Los caballeros de la Iglesia

Capítulo I – (2)

 

Adaptación al Cenobio

 

 

Cuatro largos años duró su estancia con los clariones, tiempo más que suficiente para que se desvanecieran todas las esperanzas e ilusiones con las que había entrado en el cenobio. Tras los primeros días; en los que el adaptarse a un régimen de vida completamente diferente al que había llevado hasta entonces, comenzó a echar de menos a su familia, sobre todo a su madre y le invadió un sentimiento de desazón y nostalgia que le impelía a apartarse de los demás estudiantes para verter amargas lágrimas de añoranza en cualquier discreto rincón; cuando esto ocurría, siempre había un compañero que tras dejar que en desahogara, venía a avisarle de que había sonado uno de los toques de campana que regulaban las actividades de su día y a decirle que no se sintiera avergonzado, el trance por el que estaba pasando, le decía, lo había pasado todo el mundo, hasta el más duro de los que allí estaban, y era algo que el tiempo curaba, y aunque no era precisamente vergüenza lo que sentía en aquellos momentos, si no una sensación de desolación provocada por la nostalgia, agradecía sinceramente aquellas muestras de consuelo.

A esto hay que añadir un hecho al que no estaba acostumbrado y que no podía haber imaginado ni en sus peores pesadillas; la lucha por la posición a ocupar dentro del grupo. Viniendo de una familia con escasas relaciones con el mundo exterior, su posición dentro de ella estaba muy clara, sabía perfectamente quienes estaban por encima de él y quienes por debajo, amén de quienes eran sus iguales. No tardó mucho en descubrir que dentro del grupo de estudiantes en el que las relaciones de compañerismo y amistad se establecían habitualmente con gente de la misma edad, o de edades similares, existían los cabecillas, es decir, alumnos cuyos deseos, ideas o caprichos seguía el resto ciegamente y sin cuestionarlos. Estos cabecillas no eran, por regla general, ni los más listos ni los más fuertes, pero debido a una especial habilidad se habían ganado el respeto y la obediencia de los demás. Rebelde por naturaleza, Janniréll pronto descubrió lo contraproducente que resultaba para su bienestar físico y para su relación con los preceptores, oponerse frontalmente a sus deseos, ya que jugaba en su contra el hecho de haber ingresado con ocho años, cuando la edad de ingreso habitual eran los seis años, es decir todos tenían dos años más de experiencia en aquel mundo completamente nuevo para él; como tampoco sabía que recurrir a los preceptores en caso de conflicto con uno de los alumnos, acostumbrado como estaba en casa a recurrir a su madre para dirimir las disputas con sus hermanos, era el peor delito que podía cometer a ojos de sus compañeros, quienes tildaban de chivato y condenaban al ostracismo a quien lo hacía, convirtiendo en una especie de apestado.

Por ello en el trascurso de los tres primeros meses de estancia en el cenobio, cometió todos los errores y estupideces que se pueden cometer y algunas más. Nunca olvidaría la primera vez que harto de aguantar los abusos de un compañero, mayor y más fuerte que él, recurrió a uno de los preceptores ante el que se presentó con un ojo morado, ni las consecuencias que le acarreó el haberlo hecho. El agresor fue severamente castigado, ya que el empleo de la violencia física estaba muy mal visto por los preceptores que intervenían con presteza cuando se producía una pelea, castigando a todos los participantes en ella; pero su sorpresa no tuvo límites, cuando, después de aplicar el castigo al agresor, le llevó aparte y le dijo

—Jannirèll, el agresor ya ha sido castigado, pero tu ojo, a pesar de ello, sigue igual de tumefacto, vete a que el preceptor del herbolario te aplique algún ungüento que baje esa hinchazón y para próximas ocasiones, te aconsejo que resuelvas tú los problemas que tengas con tus compañeros sin acudir, salvo caso de extrema gravedad, a los preceptores que no estamos aquí para eso.

El tono de reprimenda de sus palabras le sorprendió y trató de decir algo, pero el preceptor le interrumpió y dijo —No hay pero que valga y date prisa en acudir a la herboristería que se hace tarde y como no estés a tiempo en el refectorio te perderás la cena. Como consecuencia de esto, no solo se perdió la cena, sino que se ganó el desprecio de sus compañeros y el apodo de “El Chivato”, apodo que le acompañó durante unos meses e hizo que nadie le dirigiese la palabra si no era estrictamente necesario. A partir de entonces se dedicó, en los pocos ratos libre que le dejaban las clases y los diversos trabajos, en el huerto o en las cocinas, a pasear como alma en pena, maquinando mil y una forma de escaparse de allí, o soñando que venía uno de los Caballeros de la Iglesia que poblaban los relatos que le contaba a escondidas Brynja, la cocinera, las tardes que se escondía en la cocina para eludir sus tareas domésticas y que habían inflamado su imaginación, fuera a vengar las injusticias que estaban cometiendo con él.

Como es de suponer, no fue ningún caballero a vengar sus afrentas, por lo que pasado algún tiempo y viendo que su actitud no le llevaba a ninguna parte, a sus compañeros les deba igual como se sentía, pues no formaba parte del grupo y los preceptores le ignoraban, salvo para reprenderle por alguna falta cometida en las tareas que le habían encomendado o para recriminarle el poco interés que ponía en las clases, decidió, casi sin darse cuenta de ello, que más le valía dejar de soñar y aceptar que su mundo había cambiado y que ese cambio iba a ser duradero, por lo que mejor se adaptaba a él y ocupaba el tiempo en cosas productivas, tales como aprovechar las enseñanzas recibidas en las clases, de las que no se podía librar y en tratar de conseguir la aceptación de sus compañeros ya que el aislamiento al que le tenían sometido comenzaba a resultar insoportable. Una vez tomada esa decisión, descubrió con sorpresa que algo bueno había salido de todo aquello; el recuerdo de su familia y la angustia en que le sumó su ausencia habían desaparecido y solo de tarde en tarde se acordaba de ellos y cuando lo hacía era por echar de menos algún plato especialmente apetecible o alguna de las comodidades de las que allí carecía.

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