Los caballeros de la Iglesia – capítulo IX (4)

Un paseo por los jardines del convento

 

Acabada la cena Jannirèll decidio dar un paseo por los jardines para despejar su mente, hacía tiempo que no salía del scriptorium si no era para acudir a las reuniones del Donark, incluso la mayoría de los días comía y dormía, vencido por el agotamiento, sin abandonar su mesa y solo cuando Vegard, al encontrarle trabajando a la tenue luz de las velas con los ojos hinchados por la contínua lectura de informes y vencido por el agotamiento, le arrastraba al refectorio antes de llevarlo a su celda, descansaba realmente.

Ya en el jardín, dejó vagar libremente sus pensamientos, miró al cielo tachonado de estrellas, en el que una esplendorosa luna llena iluminaba con su pálida luz los ordenados parterres y notó el frío de los últimos días del invierno. Pronto llegaría la primavera y con ella las lluvias que derretirían las últimas nieves haciendo intransitables los caminos. Respiró profundamente y observó como un espeso vaho salía de su boca como si fuera el humo de un dragón. Este pensamiento le retrotrajo a su infancia en la hacienda de sus padres, a los tiempos en que Brinja le contaba historias de magos, dragones y damiselas en apuros, tiempos felices en los que soñaba en convertirse en caballero y cuya única preocupación consistía en eludir los trabajos que me encomendaban mis padres sin ganarme un castigo por ello.

Bendita inocencia la de aquellos años pensó Jannirèll, cayendo en cuenta de que los años pasados en el cenobio de Zaromba y en el convento del valle de Dold le habían cambiado profundamente, transformándole de un crío egoista y soñador preocupado solo de satisfacer sus caprichos en un hombre reflexivo, perfectamente integrado en la Iglesia y muy consciente de sus responsabilides para con los demás que trabajaba, dando lo mejor de si mismo, junto con sus hermanos para evitar el desastre que se les venía encima. Si ahora le vieran sus padres estaría orgullosos de él pensó.

El recuerdo de su familia, le hizo caer en la cuenta de que no sabía nada de ellos desde el día en que su padre Jannik le dejó a las puertas del cenobio y le invadió un sentimiento de nostalgia y culpabilidad al comprobar que desde entonces, apenas había pensado en ellos. ¿Como se encontraban? ¿Que sentirían al no haber tenido noticias suyas desde entonces? ¿Pensarían que había muerto? Un intenso deseo de verlos se apoderó de él y anuque no era el momento más oportuno, decidió consultarlo con Erlhènj en la primera oportunidad que se presentase para reparar esa situación.

Durante un rato Jannirèll continuó su peseo por los jardines, disfrutando de la nostalgia producida por sus recuerdos y ya más despejado, se encaminó a su celda y se sumió en un profundo y reparador sueño.

A la mañana siguiente y tras un copioso desayuno que realmente necesitaba, se dirigió a la reunión del Donark que preveía larga e intensa, acompañado por Vegard y Leserènj. La reunión comenzo con la presentación de los informes solicitados por el Gran Maestre en la sesión anterior. Los primeros en presentar su informe fueron BhØrsemaker, que como Maestre de los Haddar informó que contaban con una fuerza de quince mil caballeros de los cuales, dos mil se habían enviado al convento de Förlust, el más cercano al paso del sur de la cordillera Bealjehkh y ocho mil habían sido convocados al valle para comenzar su instrucción como unidades compactas, por lo que quedaban cinco mil caballeros repartidos por los reinos de la Confederación prestos a acudir allá donde fueran necesarios. Bhörje, Maestre de los Leverantörer, dijo no haber problema para mantener provistas de los avituallamientos necesarios a las tropas.

A continuación Jannirèll expuso las conclusiones resumidas en el informe que había preparado Leserènj sobre el que fueron ampliamente interrogados por el Donark para sopesar la validez de sus conclusiones, preguntas a las que en su mayoría, respondieron Vegard y Leserènj, con una breve intervención de Jannirèll sobre las conclusiones finales.

El último en intervenir fué TrØllkarl, quién informó del resultado de sus investigaciones en la biblioteca que había rendido sus frutos. En uno de los libros menos utilizados, habían encontrado unas vagas referencias a unos tratados de magia que contenían informaciones muy peligrosas y perdidos hacía cientos de años; siguiendo esta pista sin muchas esperanzas, encontraron referencias a ellos en otros libros hasta que por fin, guardada en uno de los estantes más profundos detras de una fila de libros, encontraron una caja que por las telarañas y polvo acumulados no se había abierto en cientos de años. En su interior encontraron un pequeño códice en el que se indicaba el paradero de cincuenta volúmenes de magia que por su peligroso contenido, sobre todo si caían en las manos inapropiadas, la Iglesia había decidido esconder en lugar seguro y que era imprescindible recuperar. Preguntado por su ubicación, respondió que se encontraban donde menos cabía buscarlos ya que era el lugar más notorio de la Iglesia, en el Palacio del Patriarca en Hämnstaj, en una biblioteca subterranea cuya entrada había sido tapiada y cuya ubicación solo conocían el Patriarca y el bibliotecario del palacio.

Todos quedaron conmocionados ante las revelaciones de TrØllkarl; muy peligroso debía ser el contenido se esos libros para que sus antecesores decidieran contravenir la norma básica de la Iglesia de compartir todos los conocimientos entre todos los hermanos por igual, restringiendo a solo dos personas el secreto de su ubicación.

El Gran Maestre Erlènj, viendo el desconcierto causado por las últimas revelaciones y dado que el sol ya había rebasado el medio día, decidió interrumpir la reunión aconsejando a todos que comieran algo y meditaran sobre lo revelado en la mañana, con el fin de que en la reunión de la tarde expusieran sus ideas sobre las acciones a tomar.

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