Los Caballeros de la Iglesia

Capítulo V – Las Tierras Ignotas

(Incorporación al ejército)

r3dilt3vxco4cpr4isklsqxbEn cuanto Murosasiz les dejó solos Kulol y Soliqchi dividieron a las mujeres en grupos de veinte atendiendo a su constitución física y comenzaron a enseñarles las tereas que debía realizar cada grupo para que la alfarería funcionara correctamente; durante unos días observaron como realizaban los trabajos que les habían sido asignados y eligieron en cada uno de los grupos, a la mujer que con más habilidad y entendimiento relizaba el trabajo encomendado al grupo a la que nombraron jefa de grupo entregándele un fajín blanco y responsabilizándola del trabajo de sus compañeras.

Los tres primeros días las mujeres trabajaban con cierta desgana y apatía; no es que se negaran a trabajar ni que se quejasen del trabajo, pero se notaba claramente que no se entregaban totalmente al mismo, realizándolo con lentitud y desgana, obligando a los artesanos a azuzarlas continuamente.

Esta situación se arregló la mañana del cuarto día; los sacerdotes obligaron a todos a acudir al patio principal del templo y reunidos por talleres, los acólitos formaron con ellos un semicírculo en torno al centro del patio que quedó libre, a la cabeza de cada grupo se encontraban los artesanos y el sacerdote responsables de cada taller, frente a ellos y perfectamente visible por todos, había un pequeño estrado en el que se encontraba el viceprelado del templo.

En medio de un espectante silencio, el viceprelado hizo un gesto con la mano y los sacerdotes responsables de los talleres, comenzaron a examinar atentamente a los miembros de su grupo; en unos breves instantes, cada sacerdote había tomado por el brazo a una mujer llevándola al centro del patio, cuando todas estuvieron reunidas, el viceprelado realizo otro gesto y entraron el el patio varios bueyes conducidos por acólitos, quienes sin pronunciar palabra, ataron cada extremidad de las elegidas a un buey y a otra señal del viceprelado, azuzaron los bueyes en direcciones opuestas.

Aterrado y con el estómago revuelto por el cruel espectáculo que se desarrollaba ante sus ojos, en medio de un sepulcral silencio en el que los angustiosos aullidos de las víctimas atronaban sus oidos, Soliqchi presenció como las mujeres eran descuartizadas.

Cuando el cruel espectáculo llegó a su fin; cosa que llevó bastante tiempo ya que el cuerpo humano opone una tenaz resistencia a ser desmembrado, el suelo del patio estaba cubierto de sangre y restos humanos desgarrados, entre los que destacaban los rictus de horror y sufrimiento de las caras de las condenadas, cuyas cabezas permenecían unidas al tronco, sumado al acre olor de los vómitos de los asistentes. Sin inmutarse por ello, el viceprelado se dirigió a los presentes:

–Bajaruvchy no admite que le sirvan con tibieza y es un dios impaciente. Este espectáculo se repetirá tantas veces como sea necesario, aunque confío en que esta sea la primera y última vez que ocurra. Ahora limpiad el patio y volved a vuestros trabajos– Dicho esto abandonó el patio, seguido por sacerdotes y acólitos, dejando sumidos en el terror a los allí presentes.

A partir de este momento los talleres comenzaron a funcionar debidamente y en el mes de plazo otorgado, todos ellos estaban a pleno rendimiento. Kulol y Soliqchi tuvieron la fortuna de ser los primeros en conseguirlo, lo que les supuso una felicitación de los sacerdotes y una notable cuota de prestigio y libertad de actuación.

A mediados del segundo mes, los grandes almacenes, construidos para guardar la producción, comenzaron a llenarse con los productos salidos de los talleres, productos todos de excelente calidad pues, sin que nadie se lo propusiera, se había establecido una pugna entre los diversos artesanos para conseguir la mejor calidad en los productos manufacturados por sus talleres. Al mismo tiempo, a las afueras del templo y apartada de la ciudad, se levantaba una ciudad de tiendas cuyo tamaño aumentaba día a día, para albergar los numerosos grupos de hombres que en una continua riada, llegaban para engrosar las filas del ejército.

Una mañana, hacia mediados del segundo mes, Soliqchi fue convocado por el viceprelado; cuando llegaba a las puertas de su cámara vió salir a Kulol con rostro entristecido y preguntandose que error habría cometido, sintió que le invadía el temor. En cuantro entró en la cámara el viceprelado le dijo:

–Soliqchi, acabo de felicitar a Kulol por la buena marcha del taller de alfarería y le he comunicado que en vista de su buen funcionamiento, durante un tiempo indeterminado deberá prescindir de tus servicios ya que te necesitamos para otra tarea.

Un sudor frio comenzó a correr por la espalda de Soliqchi y pensó si, debido una jugarreta del destino, los sacerdotes sabían quien era y el temor que sentía creció de forma exponencial. Ajeno a estos pensamientos el viceprelado prosigió.

–Sabemos perfectamente que no eres samoviy, aunque lo disimulas muy bien y solo un ojo experto, como el nuestro, se daría cuenta de ello.

Estas palabras le helaron la sangre y pensó que eran el prólogo de su sentencia de muerte. Ajeno a estos pensamientos el viceprelado continuó diciendo:

–Sabemos que procedes de uno de los clanes que habitan en los montes de la cordillera que se halla al Oeste del territorio samoviy y que tuviste que abandonar tu clan y esconderte en Qishloq, a causa de las desavenencias que tuviste con el jefe, al que acabaste dando muerte. Bien, eso no nos importa, has demostrado ser un leal servidor de Bajaruvchy y él es el dios de todos los pueblos. Si te he convocado es debido a que necesitamos tus servicios de una forma diferente a como los has venido prestando hasta ahora.

–Mi mayor afán es servir fielmente a Bajaruvchy y a sus sacerdotes en todo aquello que requieran de mi– Respondió prestamente Soliqchi, en tanto que un suspiro de alivio escapaba de su labios.

–Y así lo has demostrado– Dijo el viceprelado –Por ello y debido a tu conocimiento de las montañas, te hemos asignado como explorador a un destacamento del ejército cuya misión es encontrar un paso entre las montañas que nos permita la invasión de los territorios que hay tras de ellas, por estos territorios corren ríos de leche y miel y están habitados por infieles adoradores de un falso dios, dedicados al lujo y a la molicie.Dependerás únicamente del caporal del destacamento y tu misión consistirá en guiarlos hasta encontrar ese paso, ahora un acólito te acompañara hasta donde se encuentra acampado el destacamento, ellos te proveerán de todo lo necesario para el cumplimiento de tu misión.

Sin decir más, el viceprelado se enfrascó en la lectura de los documentos que tenía sobre la mesa y Soliqchi, acompañado por un acólito, salió de la cámara en dirección al lugar en que acampaba el destacamento al que acababa de ser destinado.

Continuará
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