Los caballeros de la Iglesia

Capítulo I – (4)

 

Salida del cenobio

 

Pronto se dio cuenta de dos hechos que posteriormente influirían de forma notable en su vida; el primero era que entre todos los estudiantes, no había ningún hijo de la nobleza, quienes tenían preceptores particulares en los castillos que habitaban, hecho al que no dio mucha importancia ya que no influía directamente en su vida. El segundo, al que si dio importancia y que le sirvió de guía durante su estancia en el cenobio fue que la mejor forma de vivir tranquilo, consistía en el hecho de pasar lo más desapercibido posible, pues no resultaba conveniente destacar en nada, ni por bueno ni por malo; de esta forma se hacía invisible tanto a los preceptores como a sus compañeros y podía llevar una vida relativamente cómoda sin demasiadas interferencias. En los campos trabajaba lo suficiente para que no le reprendieran y prestaba total atención a las enseñanzas y consejos que les daban, generalmente muy interesantes que guardaba celosamente en su cabeza aunque no siempre los ponía en práctica, siguiendo su política de no destacar, cosa que que le costó alguna que otra reprimenda de poca importancia y varias menciones a su innata torpeza. Lo mismo ocurría en las clases vespertinas, en las que pronto se dio cuenta de que le resultada muy fácil aprehender las enseñanzas que les impartían, pero nunca se significaba cuando el preceptor de turno se dirigía a ellos preguntando: —¿Quien de vosotros, cabezas huecas, me podría decir…?— Solo cuando le preguntaba a él específicamente, respondía, titubeante pero correctamente, a la pregunta formulada.

De entre todas la materias que les enseñaban había dos que le interesaban especialmente y a las que prestaba más atención, la historia y la literatura; la historia porque le hizo descubrir que vivía en un mudo mucho más complejo de lo que podía suponer, en el que existían otros países aparte de Ganestria, unos cercanos y otros muy lejanos, con modos de vida y dioses totalmente diferentes de los suyos. Que en diversos periodos de la historia habían ocurrido guerras en las que algún país quería conquistar otros, bien por su riqueza, bien por adorar a distintos dioses; que esporádicamente hubo algún enfrentamiento armado entre alguno de los cinco países, adoradores de Jötnar, que formaban la Confederación de Erkendia a saber, Dönhar, Haddark, Jhönnull, Thörvork y Ganestria y que incluso en su propio país hubo guerras entre los distintos nobles para imponer su dominio sobre los demás. La literatura le interesaba porque las descripciones que hacían los bardos sobre las batallas y los personajes que en ellas intervenían; príncipes, generales, magos y caballeros de la iglesia, junto con bellas y desvalidas doncellas, despertaban su imaginación y le recordaban los cuentos que Brynja, la cocinera, le contaba al amor del fuego y que hasta ese momento, creía inventados por ella.

El último día de la semana, considerado festivo en todos los países de la Confederación de Erkendia, y tras realizar las labores necesarias en los campos que no conocen de festivos, tenían libertad para hacer lo que les apeteciera hasta la hora del almuerzo, tras el cual los preceptores les sacaban del cenobio a dar largos paseos, bien por el campo, bien por la ciudad, en los que se relacionaban con el mundo exterior al que pronto deberían incorporarse. Fue durante uno de esos paseos, cuando descubrió o mejor dicho fue consciente, de la existencia de unos seres maravillosos que cambiaron completamente el objetivo de su vida ¡las mujeres!, ¡por supuesto que antes había conocido de su existencia! Norèll, su madre y la cocinera Brynja eran mujeres lógicamente, así como las criadas y la esposas de los aparceros, pero las consideraba seres incomprensibles dedicados, la mayor parte del tiempo, a fastidiar la vida de los hombres que moraban junto a ellas, ya que carecían del más mínimo sentido de la diversión ni comprendían sus necesidades. Su madre, que no se parecía en nada a las damas de los relatos, era de genio encendido y perfectamente capaz de dirigir la hacienda cuando su padre Janvik se ausentaba por negocios, hasta el punto de que, comerciantes y tratantes de ganado preferían ir a realizar los tratos cuando su padre se hallaba en casa ya que era más fácil negociar con él que con su madre, e incluso los aparceros más rudos y pendencieros se transformaban en tiernos y obedientes corderitos ante una mirada airada de sus respectivas esposas.

Fue en su último año de estancia en el cenobio, cuando en uno de esos paseos por el campo, se encontraron (en aquella época había hecho amistad con algunos de sus compañeros) con un grupo de zagalas, no podían considerarse mujeres pues aún llevaban suelto el pelo y no recogido en trenzas como quienes ya han pasado la pubertad, que cuchicheaban y reían entre ellas señalándoles; Jannirèll iba ensimismado en la charla que mantenían sobre los proyectos que tenían para cuando salieran del cenobio, pero la curiosidad de saber quién reía de esa manera, le hizo dirigir la mirada en su dirección y ese fue el mayor error de todos los que cometió durante aquella época y el causante de sus posteriores desdichas, pues sus ojos tropezaron con un rostro angelical, enmarcado por una brillante cascada de pelo, negro como ala de cuervo, en el que brillaban unos maravillosos ojos del color de la miel y una juguetona sonrisa y sintió una extraña sensación en la boca del estómago que en aquel momento achacó al hambre ya que estaba anocheciendo y volvían al cenobio para la cena, tal era su desconocimiento de aquellos temas. A partir de aquel momento, desapareció todo su interés por las actividades que realizaba, pues no podía quitarse aquel rostro del pensamiento; no dormía pensando en ella y su único afán era volverla a ver, por lo que no paraba de dar vueltas a la cabeza para encontrar la forma de conseguirlo. No le costó encontrar aliados para este propósito, pues todos los que formaban parte del grupo estaban dispuestos a acompañarle ya que tenían los mismos deseos de verlas que él.

Al poco de entrar en el cenobio, el rector le había entregado un grueso libro con las hojas en blanco y reciamente encuadernado,, en el que le dijo podía anotar todo aquello que le ocurriera, pensara o considerase importante de su estancia entre ellos, algo que podría, si lo empleaba bien, servirle en un futuro para recordar o consultar lo allí vivido y aprendido; puntualizó, además, que sería su única posesión totalmente privada ya que nadie, incluido él, podía ver lo escrito sin verse sometido a duros castigos y a la expulsión del cenobio. En el citado libro había anotado cuidadosamente todas las experiencias allí vividas, junto con una gran cantidad de información sobre todos los secretos, debilidades y fortalezas de preceptores y estudiantes que habían llegado a su conocimiento y que eran muchas, debido a que se había convertido en una sombra, un elemento más del paisaje para unos y otros lo que le habían servido para manipularlos discretamente, tornando a su favor diversas situaciones comprometidas. Todo ello anotado en unos caracteres inventados por él que le llevó un tiempo memorizar, ya que lo primero que aprendió a su llegada, fue a no fiarse de nada ni de nadie. Echando mano pues de sus notas, junto a la información recabada por sus compañeros de aventuras para completar los huecos surgidos a última hora, trazó un plan que les sirvió para escaparse del cenobio en cuanto tenían ocasión y sin que nadie, ni preceptores ni estudiantes, notara su ausencia; así pasó el tiempo hasta del día en que finalizaba su estancia en el cenobio.

El gran día, amaneció como otro cualquiera de los muchos que habían pasado allí, con la diferencia de que en vez de salir a trabajar en los campos después de la primera comida del día, fueron llamados uno a uno a la sala capitular donde les esperaba el rector para dirigirles unas últimas palabras. Cuando llego su turno entró en la sala donde el rector, casi sin darle tiempo a cerrar la puerta se dirigió a él con estas palabras

—Jannirèll entraste aquí, hace ya cuatro años, siendo un niño y ahora te has convertido en un hombre, pero para nuestra decepción, no hemos logrado nuestro propósito de convertirte en una persona válida para la sociedad— y continuó diciendo —aunque hubo momentos en los que pensamos haberlo conseguido, tu actitud nos ha demostrado que sigues siendo el mismo niño que entró en el Cenobio traído por su padre, hace cuatro años.

Ante estas palabras quiso decir algo en su defensa, pero interrumpiéndole con un gesto, el rector continuó:

—Eres peor, si cabe que cuando entraste, ya que has aprovechado satisfactoriamente nuestras enseñanzas que te han servido para manipular a los demás en tú beneficio, sin pensar en las consecuencias que a ellos pudiera acarrearles. ¿Crees acaso, que no nos hemos dado cuenta de tus maniobras para pasar desapercibido? ¿Que no sabíamos que tu rendimiento y conocimientos adquiridos en las clases no eran muy superiores a los que nos mostrabas? ¿O acaso piensas que desconocíamos tus escapadas del cenobio, junto con tu grupo de acólitos, este último año para encontrarte con esas mozas?

Tras esta parrafada Janniréll se quedó mudo de asombro ¡Sabían todo lo que había hecho!

Con brusquedad, el rector le arrancó de las manos el libro que contenía todas sus experiencias en el cenobio, libro que los estudiantes guardaban como prueba de su estancia en él y dijo:

—No eres merecedor de conservar este libro pues no has culminado con éxito tu estancia entre nosotros. Tienes que marcharte sí, pues tu estancia aquí ha concluido, pero como no seríamos fieles a nuestro cometido si te dejásemos salir libremente sin completar tu formación como miembro de nuestra sociedad, te entregamos a otras manos para que la completen.

Dicho esto, hizo una señal y entraron dos preceptores quienes, agarrándole por los brazos, le sacaron del cenobio hasta el camino principal donde esperaba una carreta, con caja de madera cerrada y sin ventanucos, donde le encerraron sin decir palabra. De esta forma terminó su estancia entre los clariones.

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2 comentarios

  • Otra fantástica historia! Y como te dije en el anterior relato… Seguiré atento para seguir leyendo ;D (Soy del blog RetosdeEscritura)

    • El Arca de Dionisos

      Gracias por tu apoyo Narcís, en cuanto pueda (estoy hasta los topes de trabajo) visitaré tu blog en profundidad, pues lo leído en él hasta ahora me ha parecido muy interesante.
      Un abrazo 🙂

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