Los caballeros de la Iglesia

Capítulo III – (2)

 

Una sencilla pregunta

 


Así pasaron los meses hasta la llegada del invierno y las primeras nieves que interrumpieron sus trabajos; ya solo quedaba esperar que la cosecha germinase y no necesitaban estar todo el día en la parcela, bastaba con que se pasasen un rato por los sembrados para eliminar las malas hierbas y reparar los bancales deteriorados por el viento, lo que les dejaba mucho tiempo libre, tiempo que dedicaban a colaborar en las distintas tareas que se realizaban diariamente en el convento, tales como la reparación de los desperfectos que se producían en el muro, el mantenimiento de los caminos etc, sin olvidar los turnos de cocina. Solo Melhiker se libró de ellas en parte, al haber obtenido permiso para recopilar información, para un proyecto de conservación de frutas, en la biblioteca.

El mayor tiempo de permanencia en los muros del convento hizo que pudieran convivir más estrechamente con el resto de sus moradores, que salvo ellos, eran todos hermanos Jannikes, e integrarse plenamente en el día a día de esa sociedad cerrada de la que pronto dos cosas llamaron su atención; la primera de ellas fue que nadie parecía dirigir la marcha del convento, nadie daba ordenes, no había toques de aviso ni llamadas que los convocasen a realizar ninguna actividad, además no parecían existir jerarquías entre los hermanos, todo el mundo sabía lo que debía hacer y todos cooperaban con los demás en sus tareas cuando las suyas estaban cumplidas y aunque conocían la existencia de preceptores, pues como tal se había presentado Bhörje, y la de un prior a cargo del convento, para ellos eran figuras que suponían entregadas a la realización de misteriosas tareas, sin mantener apenas contacto con el resto de hermanos. La segunda fue que algunos hermanos, no siempre los mismos, se ausentaban del convento durante durante periodos de tiempo que variaban entre unos pocos días y varias semanas, tras los cuales volvían a incorporarse a sus labores habituales como si nunca se hubieran ido y sin que a nadie le extrañara su ausencia. También descubrieron que además de los Jannikes, había un nutrido grupo de mujeres de diversas edades que estudiaban en la extensa biblioteca que poseía el convento, las hermanas Lhäkninj, que compartían con ellos las comidas y los ratos de asueto; las hermanas eran simpáticas y afables, al igual que el resto de los hermanos, pero estaban rodeadas de tal aura de respeto que, solo si eran ellas las que se acercaban e iniciaban la conversación, se atrevían a dirigirles la palabra, algo que a ellas, sobre todo a las más jóvenes, parecía hacerles mucha gracia.

Jannirèll era feliz con esa vida, era joven, estaba sano y fuerte, y por primera vez, sentía que pertenecía a una comunidad y tenía un objetivo que cumplir, conseguir la más abundante cosecha de dulces melones que la tierra a su cargo pudiera dar, algo que gracias al esfuerzo común, parecía estar a punto de suceder; por eso cuando esa noche el hermano Ornj les dijo que, a la mañana siguiente esperasen al preceptor Bhörje en el refectorio tras el desayuno, a Jannirèll le invadió la desazón al pensar que algo malo estaba por llegar, pues la experiencia le decía que siempre que había conseguido integrarse y estar a gusto en algún lugar, surgía algo que lo estropeaba y conducía su vida por derroteros insospechados. Al día siguiente, tras una noche de insomnio y el escaso desayuno, que la ansiedad y el temor le permitieron ingerir, esperó junto a sus compañeros, igual de temerosos que él, a Bhörje que nada más llegar dijo:

—El Prior quiere hablar con vosotros Y haciendo un gesto para que le siguieran, se encaminó hacia la puerta que comunicaba el refectorio con el escriptorium.

Que el Prior, un ser semidivino para ellos, quisiera hablarles les conmocionó de tal forma que por unos momentos quedaron paralizados, por lo que tuvieron que echar a correr para alcanzar a Bhörje antes de que saliera del refectorio. En silencio para no molestar a los que allí trabajaban, atravesaron el escriptorium y entraron en la sala capitular donde, de pie en el centro le la sala sin ocupar el sitial que por derecho le correspondía, les esperaba el Prior y para su sorpresa, Jannirèll comprobó que le conocía, era uno de los muchos hermanos que le habían ofrecido ayuda en alguna de las tareas que estaba realizando o habían solicitado la suya para las que realizaban ellos, ¡incluso se habían gastado bromas para pasar el rato de forma más agradable! Cuando se cerró la puerta de la sala capitular, el Prior, después de observarles unos instantes dijo:

—Muchachos, soy Erlhènj, el Prior de este Conventose presentó Y os he llamado porque ha llegado el momento de decidir sobre vuestro futuro. Si recordáis y seguro que lo hacéis, nada más llegar al convento el hermano Ornj os asignó la tarea de cultivar una parcela de tierra y os dio entera libertad para hacerlo. Esta tarea era una prueba para comprobar si erais capaces de dejar a un lado vuestros intereses personales y trabajar en grupo para obtener un beneficio común. Desde ese momento hemos observando exhaustivamente vuestro trabajo y he de deciros que, tal y como hacían presagiar los informes que recibimos sobre vosotros de vuestros cenobios de procedencia, la habéis superado con creces y habéis demostrado no solo espíritu de colaboración y trabajo, sino que además, habéis exprimido al máximo vuestras capacidades y conocimientos particulares para lograr el éxito en su realización, algo de lo que todos nos sentimos sumamente satisfechos.Un contenido suspiro de alivio escapó de los labios del grupo tras escuchar sus palabras, momento que Erlhènj aprovechó para mirar por uno aquellos jóvenes rostros, y le gustó lo que vio en sus ojos, por lo que más animado, continuó.

Ahora voy a haceros una pregunta que desgraciadamente no puedo realizar a muchas personas. Con ella os doy la posibilidad de elegir entre dos caminos que condicionarán el resto de vuestra vida, por lo que antes de responder debéis estar completamente seguros de vuestra elección, ya que una vez me comuniquéis vuestra decisión, ya no habrá vuelta atrás.

Tras un momento de silencio para que asumiesen lo que les acababa de decirles, Erlhènj preguntó:

¿Queréis entrar a formar parte del Clero de la Iglesia, entregándoos a ella de forma honesta y sincera, para realizar las labores que la Iglesia os designe, durante el resto de vuestras vidas, o preferís continuar con vuestra vida fuera de ella?

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