Los caballeros de la Iglesia

Capítulo VIII

(Dönhar)

 

Asomada a la ventana de la alcoba, Kerena contemplaba el paisaje que se extendía a sus pies; el invierno llegaba a su fin y solo los picos más altos de los Montes Sawkäria conservaban un blanco manto de nieve que pronto desaparecería con el deshielo primaveral en forma de violentos e irregulares torrentes, cuyas aguas regarían los profundos valles dando vida a los extensos viñedos plantados en ellos y cuyas uvas, vendimiadas después de las primeras heladas, producían el icewine o vino de hielo, base de la fortuna de su esposo el conde Värdelos.

Karena estaba feliz; tras varios años de embarazos malogrados antes de dar a luz, gracias a los cuidados de Smilla, en pocos días iba a dar un hijo a su marido cumpliendo así la mayor ilusión del matrimonio, tener un heredero que perpetuara su linaje, un tanto desprestigiado desde que su hermano menor Medvetslös se unió a la rebelión del príncipe Ambitiös contra su padre el rey Försiktig. En la batalla que acabó con la la desaparición de Ambitiös arrastrado por su caballo tras ser herido de muerte por un soldado anónimo, Medvetslös fue hecho prisionero y condenado a muerte por traición. Este hecho afectó profundamente a Värdelos que estaba muy unido a su hermano y le hizo retirarse de la corte a sus posesiones en los Sawkäria, dedicándose desde entonces al comercio de los vinos que sus viñas producían, apartado totalmente de la vida cortesana. La llegada de este hijo llenaría el hueco que Medvetslös había dejado en el corazón de su esposo, pensaba Karena.

Como si este pensamiento fuera la señal que esperaba el destino, Karena sintió un fuerte dolor en el vientre y presa del miedo por sus anteriores experiencias, ordenó a una de sus doncellas que corriera en busca de Smilla mientras se dejaba caer en un asiento próximo a la ventana desde la que miraba el paisaje. Al poco tiempo entraba Smilla en la alcoba, seguida de un preocupado conde.

¿Que le ocurre a mi esposa Smilla? Preguntó Värdelos.

Lo que todos estábamos esperando mi señor que está a punto de daros un heredero— Dijo mientras empujaba con delicadeza al conde fuera de la habitación.

Esperad fuera mientras las mujeres nos encargamos de traer al mundo a vuestro hijo— Y cerrando la puerta en las narices del sorprendido conde, comenzó a dar órdenes a las sonrientes damas para atender el parto.

Tras un tiempo que al impaciente padre se le antojó eterno, un potente llanto atravesó las cerradas puertas por las que, al poco rato, apareció la sonriente Smilla que se dirigió al conde diciendole:

Pasad a conocer a vuestro heredero mi señor, es un niño sano y fuerte.

A los pocos días el conde, en cuyo rostro se reflejaban los efectos de las celebraciones que el acontecimiento había provocado, se reunió en el despacho con los amigos más allegados que se habían acercado al castillo para felicitarle por su reciente paternidad. Mientras tanto Smilla se encontraba en la alcoba charlando con Karena mientras el bebé dormía plácidamente.

¿Habéis pensado ya el nombre que le vais a poner mi señora?— Preguntó Smilla.

No lo hemos pensado aun, pero creo que a mi esposo le gustaría que se llemara Medvetslös, como su difunto hermano, aunque por las causas que le condujeron a ella, quizás prefiera que lleve el nombre de su abuelo— Repondió Karena.

En ese momento en niño se removió inquieto en la cuna, clara indicación de que en breves instantes se despertaría solicitando su comida y Karena pidió a Smilla que avivara el fuego de la gran chimenea situada en una de las paredes de la estancia, pues en el transcuso de la conversación había quedado había quedado reducido a algunas brasas. Cuando Smilla se acercó al hogar para avivar el fuego llegaró a sus oidos el sonido de la voz del conde; sorprendida volvió la cabeza, pero en la habitación solo se encontraban Kerena y el bebé, por lo que se reclinó, de nuevo, sobre el hogar y volvió a escuchar una voz, esta vez desconocida, entonces cayó en la cuenta de que las voces provenían del despacho del conde, situado en la planta superior del castillo, justamente encima de la alcoba de Karena. Averigüado el misterio de la voces, avivó el fuego y pidió permiso para abandonar la estancia mientras Keran amamantaba al bebé.

Cuando salió de la estancia se encaminó al piso superior y llamó suvemente a la puerta del despacho del conde; a los pocos momentos el conde en persona abrió la puerta y al ver a Smilla una franca sonrisa iluminó su rostro.

¡Ah eres tú Smilla! Pasa, pasa ¿Como están mi esposa y mi hijo?

Bien mi señor, tal y como cabía esperar, los momentos de peligro ya han pasado y a partir de ahora las cosas seguirán su curso normal— Respondió Smilla y prosiguió:

Os pido perdón mi señor, no sabía que estabais reunido, os veré cuando acabéis.

Ni mucho menos Smilla, la casa Värdelos os debe mucho y sus puertas siempre estarán abiertas para vos. Esta es una reunión de viejos amigos que recuerdan pasadas aventuras. Asíque decidme ¿Que puedo hacer por vos?

Venía a pediros permiso para abandonar el castillo y reincorporarme a mis tareas en Kommerbyen; mi presencia aquí ya no es necesaria y allí hay gente que me necesita.

Tenéis razón Smilla, bastante hemos abusado ya de vuestros servicios. No os preocupéis, mañana a primera hora uno de mis hombres os llevará a la ciudad.

Así pues, a la mañana siguiente, tras despedirse del conde y su esposa quienes, aparte de pagarle con largueza sus servicios, le hicieron valiosos regalos, un hombre de la casa la llevó a su hogar en una pequeña carretela. Una vez allí y tras dejar su ligero equipaje y los regalos recibidos de los condes, se encaminó, sin pérdida de tiempo, al cenobio que los clariones tenían en la ciudad.

Una vez allí y tras hacer una imperceptible seña al hermano portero, se encaminó al templo donde permaneció largo tiempo meditando. Cuando abandonó el recinto dedicado a Jötnar y antes de que saliera del cenobio, se le acercó uno de los hermanos y le preguntó si podía ver al prior que desde hacía unos días se encontraba con dolores de estómago, cosa a la que accedió sin vacilar.

Una vez en la celda del prior, este se levantó y sin ningún preámbulo le preguntó:

¿Queríais verme hermana?

Como la mayoría de las mujeres dedicadas a la medicina y farmacia, Smilla pertenecía a la orden secreta de las Hermanas Lhäkninj cuyos miembros, extendidos a lo largo y ancho de la Confederación Erkendia, gozaban del respeto y la confianza de todos.

Sí prior; como bien sabéis, todos los miembros de la iglesia hemos recibido instrucciones de estar atentos y comunicar al Consejo Skulek, cualquier hecho fuera de lo normal.

Ante estas palabras, el prior dijo en tono preocupado:

Decidme hermana ¿Que habéis observado?

Entonces Smilla relató al prior las circunstancias en las que había escuchado la conversación mantenida por el conde Värdelos con varios nobles amigos suyos, en la que se comentaba que la salud del rey Försiktig estaba empeorando a pasos agigantados y que en breve plazo se produciría el fallecimiento. Algo que debía comunicarse inmediatemante a su común amigo para que estuviera preparado, a lo que el conde respondió que estaba de acuerdo, pero que el nacimiento de su hijo le impedía partir en ese momento sin levantar rumores, por lo que tenían que encontrar la forma de que el mensaje lo entregara uno de ellos. Desgraciadamente no pudo escuchar más sin correr el riesgo de salir ardiendo.

Tras releer las notas tomadas mientras hablaba Smilla, su memoria no era la de antes, dijo:

Muchas gracias por tu diligencia hermana, esta información estará hoy mismo en poder del Consejo Skulek y ahora, una vez hablado de lo importante ¿Podéis darme algo que mitigue estos dolores de estómago que me están matando Smilla?

(Continua)

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