Los caballeros de la Iglesia

Capítulo II (4)

 

Fin del viaje

 


Debido a las largas jornadas de encierro, les costó seguir el paso de la carreta, y pronto las agujetas hicieron presa en ellos, pero el poder respirar el aroma de los prados y sobre todo, el poder contemplar el paisaje por el que caminaban, hizo que se esforzasen en mantener el ritmo sin proferir ninguna queja. Ante sus ojos se extendían las praderas del norte de Ganestria, una inmensa llanura cubierta de verde hierba salpicada por pequeños arbustos de coloridas flores, y bosquecillos de álamos, muy separados entre si, que hacían suponer la existencia de ríos o arroyos. Esta llanura, ondulada por suaves colinas en la pastaban grandes rebaños de ganado vacuno, se extendía cientos de leguas hasta el horizonte, en el que se alzaban majestuosos los elevados picos que formaban los Montes Bealjehkh, cuyas cimas cubiertas de nieves perpetuas brillaban a la luz de la mañana, entre las que destacaban muy por encima de las demás, las cumbres del Storsylen y el Storsola con sus más de mil rods1 de altitud.

Cuando el sol alcanzó el cenit, hicieron un breve alto para comer y continuaron viaje pero, a pesar de su ilusión por la recobrada libertad, los días de encierro en la carreta pasaron su factura y el resto de la jornada la realizaron dormitando en el interior de la carreta de la que solo bajaron, al caer las primeras sombras de la noche, para preparar el campamento mientras Khört, que para su alegría se descubrió como un magnífico cocinero, preparaba unas liebres que alguien había cazado mientras dormitaban. Al ir a sentarse para la cena, el preceptor Bhörje les dijo:

—Muchachos, todos os quedaríamos muy agradecidos si os laváis en el arroyo antes de cenar pues vuestro olor resulta insoportable.

Corridos por la vergüenza y con los rostros de color grana, se acercaron a la carreta para coger algo con que lavarse, viendo con sorpresa que a la puerta del almacén había preparados tres bultos, en cada uno de los cuales había un trozo de jabón junto con una muda limpia y un hábito de color negro, similar al que llevaba Bhörje, quien desde el lugar en que estaba sentado les gritó:

—Tomaros el tiempo necesario para quedar bien limpios y luego enterrad esos harapos que lleváis. Por la cena no os preocupéis, os guardaremos vuestra parte.

Cuando se metieron en las frías aguas del arroyo, fueron conscientes de que no se habían bañado desde que salieron de los respectivos cenobios, por lo que se aplicaron a ello frotándose vigorosamente el cuerpo, hasta tres veces, con una mezcla de jabón y arena del fondo del arroyo, hasta quedar convencidos de que estaban completamente limpios, a continuación se vistieron con las prendas limpias que les habían entregado, enterraron profundamente los sucios harapos que habían llevado hasta ese momento y sintiéndose personas de nuevo, se dirigieron al campamento, donde les esperaban ensartados en sendos espetos, tres dorados conejos. Terminada la cena, Bhörje, que les había estado observando en silencio mientras comían, les dijo:

—Chicos, he podido comprobar esta mañana que aunque os habéis esforzado en seguir el paso de la carreta y no ha salido una queja de vuestros labios, el tiempo de encierro ha deteriorado considerablemente vuestro estado físico, los gestos de dolor que traslucen vuestros rostros hablan por si solos por lo que, si al sargento no le importa, a partir de mañana, dedicareis una hora antes de desayunar a realizar ejercicios que os hagan recuperar la buena forma física bajo su supervisión.

—Al contrario preceptor, mis hombres y yo estamos un tanto entumecidos de tanto cabalgar y nos vendrá bien un poco de ejercicio. No os preocupéis, yo me encargaré de ponerlos en forma Respondió el sargento.

A partir de entonces se levantaban al alba y realizaban ejercicios de calistenia durante una hora bajo la supervisión del sargento Mhälinj, a continuación tomaban un baño en el arroyo más cercano, pues siempre procuraban acampar junto a uno, desayunaban y proseguían viaje; hacia el mediodía hacían un breve alto para comer algo y dar descanso a las bestias, reanudando viaje hasta última hora de la tarde, en que paraban para montar el campamento, para pasar la noche y mientras Khört y Edzàrj preparaban la cena que era la comida más fuerte de la jornada, Melhiker y Jannirèll se encargaban de buscar frutos silvestres y ramas secas con los que aprovisionar la despensa y mantener el fuego del campamento, en tanto que los soldados abrevaban y daban pienso a los animales.

Así transcurrieron cinco jornadas; en la tarde de la sexta, se detuvieron en un pequeño bosque de viejos álamos al que Jannirèll y Melhiker fueron a recoger leña y ver si encontraban algunas bayas para complementar la cena, como de costumbre. Estaban absortos en esas labores, cuando Melhiker hizo apremiantes gestos a Jannirèll para que guardara silencio y se quedara quieto; en principio Jannirèll pensó que Melhiker había visto algún reptil peligroso, pero sin previo aviso Melhiker tiró bruscamente de él hacia atrás al tiempo que, con un sonido siniestro, se clavaba el virote de una ballesta en el tronco junto al que instantes antes estaba su cabeza. Al volverse vio aterrado que saliendo de entre los árboles, avanzaban hacia ellos siete u ocho individuos, de atezada piel y desaliñado aspecto, armados con hachas y ballestas. Paralizado por el pánico, Janniréll elevó una muda plegaria a Jötnar, aun a sabiendas de que al Dios no le preocupaban los asuntos de los mortales y se preparó para morir, pero, caprichos del destino, al parecer Jötnar debía tener pocas cosas que hacer en esos momentos y decidió acudir en su ayuda en forma de un viejo álamo medio podrido en su interior que, con un tremendo crujido, se desplomó sobre sus atacantes aplastando a la mayoría e inmovilizando al resto. El ruido del árbol al desplomarse les sacó de la parálisis en que tanto Melhiker como él habían caído y dando gritos de alarma, corrieron hacia el campamento.

No habían salido aún del bosque, cuando se encontraron con Mhälinj que seguido de alguno de sus hombres con las espadas desenvainadas y escudos al brazo, acudía atraído por sus gritos. Atropelladamente le contaron lo ocurrido y Mhälinj, casi sin detenerse a escucharlos, se internó en el bosque seguido de sus hombres, a la vez que les ordenaba correr hacia el campamento que como pudieron ver protegía, formando un círculo a su alrededor, el resto de de la escolta. Apenas habían llegado, cuando el preceptor Bhörje les metió en la carreta, en cuyo interior ya se encontraba Edzàrj y tras cerrar la puerta, les interrogó sobre lo ocurrido.

Respondiendo a sus preguntas, Melhiker dijo que un momento antes del ataque había tenido un presentimiento que le había obligado a tirar hacia atrás de Jannirèll, lo que evitó que el virote le atravesara la cabeza. Janniréll a su vez le contó avergonzado que, paralizado por el miedo, había elevado una plegaria a Jötnar que éste había atendido derribando un árbol sobre sus atacantes. Bhörje permaneció en silencio unos instantes analizando sus respuestas y les dijo:

–Esta vez habéis tenido mucha suerte muchachos, estad más atentos la próxima, pues los ladrones de ganado abundan por estos lares, y tú Jannirèll no sueñes despierto, a Jötnar no le importamos lo suficiente como para intervenir en nuestras vidas.

En ese momento llegó Mhälinj que para decirles que el peligro había pasado, entonces salieron al exterior y Mhälinj, que llevaba en la mano una de las ballestas de los atacantes, se retiró con Bhörje a un lugar apartado donde estuvieron hablando en voz baja durante un rato; cuando regresaron, levantaron el campamento y se alejaron lo más rápidamente posible de aquel lugar ya que el sargento pensaba que los asaltantes podían tener cómplices por la zona, por lo que caminaron toda la noche a fin de poner la mayor cantidad posible de tierra entre ellos y el lugar del ataque.

Al clarear el día, todos se encontraban agotados debido al esfuerzo realizado durante la noche, por lo que Bhörje, de acuerdo con Mhälinj, decidió tomar un día de descanso para reponer fuerzas, ya que de continuar habrían caído extenuados, y montaron el campamento en lo alto de una loma en la que crecía un bosquecillo de raquíticos robles y que dominaba el entorno, se designaron turnos de guardia y se echaron a dormir. Despertaron al principio de la tarde y tomaron un frugal tentempié, y el sargento les dijo:

–En vista de los acontecimientos, voy a entrenaros en el combate para que podáis protegeros, al menos durante el tiempo que tardemos en acudir en vuestra ayuda, si vuelven a atacaros.

—¡No pensareis proporcionar espadas a estos críos! Dijo vehementemente Bhörje.

—No pienso darles espadas y por dos buenas razones, primero por su juventud y segundo porque el manejo de la espada requiere de años de aprendizaje, por lo que les resultarían más un estorbo que una ayuda y prosiguió Pero existe otro arma, menos valorada y de más corto aprendizaje que en buenas manos, resulta tanto o más peligrosa que la espada y resulta más adecuada para ellos.

Diciendo esto, ordenó a uno de los soldados que cortase seis ramas de, aproximadamente cinco pies de largo, para preparar unos bastones; en cuanto los tuvo en su poder dio uno a cada muchacho y empezó su entrenamiento. El resto del viaje transcurrió sin incidencias dignas de mención, salvo los múltiples golpes y contusiones que les produjo el entrenamiento con aquellas armas, bastante más efectivas y peligrosas de lo que pudiera parecer a primera vista, que llegaron a manejar con envidiable pericia.

Por fin, después de diez y seis días de viaje, llegaron a las estribaciones de la cordillera Bealjehkh en la que se adentraron por un tortuoso paso que les costó dos días atravesar, hasta llegar a un inmenso y verde valle rodeado de altas montañas donde, en la lejanía, apenas se divisaba un grupo de edificaciones rodeadas por amplios campos cultivados que, según les dijo el preceptor Bhörje, eran un Convento de los Jannikes. ¡Su destino!,

1.-Rod: Medida de longitud equivalente a cinco pasos, mil rods equivalen a unos cinco mil metros.

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