Los Caballeros de la Iglesia

Capítulo I – (1)

El Cenobio Clarión

 

 

Había amanecido un soleado día; moviéndose perezosas por el cielo, flotaban blancas nubes que, en otro momento habrían excitado su imaginación de niño para buscarles algún parecido a los seres fantásticos que habitaban su mente, pero no ese día, ese día era especia para Jannirèll, ese día era el día de su partida hacia el cenobio de los Clariones; ese día era el día en que por primera vez en su vida, iba a dejar el solar paterno, la casa que le había visto nacer y en la que había pasado los primeros ocho años de su vida, para ver mundo y convivir con gente de su edad. Sus padres, Jannik y Norèll habían decidido, por diferentes motivos entre los que no eran los menos importantes su carácter fantasioso, su poca voluntad y escaso gusto por las labores del campo, cosas todas ellas en absoluto convenientes para el hijo mayor de un hacendado de la región de central de Ganestria, el granero del reino; enviarle al cenobio clarión para que le dieran una formación más acorde con su carácter y gustos, con el fin de pudiera ganarse honradamente la vida ya que no pensaban dejarle a cargo de la hacienda, como correspondería a su primogenitura, y su intención era cederla a aquel de sus hermanos que más lo mereciese.

La verdad sea dicha aquello no le importaba lo más mínimo, ya que odiaba todo lo que tuviera que ver con las faenas de la hacienda, desde ordeñar las vacas, a recolectar el trigo que enviaban en enormes carros tirados por bueyes a Vilenia, la capital del reino; ingresar en el cenobio le permitía abandonar aquella tediosa vida y empezar a correr mundo, por lo que le carcomía la impaciencia por comenzar el viaje para el que la noche anterior, había preparado un hatillo con dos calzas, tres camisas blancas y un jubón de paño. Esa mañana se había levantado con las primeras luces del día y tras asearse en el pozo e ingerir un trozo de queso acompañado de un chusco de pan y un vaso de cremosa leche recién ordeñada; esperaba impaciente, sentado en un poyete junto a la puerta, a que saliera su padre Jannik para iniciar el viaje. Por fin salieron sus padres y tras despedirse de su madre, quien le besó en la frente con ojos brillantes por la lágrimas, padre e hijo se subieron al faetón que habitualmente se utilizaba para llevarles a la cercana aldea de Fatrecio los días de fiesta, partieron hacia el cenobio que se encontraba en las proximidades de la ciudad de Zaromba, distante unas cien leguas de la aldea.

El viaje no cumplió las expectativas de Jannirèll, por el contrario le resultó monótono y aburrido ya que en contra de lo que se había imaginado, durante los veinte días que duró, únicamente pudo contemplar extensos campos de trigo que se perdían en el horizonte interrumpidos, de trecho en trecho, por haciendas similares a la suya o pequeñas aldeas en las que pernoctaban si convenía a su plan de viaje, cosa poco frecuente ya que la mayoría de las noches lo hicieron al raso. Por fin, en la madrugada de vigésimo día, avistaron las murallas de Zaromba, pero poco antes de llegar, se desviaron por un camino lateral medio escondido entre matojos que se apartaba del camino principal de entrada a la ciudad y que terminaba en la puerta del cenobio, finalmente habían llegado a su destino. Ante sus ojos apareció un muro de piedra de la altura aproximada de tres hombres, en cuyo centro se hallaba la entrada, dos columnas rematadas por sencillos capiteles que sostenían un arco en el que aparecían tallados bellos caracteres, todo ello enmarcando una puerta de gruesos tablones de roble remachados con brillantes clavos de bronce de gruesas cabezas redondas.

Su padre bajó del carro y se acercó a la puerta, pero cuando alargó la mano para coger el aldabón dispuesto a llamar, ésta se abrió silenciosamente apareciendo la figura de un hombre de complexión robusta y edad indefinida, vestido con un tosco sayal de color gris, ceñido a la cintura por una grueso cordón de color blanco extrañamente anudado. Su plácido semblante, tostado por el sol, estaba enmarcado por una cabellera entrecana que le llegaba a los hombros y partido por una agradable sonrisa; tras intercambiar unas breves palabras con el desconocido, su padre le hizo señas para que cogiera su hatillo y se acercara, cuando Jannirèll estuvo a su altura, le tomo por los antebrazos y apretando con su fuertes manos, curtidas por el trabajo le dijo –Jannirèll, hijo mío, esta es la última vez que nos veremos en mucho tiempo, aprovéchalo para labrarte un buen futuro– Y dando media vuelta se marchó. De esta forma, con el corazón henchido de alegría por las ilusiones y expectativas que le colmaban, Jannirèll hizo su entrada por primera vez en el cenobio, acompañado por el que más tarde se enteraría, era el rector.

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