Los caballeros de la Iglesia

Capítulo VII

 

(Qal’ashahar)

 

Estandarte imperial samoviy

Forsker se despertó temprano, antes de que los primeros rayos del sol de la mañana incidieran en la ventana de su cuarto. Dos cosas había aprendido en sus años de espía. La primera que en la mayoría de las ocasiones, era el detalle más nimio, el que se pasaba por alto debido a su intrascendencia era, generalmente, la pieza clave que completaba el conjunto de informaciones conseguidas y les daba sentido. La segunda, el hacho de que cuanto más se aproximara la tapadera a la personalidad e inclinaciones naturales del espía, más fácil era mantenerla.

Siguiendo una rutina que ya formaba parte de su personalidad, se enjuagó la cara, en una desportillada jofaina situada en una esquina del mísero cuarto, para despejar los últimos rastros de sueño y abriendo los postigos de la ventana, contempló la ciudad, estudiando el dédalo de calles y callejones, prácticamente vacíos a tan temprana hora que como una tela de araña, partían del ominoso templo que se alzaba en el centro de la misma; estudió los posibles accesos y vías de escape para el hipotético caso de ser descubierto; una vez memorizados, se sentó en el borde de la cama y comenzó a repasar los acontecimientos del día anterior.

No había nada destacable en los sucesos de ese primer día; en el recorrido rutinario que hizo por la ciudad hasta encontrar una posada que se avienera a las necesidades de su misión, había podido comprobar que Qal’ashahar estaba construida en torno al templo que era a su vez, el palacio imperial, en torno al cual giraban toda la actividad de la ciudad. Las conversaciones giraban en torno a invasión de los reinos tras las montañas, no existía un nombre concreto para los reinos de la Confederación Erkendia, y se referían a ellos con diversos eufemismos, en la que todos confiaban para aumentar sus riquezas y no había escuchado ni una palabra que pudiera hacer presuponer la existencia de una resistencia organizada a los sacerdotes, muy al contrario el fanatismo religioso era patente. La única discrepancia que había notado hacia las doctrinas oficiales, era la conversación escuchada a los soldados sentados durante la cena; al principio no la consideró importante, pero decidió pasar el informe, más que nada, para comprobar si el código funcionaba y para su alivio, funcionaba, tanto que recibió instrucciones de confirmar por si mismo si había movimiento de tropas hacia el sur.

A tenor de las nuevas instrucciones, cambió de planes y decidió que tras escuchar el mensaje del emperador, se daría una vuelta por los cuarteles para comprobar el movimiento de tropas con la excusa, en caso de ser sorprendido, de que iba para alistarse en el ejército. Con el plan de los que debía hacer durante el día, bajó a desayunar, hecho esto y aunque aun era temprano, se encaminó en dirección al palacio para poder estar en las primeras filas y observar al emperador de los samoviys y archiprelado de Bajaruvchy.

Cuando llegó a la explanada, no podía llamarse plaza a aquel descampado arenoso, se felicitó por la decisión tomada de llegar temprano para lograr un buen sitio ya que, aunque todavía faltaba más de una hora para la comparecencia del emperador, había ya tres o cuatro filas de personas esperando su aparición y no dejaban de llegar más en un continuo goteo. Tras una aburrida espera, cuando la explanada de hallaba rebosante de gente apareció el emperador, precedido por un destacamento de guardias ataviados con armaduras doradas con sobrevestes de color rojo sangre con el Ojo de Bajaruvchy sobre una corona de oro y acompañado por un séquito de altos dignatarios de la iglesia. Bittaga era un hombre estatura media y constitución robusta, el pelo hirsuto y gris ceñido con una cinta de oro con el Ojo de Bajaruvchy, enmarcaba un rostro curtido cubierto de arrugas en el que se notaban las huellas de una vida dura y azarosa. Iba ataviado con un hábito blanco, sin adornos, ceñido a la cintura por un ancho cinturón dorado y cubierto por una capa de color púrpura.

El emperador levantó los brazos reclamando silencio, un gesto innecesario ya que en la explanada no se escuchaba ni el vuelo de una mosca y se dirigió a los asistentes con voz vibrante para decirles que el tiempo de espera estaba llegando a su fin. Bajaruvchy se había manifestado para comunicarle que en breve, proporcionaría a su pueblo la señal para comenzar la invasión.

Al ver al emperador y escuchar su voz, el asombro paralizó a Forsker y durante unos instantes una imagen invadió su mente derribando todas sus defensas. Con aterradora intensidad se vio a si mismo, hacía ya varios años, clavando una espada en el pecho de aquel hombre. Con un tremendo esfuerzo de voluntad, se repuso del shock y mezclándose entre la gente que vitoreaba jubilosa al emperador, se retiró lentamente. Cuando alcanzó la callejuela más próxima y dejó atrás a la enfervorizada turba, se encaminó rápidamente a la posada, obligándose a mantener un paso que no llamara la atención, mientras trataba de recomponer sus pensamientos.

Al llegar y con el fin de no llamar la atención, encargó una frugal comida que consumió con presteza y subió a su habitación con la intención de recoger sus cosas y tras informar de su reciente descubrimiento, abandonar la posada dando la excusa al posadero de que iba a enrolarse en el ejército y buscar un buen lugar de observación para confirmar los movimientos de tropas hacia el paso del sur pero, apenas había comenzado a prepara sus escasas  pertenencias y a componer el mensaje, la puerta se abrió violentamente apareciendo en el umbral un sacerdote flanqueado por cuatro guardias ataviados con sobrevestes rojo y armados con ballestas, quien mirándole fijamente dijo:

Traemos un mensaje del emperador para ti ForskerAl verse así interpelado,  intento decir algo, pero el sacerdote hizo un gesto de negación y continuó:

No te molestes en negarlo, tus emociones te han traicionado, las has gritado tan fuerte que a nuestros magos censores les ha resultado muy fácil localizarte.

Con gesto sonriente, al ver la sorpresa que sus palabras causaban en Forsker, el sacerdote continuó.

Sí, el emperador también se acuerda de ti y de la deuda que tiene contigo, por lo que me ha encargado venir a saldarla con su correspondientes intereses.

No bien el sacerdote terminó de pronunciar estas palabras, los guardias dispararon su ballestas alcanzando a Forsker en el pecho.

Mientras el janike caía muerto al polvoriento suelo, su mente gritó de frustración, al pasar ante sus ojos, con una intensidad y claridad inusitadas, los últimos acontecimientos vividos aquel día y de los que no había podido informar a sus hermanos.

 

(Continua)

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