Los caballeros de la Iglesia – Capítulo X – (El pergamino 2)

Mientras en Hämnstaj, los cinco magos observaban con admiración y sorpresa el bullicio de las calles, que contrastaba en gran medida con la ordenada vida del convento a la que estaban acostumbrados, a mucha distancia de allí, en el paso del sur, el hermano Vhaktpost contemplaba sobrecogido la grandiosidad de las montañas que formaban la cordillera Bealjerhkh mientras se encaminaba a la pequeña aldea situada a escasa distancia de la entrada del paso, si aldea podía llamarse al conjunto de pequeñas granjas familiares cultivadas por mujeres y niños, mientras los hombres cortaban leña en las estribaciones de la cordillera, leña que vendían en la cercana Förlust donde se proveían de los productos manufacturados que no podían producir, tales como telas, aperos de labranza o cacharros de cocina. Sus habitantes, gente sencilla y afable, de pocas necesidades, prefería la libertad que les conferían las montañas a la organizada vida de la ciudad; eran sumamente hospitalarios, de sonrisa fácil y dados a la charla y al buen humor.

El hermano Vhaktpost era joven, muy sensitivo, diestro en el manejo de las armas y uno de los mejores jinetes entre el contingente de hadar que procedentes de Ljuststad, en las llanuras centrales de Ganestria, había sido trasladado al convento de Förlust por el Donark para prevenir un ataque de los samoviy a través del paso, tal y como hacían temer los informes obtenidos por el difunto hermano Forsker. Destinado al escuadrón que camuflado como leñadores vigilaba el paso, iba a cambiar los haces de leña cargados a lomos del burro que llevaba por el ronzal por agua y alimentos, necesarios para proseguir con la vigilancia.

Inesperadamente, el rucio que hasta entonces le había seguido mansamente, se negó a continuar y comenzó a recular, lo que provocó un insperado tirón del ronzal que sacó a Vhaktpost del ensueño en que estaba sumido, tiró con todas sus fuerzas, pero no logró que avanzara, el asno, con las patas firmemente clavadas en tierra, las orejas inhiestas y los ollares dilatados. ¿Que le pasa ahora a este bicho? Se preguntó.

Jannirèll, agotado por el esfuerzo del día dormía inquieto en su celda, una inminente sensación de desastre poblaba sus sueños que poco a poco se fueron convirtiendo en horribles pesadillas de muerte y destrucción hasta llegar al punto en que un fuerte grito desgarró su garganta; asustado por tan terrible alarido, el prior Trader corrió hacia la celda de Janniréll, seguido por varios hermanos que habían salido al pasillo preguntando que ocurría, y abrió con violencia la puerta. Allí encontró a Jannirèll con los ojos desorbitados y una horrible mueca de sufrimiento en el rostro, en estado catatónico; inmediatamente pidió que buscaran a sus compañeros para ver si les había ocurrido algo, temiendo que se tratara de un atentado del enemigo y para su consternación, tras buscarlos en sus celdas, le informaron de que todos se encontraban en el mismo estado.

Por fin el hermano Vhaktpost había conseguido hacer caminar de nuevo al renuente asno y bien entrada la noche vio los fuegos de la aldea; deben estar de fiesta pensó por lo brillantes que eran y esto le alegró el corazón pues sabía que la hospitalidad de aquellas buenas gentes se incrementaba en estas ocasiones, por lo que avivó el paso para llegar cuanto antes y poder disfrutar de la fiesta, por eso no estaba mentalmente preparado para lo que se encontró al llegar. Las lágrimas acudieron a sus ojos y unas violentas nauseas le obligaron a vomitar. Ante sus ojos se mostró una horrible escena de violencia y destrucción; iluminados por el fuego de los incendios de casas y campos, se veían esparcidos por doquier los cadáveres de sus habitantes; hombres, mujeres y niños yacían bárbaramente mutilados en grotescas posturas y un rictus de terror en sus rostros; nada se había salvado, incluso los escasos animales había sido masacrados y abandonados, era una destrucción total y absoluta por el mero placer de destruir. La mente de Vhaktpost era incapaz de asimilar como podía haber ocurrido aquello, e incapaz de aceptar lo que le mostraban sus ojos, perdió el conocimiento y cayó desmayado al suelo.

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4 comentarios

  • Marisa Doménech

    ¡Madre de dios, qué giro más brutal y a la vez magnífico!. Es sorprendente y esto de por sí implica un cambio argumental súbito digno de ser tenido en cuenta para los siguientes capítulos. Me pregunto si la guerra ya ha empezado por parte de los pobladores de las Tierras Inhóspitas. Pronto lo sabremos y ya estoy a la espera. Me tienes en ascuas. Te felicito por las descripciones de la situación, están logradísimas y bien perfiladas. Es,como ya te dije en su momento, una capacidad que muestras sobre todo en momentos trascendentales como éste. Felicitaciones porque estoy a la espera de conocer lo que ha ocurrido en el poblado y a los protagonistas. También te dije que le he cogido un gran cariño a Jannirèll.
    Un abrazo 😉

    • El Arca de Dionisos

      La vida y la historia no se escriben en blanco y negro, sin profundidad, es un conjunto de claroscuros que le dan relieve; las más de las veces vienen determinadas por acontecimientos que escapan al control de la persona y que parecen no tener vinculación alguna con sus futuras actuaciones pero vistas en perspectiva son determinantes para el devenir de los acontecimientos al actuar como catalizadores.
      Muchas gracias por tu instimable apoyo Marisa.
      Un abrazo 🙂

  • Ya me estaba imaginando que algo muy malo había pasado para que Jannirèll y sus compañeros hubieran entrado en semejante estado de catarsis; al fin y al cabo, todo está conectado.
    A ver qué más sorpresas hay para la siguiente entrega 😉

    ¡Un abrazo!

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