Los Caballeros de la Iglesia

Capítulo V – Las Tierras Ignotas

(En el Templo)
Tamplo de Bajaruvchy

Tamplo de Bajaruvchy

Cuando los tenues resplandores de la aurora comenzaban a disipar la oscuridad de la noche para dar paso a la mañana de un nuevo día, todos los artesanos elegidos el día anterior por los sacerdotes, se encontraban reunidos a las puertas del templo junto con los trabajadores de sus respectivos talleres, en espera de que estas se abrieran, ya que nadie quería ser el último en llegar, pues temían que los sacerdotes pensaran que acudían con tibieza a su llamada y esto les acarrease funestas consecuencias, tal era el temor que todos sentían hacia ellos.

Tras una corta espera, se abrieron las puertas y unos acólitos los acompañaron al interior del recinto, y los introdujeron en el templo propiamente dicho, donde cada siete días se celebraban las ceremonias de culto y Bajaruvchy le transmitía sus deseos por boca de sus sacerdotes.

El templo estaba formado por tres naves de alto techo abovedado cuyos arcos sustentaban dos hileras de gruesos pilares cuadrados en cuyas caras tenían adosada una columna semicircular con capitel, al fondo y separado del resto de las naves por una balaustrada de piedra que impedía el paso de los fieles, se elevaba un estrado sobre el que descansaba un inmenso trono repujado en oro con abundantes piedras preciosas, el Trono de Bajaruvchy, cuyas dimensiones permitían sentarse en él un hombre del tamaño de cinco bueyes; solo el prelado, representante del dios en el templo, podía sentarse en el trono y cuando lo hacía, sus dimensiones aumentaban hasta ocuparlo en su totalidad, como si el trono estuviera hecho a su medida.

El amplio espacio existente entre la balaustrada y el estrado estaba completamente vacío, salvo por una una mesa, situada a la izquierda del observador, sobre la que se encontraban varias ánforas de plata que contenía el agua sagrada utilizada en las ceremonias de acogida de nuevas tribus en el seno del culto y una pequeña tarima de piedra situada bajo una representación del Ojo de Bajaruvchy labrado en la parte superior de la bóveda. Este ojo, ahora cerrado, se abría durante las ceremonias de culto y un potente rayo de luz emanaba de su pupila, si la ceremonia que se realizaba era la acogida de una nueva tribu, el primer hombre, en representación de toda la tribu, entraba en ese espacio, por una puerta lateral, acompañado por dos sacerdotes que vertían sobre él el agua de una de la ánforas para purificarle y le acompañaban al centro de la tarima donde era iluminado por el Ojo de Bajaruvchy, pasados unos instantes, le tomaban por los brazos, le bajaban de la tarima y salían por la parte opuesta, miestras el sacerdote oficiante proclamaba que la tribu había sido aceptada. Pero si la ceremonia se realizaba con el primer hombre de una tribu que había sido sometida por las armas al negarse a hacerlo voluntariamente, en cuanto el primer hombre se situaba bajo la luz del Ojo de Bajaruvchy, se inflamaba y ardía emitiendo grandes llamaradas; cuando el cuerpo se había consumido completamente, se abría una trampilla oculta en la tarima y sus restos desaparecían a la vez que el oficiante proclamaba que la tribu no había sido aceptada, se procedía entonces al exterminio de la tribu y sus rebaños pasaban a engrosar el rebaño del templo.

En vista de esto, es comprensible el temor que les invadió a todos cuando, al entrar en el templo, vieron al prelado Rahmsiz, sentado en el trono. Guiados por los acólitos, se apiñaron junto a la balaustrada y sintieron la escrutadora mirada de Rahmsiz sobre ellos, entrando en sus cabezas y dejando al descubierto sus más profundos pensamientos. Pasado un tiempo que les resultó eterno, el prelado sonrió y les dijo:

–Me alegra comprobar que todos habeis respondido con premura a la llamada de Bajaruvchy, no esperaba menos de vosotros.

Estas palabras, pronunciadas en tono severo, calmaron levemente su inquietud y más tranquilos, continuaron escuchando el mensaje del prelado, que continuó diciéndo:

–Ya no volveré a dirigirme a vosotros, salvo el las ceremonias del culto, pues todo lo que debais saber concerniente a vuestro trabajo, os lo comunicaran los sacerdotes responsables del mismo. Si ahora estoy aquí es para comunicaros algo que nadie, salvo yo, puedo deciros.

Tras escuchar esto, fue tal la curiosidad que sintieron que creyeron notar como les crecían las orejas, para no perderse ninguna de sus palabras.

–A partir de ahora sois servidores del templo, no acólitos cuyos deberes son otros, servidores y como tales servidores solo debereís obediencia a mi mismo y al sacerdote responsable del cumpliento de vuestros objetivos, así como al maestro y oficiales de vuestro oficio según vuestra categoría en él; solo de ellos podéis recibir ordenes en lo referenta a vuestro trabajo, de nadie más, sea o no sea sacerdote y aunque debeís respeto y obediencia a todos los sacerdotes, estos se limitan a las cuestiones de fe, en las cuestiones relacionadas con vuestro trabajo, repito, solo debéis obediencia al responsable que teníes designado y solo a él acudiréis para comunicarle los progresos, inconvenientes y necesidades del mismo. Cuando lleguéis a vuestros talleres, el sacerdote que os tiene a su cargo, os entregará los correspondientes distintivos que os señalan como servidores del templo y os indicacará lo que debéis hacer, ahora id a vuestro trabajo.

Tras estas palabras salieron del templo y cada grupo, acompañado por un acólito, se dirigió al taller que le correspondía. Al poco de llegar a la alfarería, un gran taller con inmensos hornos, en el que podían trabajar holgadamente más de ciento cincuenta personas, llegó Murosasiz, el sacerdote bajo cuya autoridad estában, seguido de un nutrido grupo de mujeres; todas ellas tenían en común el hecho de encontrarse al principio de la madurez y el llevar el pelo recogido con un pañuelo color ocre. Con un imperioso gesto de su mano el sacerdote ordenó a las mujeres pasar al taller y dirigiendose a ellos dijo:

–Estas son las mujeres a las que enseñareís, ya están informadas de que os deben total sumisión pues, a partir de este momentos, sois su amos y teneis poder de vida y muerte sobre ellas, aquella que no os complazaca morirá y la que lo haga vivirá.

Hizo una pausa para ver el efecto producido por sus palabras, les colocó una especie de fajines del mismo color ocre que el pañuelo con que se cubrían las mujeres, con bordes del mismo color rojo intenso de su hábito, los sujetó en sus cinturas con un broche igual al usado por los acólitos para sujetar sus capas y continuó:

–Los fajines representan vuestro estatus en el templo y debéis llevarlos siempre puestos; el color representa vuestro oficio y las franjas blancas vuestro rango dentro de él, el tuyo Kulol que como puedes ver no lleva franjas, indica que eres máximo responsable del taller de alfarería, el tuyo Soliqchi, lleva una franja blanca en el centro, te señala como segundo al mando del taller. Vuestra autoridad dentro de este recinto y sobre las mujeres que llevan el pañuelo del color de vuestros fajines es absoluta y solo deberéis rendir cuentas al prelado a través de mi. Ahora os dejo para que comencéis vuestro trabajo. Ya sabéis que dentro de un mes el taller debe estar a pleno rendimiento.

Sin más palabras, Murosasiz nos dejó solos.

Continuará

 

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