Los caballeros de la Iglesia

Capitulo I (3)

 

Observaciones realizadas

 

En su búsqueda de aceptación, el niño caprichoso y con la mente llena de fantasía, fue dando, poco a poco, paso al joven observador que con los pies firmemente plantados en el suelo, comenzó a observar y analizar como se desarrollaba la vida en aquella sociedad cerrada, buscando la forma de dar un giro a la situación en que se encontraba.

Para los estudiantes el día comenzaba al alba; cuando los primeros rayos del sol asomaban por el horizonte, les despertaba el sonido de una campana que indicaba el comienzo de la jornada. En silencio y medio dormidos, se levantaban y se encaminaban a los baños donde, hiciera frio o calor, se lanzaban a una gran piscina, en la que el agua se renovaba continuamente entrando por uno de sus extremos y saliendo por el otro, por lo que su temperatura oscilaba siempre entre fría y muy fría, para lavarse. El baño era obligatorio y siempre había un preceptor que animaba a los alumnos renuentes a tomarlo a hacerlo por el expeditivo método de darles un empujón y lanzarlos al agua, donde tenían que frotarse el cuerpo con unas manoplas de cuerda y unos polvos que hacían algo de espuma. Si algún estudiante, considerando que el agua estaba muy fría, trataba de salir sin haberse frotado bien el cuerpo, el preceptor que siempre parecía distraído y sumido en profundos pensamientos, levantaba la cabeza y lanzaba le señalaba con un dedo acusador; era la señal para que los compañeros que tuviera más cerca se lanzaran sobre él y procedieran a frotarle concienzudamente hasta que el preceptor considerara que ya estaba suficientemente limpio.

Una de las primeras cosas que aprend en los baños fue que si quería pasar ese mal rato lo mejor posible, tenía que levantarse unos minutos antes de que sonara la campana para llegar el primero al baño, lanzarse sin pensar al agua, frotarse vigorosamente todo el cuerpo y salir del agua antes de que llegara el resto de sus compañeros, y así evitar ocupar el lugar más próximo al desagüe, por donde salían los restos del baño de los que ocupaban lugares más cercanos a la entrada de agua, que en aprecio por su persona le habían asignado sus compañeros, y evitar además las numerosas aguadillas que le proporcionaban y le hacían tragar grandes cantidades de aquel agua sucia.

A continuación, tras vestirse con los toscos sayales de basto paño gris y talla única que les habían proporcionado a su llegada al cenobio, tras hacerse cargo de las ropas que llevaban al entrar, y que se ceñían a la cintura con una cuerda, se dirigían al templo a meditar durante unos diez minutos. Hay de aclarar que Jötnar, dios adorado en Ganestria y el resto de los países que conforman la Confederación Erkendia, no exigía que se le rindiera culto, siendo su relación con sus creyentes más bien de tipo personal, ocupando su iglesia un lugar más testimonial que efectivo; sus sacerdotes limitaban sus funciones a la de consejeros, más por su sabiduría que por el hecho de ser sacerdotes y a las labores de enseñanza, muy apreciadas ambas, siendo los templos lugares de meditación donde acudían los fieles a meditar sus problemas o en busca de consuelo o consejo para la resolución de los mismos que los sacerdotes proporcionaban, siempre siguiendo esta máxima: “Si la solución del problema está en tus manos, no te preocupes y trabaja en solucionarlo, si no lo está, acéptalo y espera, pero no esperes una intervención divina”, ya que La Iglesia, como Jötnar el dios al que servía, jamas intervenía en asuntos mundanos.

Finalizada la meditación pasaban al refectorio, donde les servían la primera de las tres comidas del día, compuesta de huevos, tocino, habas hervidas en agua y aceite con bastante vinagre y un tazón de leche con miel y partían hacia los campos o el huerto, donde, aparte de labrarlos ya que el cenobio debía ser autosuficiente, recibían las enseñanzas de agricultura y herboristería convenientes a quienes, como ellos, se dedicarían a administrar las haciendas existentes en Ganestria ya que todos los alumnos provenían del mundo rural.

Al medio día, volvían al refectorio donde tomaban un trozo de queso y media hogaza de pan acompañados de abundante agua y seguidamente salían al patio, donde podían disfrutar de una hora de asueto en la que podían dedicarse a lo que más les plugiera y que generalmente se empleaban en practicar un juego de pelota que se practicaba en un terreno dividido en dos espacios diferentes en cuanto a dificultad y dimensiones, separados por una linea trazada con piedras en el suelo. El juego consistía en golpear, con la mano o con un palo, una pelota y enviarla al campo contrario. El equipo que conseguía lanzar la pelota a un punto concreto de ese campo o hacía fallar al adversario ocupaba entonces el terreno de menor dificultad, obteniendo una gran ventaja.

El resto del día, hasta la puesta de sol, momento en que volvían al refectorio para consumir la última comida del día, compuesta por un abundante guiso de legumbres en el que nadaban magros trozos de carne, lo pasábamos en el scriptorium, donde recibían clases de matemáticas, astronomía, geometría, literatura e historia y un día a la semana estudiaban herrería y metalurgia en la fragua, ya que algunos deberían buscar su sustento en las aldeas o ciudades como artesanos.

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