkh estaban habitadas por los Samoviy, tribus nómadas que se desplazaban en busca de pastos para alimentar sus emormes rebaños de lanudos bueyes que les proporcionaban todo lo necesario para su subsitencia. Sus viviendas consistían en una especie de yurtas cuyas paredes estaban formadas por una serie de gruesos arcos de madera unidos por varios listones longitudinales fuertemente amarrados con tiras de cuero que se cubrían con varias capas de paja y lonas tejidas con el pelo de los bueyes, el exterior estaba recubierto por pieles de buey cosidas entre si con finos tendones, todo ello construido sobre recias plataformas de madera bajo cuya parte central, un grueso eje unía dos ruedas de diámetro similar a la altura de un hombre; una pértiga a la que se acoplaba el yugo para uncir los bueyes, completaba la estructura de este carro-vivienda.

Su estructura social, casi inexistente, se basaba en el prestigio personal del hombre, en base al cual ocupaba su puesto en la tribu. Este prestigio lo otorgaba el número de cabezas del rebaño que poseía, el número de mujeres que podía mantener en su carro, o bién, aquellos que no poseían ni ganado ni carro, o para aquellos que no estaban conformes con su posición, retando a combate y matando a alguien de posición superior, para quedarse con su posición y sus bienes. Las mujeres constituían un bien más y su valor estribaba en su capacidad para trabajar y parir hijos, el bien más preciado de los samoviys ya que en una familia numerosa, los hijos proporcionaban brazos fuertes para defender la tribu y las hijas, buenos beneficios obtenidos de las dotes que se pagaban por ellas al concertar los matrimonios. La mayor afrenta que podía sufrir una familia samoviy era que una hija fuera repudiada por su marido, bien por no ser fértil, bien por carácter o incapacidad para los deseos de su marido. En este caso, la dote era devuelta y la mujer abandonada a su suerte en la llanura.

Las relaciones entre tribus consistían en sangrientas batallas por los pastos o el robo de ganado, o en encuentros casuales en las escasas ciudades como Qishloq desperdigadas por el amplio territorio, a las que acudían a intercambiar carne y pieles por productos manufacturados por los diversos artesanos que como mi patrón, el alfarero Kulol, elaboraban.

Así era la vida entre los samoviys hasta la aparición de los sacerdotes de Bajaruvchy, de esto hacía ya cuatro años; nadie sabía de donde provenían aunque corrían todo tipo de rumores sobre su origen, simplemente aparecieron, con sus hábitos rojos y capas negras, predicando el culto de Bajaruvchy, el implacable dios que todo lo ve, que premia a sus fieles y destruye a los incrédulos. Su doctrina, se resumía en los siguientes puntos:

1. Bajaruvchy es el dios supremo, el creador de todas las cosas al que los hombres deben total sumisión y adoración.
2. Bajaruvchy es el padre de los hombres, a los que ama profundamente, premia a los buenos hijos y destruye sin piedad a los que le repudian.
3. Bajaruvchy creó a los hombres para que le sirvieran y a las mujeras para servir a los hombres y darles hijos que proclamaran su grandeza, por lo que las mujeres deben someterse a los hombres como éstos se someten a Él.
4. Bajaruvchy, agotada ya su infinita paciencia ante la impiedad reinante en el mundo, ha elegido a los samoviys como su pueblo más querido, destinado a conquistar el mundo y destruir a los impíos.
5. Todos aquellos creyentes que luchen y mueran en su nombre recibiran centuplicados, como recompensa a su martirio, los placeres a que renunciaron en vida por servirle.

Al principio los sacerdotes eran recibidos con indiferencia por las tribus; su doctrina chocaba frontalmente con la fiera individualidad de los samoviys y no lograban conseguir adeptos entre ellos, pero como en todas las sociedades, entre los samoviys existían individuos inadaptados, despechados por no alcanzar lo que ellos pensaban que merecian y la tribu les debía que en esta doctrina encontraron justificación y alivio para sus frustraciones, por lo que abrazaron la fe de Bajaruvchy y siguieron a sus sacerdotes hasta Qal’ashahar, una pequeña ciudad situada en las proximidades del Macizo Shimoliy, en la parte más septentrional del territorio samoviy, donde iniciaron la construcción de un templo en honor de Bajaruvchy.

Durante los meses que duró la construcción del templo no se volvió a saber nada de ellos, pero cuando finalzó la misma vovieron a visitar a las tribus; esta vez no fueron solos, les acompañaba una nutrida escolta de guerreros y el mensaje que llevaban era diferente, con tono altanero les comunicaron que Bittaga, Archiprelado de la Iglesia y emperador del Imperio Samoviy conminaba, en nombre de Bajaruvchy, a los primeros entre los hombres de la tribu a acudir al templo de Qal’ashahar antes de que cambiara la fase lunar, a rendirle pleitesía en su nombre y el de su en nombre de su tribu, los que así lo hicieran serían acogidos como hijos de Bajaruvchy, los que no lo hicieran sufrirían su justa ira.

Al principio nadie tomó en serio esta amenaza, pero cuando dos tribus que habían tratado con especial desprecio a los emisarios expulsándolos de sus carros, fueron totalmente masacradas salvándo la vida solo algunas mujeres jóvenes que fueron tomadas como esclavas, el resto de las tribus envió sus emisarios a Qal’ashahar para rendir pleitesía a Bittaga y adorar a Bajaruvchy, cuando volvieron a sus tribus estaban tan aterrados y admirados por los milagros que habían presenciado que a partir de aquel momento, las tribus se entregaron enteramente al culto de Bajaruvchy; comenzó la construcción de templos en todas las ciudades, las normas del nuevo dios se hicieron cada vez más opresivas, pero los acólitos del templo velaban por su cumplimiento y todo el mundo sabía que en la nueva religión, el pecado solo tenía un castigo, la muerte.

–Buenas noches Soliqchi.

El saludo del acólito le sacó de su ensimismamiento por lo que se reprendió por no haber notado que se acercaba a la mesa.

–Buenas para ti también acólito– Respondió haciendo aflorar una media sonrisa a su rostro.

–No os he visto, ni a ti ni a Kulol, en la última reunión del templo.

–Sabes acólito que si no asistimos no fue por falta de ganas, el prelado en persona nos dispensó de hacelo para que acabaramos el encargo que nos había realizado y que hemos entregado esta misma tarde.

–Perdona Soliqchi, no lo recordaba. Por cierto, por los comentarios que he oido el prelado y los sacerdotes están muy contentos con vuestro trabajo, os felicito, a ti y a tu patrón.

–No merecemos ninguna felicitación, somos fieles servidores de Bajaruvchy y los trabajos para sus representantes merecen nuestra máxima atención y entrega.

–No me extraña que los sacerdotes estén tan contentos con vuestra actitud, vuestro nombre está empezando a sonar para tareas más elevadas, seguid así.

Tras estas palabras, el acólito se reunió con sus compañeros y juntos salieron de la posada. Al quedarse solo de nuevo, Soliqchi empezó a pensar si no había llegado el momento de cambiar de aires.

Continuará
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