Los caballeros de la Iglesia

Capítulo II – (2)

 

Incidencias del viaje (I)

 


La tensión vivida ese día, junto a lo avanzado de la hora y el monótono traqueteo de la carreta, hizo que poco a poco les invadiera la modorra y cayeran en un profundo e inquieto sueño del que despertaron bruscamente al notar que se habían detenido. No sabían cuanto tiempo llevaban de viaje, pero pensaron que varias horas ya que al salir del cenobio empezaba a caer la noche y la tenue luz que en ese momento entraba por la claraboya del techo, les hizo suponer que se encontraban a primeras horas de la mañana. Al poco se abrió la puerta y entró un hombre fornido de hirsuto cabello color bermejo y descuidada barba, vestido con unas calzas de basto paño de color indefinible, muy rozadas en las posaderas y embutidas en gruesas botas de cuero, una holgada camisola que en sus buenos tiempos debió ser blanca, ceñida a la cintura por un ancho cinturón de cuero del que colgaba un cuchillo cachicuerno, que pensaron sería el carretero, pues su aspecto no difería en nada del de cualquiera de los muchos carreteros que recorrían las sendas de Ganestria que, casi sin mirarles, les entregó dos pedazos de queso acompañados de sendas rebanadas de pan blanco, una cantimplora de cuero que contenía aproximadamente un azumbre1 de agua y dos bacinillas para que aliviaran sus necesidades fisiológicas, tras lo cual, salió cerrando de nuevo .sin haber dicho una sola palabra.

Durante incontables jornadas esa fue la rutina de su viaje; por las mañanas entraba el carretero y les daba el desayuno y ya no volvían a verle hasta media tarde, en la que les daba la cena, compuesta por un trozo de tasajo de carne, más pan y una manzana, recogía la cantimplora, ya vacía, que les entregaba por la mañana y se la cambiaba por otra llena que recogía al entregarles de nuevo la de la mañana. Al perder la noción del tiempo y una vez agotados los temas de conversación, ambos cayeron en un estado de apatía que les llevó encerrarse en si mismos, dejaron de hablar y se sumieron en oscuros pensamientos, por lo que apenas se levantaban de los jergones, salvo para recoger los alimentos que les entregaban.

Ese día la carreta no se detuvo y prosiguió camino hasta a primeras horas de la noche, por lo que no recibieron el desayuno como era , algo que despertó una chispa de curiosidad en ellos aunque no les importó demasiado, pero cuando por fin lo hizo, para su sorpresa, no solo entró el carretero con sus raciones, con él entró un joven de edad parecida a la suya y atuendo similar que encerraron encerrado junto a ellos. Sorprendidos por este hecho, rápidamente se acercaron al nuevo pasajero y comenzaron a realizarle gran número de atropelladas preguntas que en su precipitación, no le daban tiempo a responder, tal era su ansiedad por saber lo que ocurría. Pasados los primeros momentos y ya más tranquilos, descubrieron que se trataba de Melhiker, un estudiante que venía del cenobio clarión de Hàlveron, la ciudad más septentrional de Ganestria, en cuyas proximidades se encontraban y que sin saber por que, se hallaba en su misma situación; con él no habían esperado al día de la graduación, para la que todavía le faltaba un año, simplemente esa noche le había citado el rector del cenobio y cuando estuvo en su presencia, sin mediar palabra, dos preceptores le habían llevado hasta la carreta.

La llegada de Melhiker supuso para ellos un soplo de aire fresco que se llevó la apatía y mitigó la desesperación que les invadía y aunque la rutina del viaje no dejó de ser la misma, Melhiker un joven de cuerpo enjuto y fibroso (nadie que procediera de un cenobio tenía un ápice de grasa de más debido al tipo de vida que en ellos se llevaba), con un rostro vulgar, en el que habitualmente bailaba una sonrisa, coronado por una espesa mata de rubios cabellos, resultó ser un agradable compañero de viaje y aunque la rutina del viaje no se modificó, sí se produjeron cambios en su estado de ánimo; el ansia por conocer noticias del exterior borró de un plumazo la apatía y pasaban el día intercambiando sus respectivas experiencias, en un intento de averiguar los motivos de su encierro.

1. Azumbre: medida de capacidad equivalente a cuatro cuartillos, o a la octava parte de una cántara. Aproximadamente dos litros de hoy.

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