Los caballeros de la Iglesia

Capítulo II

 

Viaje a lo desconocido

 



Las palabras de rector del cenobio y el hecho de verse encerrado así, sumieron a Jannirèll en el desconcierto y la confusión, sobre todo por el hecho de que conociesen perfectamente sus más ocultos pensamientos, pero lo que más le desconcertaba era que conociéndolos como los conocían, deberían saber que jamás se había aprovechado de nadie que no hubiera querido hacerlo antes de él y que a aquellos que le habían dado su compañerismo y amistad había procurado ayudarles en todo momento. Sí de acuerdo, de una forma solapada y anónima, pero nunca pensó que fuera un delito el hecho de querer pasar desapercibido, por lo que sumido en un mar de dudas, se sentó en uno de los bancos adosados a lo largo de las paredes y más por hábito que por interés, comenzó a examinarla.

La carreta, como pudo comprobar cuando le condujeron a ella, era de aspecto similar a las utilizadas en Ganestria para el transporte de grano; de forma rectangular con cuatro grandes ruedas y tirada por cuatro mulas. Lo que diferenciaba a ésta eran las sólidas paredes de la caja, construidas con recios tablones sin ventanas, en lugar de las ligeras tablas desmontables adecuadas para descargar el grano, de las otras. Dentro de la caja, sujetos a las paredes en toda su longitud, había unos toscos jergones de paja y en el techo había una amplia claraboya, cerrada con un enrejado de gruesas barras de hierro forjado, que dejaba pasar la luz suficiente para que el interior estuviera perfectamente iluminado y que permitía ver un pequeño trozo de cielo, única vista del exterior que allí se tenía. Un detalle de este examen se grabó en su mente aunque en principio no fue consciente de él; las dimensiones interiores de la carreta eran bastante menores que las exteriores que vio desde fuera.

Ensimismado como estaba en sus amargos pensamientos no era consciente de que la carreta permanecía detenida y le sobresaltó el que tras un lúgubre chirriar de cerrojos, se abriera la puerta y entrara en su interior otra persona tras la que se cerró de nuevo, y un instante después la carreta se puso en movimiento, lo que le hizo pensar que había estado esperando a ese nuevo pasajero y su sorpresa no tuvo límites cuando descubrió que su compañero de encierro no era otro que Edzàrj, la última persona de la que podía imaginar se viera en su misma situación.

Jannirèll y Edzàrj eran completamente distintos; Jannirèll alto y de complexión delgada, más fuerte de lo que parecía a primera vista y sin un ápice de grasa, endurecido por el trabajo en el campo y la fragua; Edzàrj era un poco más bajo, de complexión atlética y cada uno de sus brazos equivalía a una de las piernas de Jannirèll, quien prefería las clases teóricas e ir a la fragua le perecía un castigo, Edzàrj prefería, por el contrario el trabajo en la fragua, donde se encontraba a sus anchas. Edzàrj cogía en sus manos un trozo de hierro y tras mirarlo durante un rato con cara pensativa le decía muy serio, “tú escondes una herradura” o bien “tú escondes una hoz”, tras lo cual, aparentemente sin el menor esfuerzo, lo transformaba en una magnífica herradura, una hoz, o aquello que hubiera dicho que escondía.

Persona de carácter alegre y abierto, fue uno de los que primero aceptó a Jannirèll como compañero y en más de una ocasión le ayudó con sus tareas en la herrería sin pedir nada a cambio, aceptando con total naturalidad su ayuda en los temas teóricos que se le atravesaban, lo que poco a poco cimentó una buena amistad entre ellos. Quizás fuera el único amigo que Janniréll hizo en el cenobio, con el que compartía sus sentimientos e ideas; era el único, o al menos eso creía hasta que el rector le demostró lo contrario, que conocía su verdadera capacidad y sus progresos y que respetaba su interés en no destacar, Janniréll recordó una ocasión en la que hablando de ese tema le dijo:

—Jannirèll, tu forma de actuar no es muy corriente, generalmente a todos nos gusta que reconozcan nuestros méritos y tú en cambio, procuras esconderlos. Se que tus conocimientos sobre las materias que nos imparten los preceptores están muy por encima de los del mejor estudiante, en cambio, a ojos de los demás no pasas de ser un estudiante mediocre al que le cuesta, como realmente me ocurre a mí, asimilar los conceptos. ¿Por que no demuestras a los demás lo que vales realmente?

—Por miedo Edzàrj, por miedo. Al poco de llegar aquí me pusieron un ojo morado y al quejarme al preceptor, me echo una bronca diciéndome que me las apañara por mi mismo, y el resto de los compañeros me trató como si fuese un apestado, y como no tengo ganas de repetir la experiencia procuro suplir con inteligencia lo que me falta en fuerza.

—No me hagas reír y busca una excusa mejor, no olvides que te veo en la fragua y hay pocos, muy pocos, que manejen el martillo con la soltura y fuerza con que tú lo haces, aunque tu habilidad con él deje mucho que desear.

Debido a esto, a Janniréll le sorprendió verle en su misma situación, pues su comportamiento en el cenobio era diametralmente opuesto al suyo. Bien es cierto que su carácter franco, unido al hecho de no soportar las injusticias, le había metido en algunas peleas con los gallitos que pretendían abusar de su fuerza con alumnos más débiles o de menor edad, pero un par de ojos morados y diversas contusiones causadas a los abusones disfrazadas de accidentes ante los preceptores, habían conseguido que la sola presencia de Edzàrj generalmente bastase para cortar esos abusos; aparte de esas escasas ocasiones, jamás había abusado de su fuerza para imponerse a los demás ya que prefería el aprecio de sus compañeros a su miedo. Al pensar en esto, una fría sensación de temor atenazó su espíritu; Edzàrj era uno de los que se escapaban con él del cenobio para ver a las zagalas, y podía estar pagando las consecuencias de su idea tal y como le dijo el rector, por lo que le preguntó ¿Edzàrj, no estarás aquí por mi culpa?

—¿Por tu culpa…?

—Sí, a causa de las escapadas que organicé para ver a las mozas.

—Ni mucho menos, es más ni sabía que estuvieran enterados. Estoy aquí por causa de los golpes que propiné a los sinvergüenzas que pretendían abusar de los demás.

—¿Por eso? ¡Pero si todos dijeron que eran accidentes! Y todos en el cenobio estaban convencidos de ello.

—Eso pensaba yo, hasta que me dijo que no podía engañarles, que conocían desde el principio mis abusos de fuerza para conseguir una posición preeminente entre mis compañeros, que era el miedo que sentían hacia mí lo que les había hecho decir que eran accidentes y que mi gusto por imponer mis ideas a la fuerza hacía que no mereciera el libro que me habían entregado en el momento de mi llegada, por lo que me lo quitó de un manotazo, cosa que siento sinceramente, pues en él había anotado todo lo aprendido, y me envió a completar mi formación. Dicho esto, el silencio se adueñó del cubículo y sumergidos en sus meditaciones, comenzaron el viaje.

 

 

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