Los caballeros de la Iglesia

Capítulo III – (3)

 

Una respuesta

 


Si en ese momento el Prior se hubiese transformado en el mismísimo Jötnar en toda su magnificencia, Jannirèll no habría quedado más conmocionado de como quedó al escuchar aquella pregunta. ¿Formar parte del clero?… se preguntó. ¿Él que había sido considerado por los Clariones como un peligro para la sociedad?… ¿Él que no tenía habilidad especial alguna?… ¿Él, a quien su desbocada fantasía había puesto en infinidad de apuros?… Estas y otras ideas similares pasaron por su mente y en base al silencio que se había hecho en la sala, supuso que por las de sus compañeros, hasta que la voz de Erlhènj interrumpió sus desbocados pensamientos.

Veo que os ha sorprendido la pregunta que os acabo de hacer, cosa natural dado que resultaba imposible que os la imaginaraisles dijo viendo sus caras de asombro y prosiguió Por supuesto no es necesario, ni sería bueno, que contestéis ahora mismo. Es una pregunta a la que debéis responder individualmente y sin presiones o consejos de otras personas, pues como ya os dije, su respuesta va a determinar el resto de vuestras vidas ya que nunca nadie os la volverá a realizar—, haciendo una ligera pausa para dar mayor énfasis a sus palabras prosiguió: Pero antes de que toméis una decisión, quiero informaros de lo que ésta implica.

Les dijo entonces que formar parte del clero era comprometerse de por vida a realizar de buen grado y sin reparos, las tareas que la Iglesia les encomendase, fuesen o no de su agrado, a ocupar los puestos que ésta considerase adecuados para ellos, sin buscar honores y prebendas ni dentro ni fuera de la misma, pues la Iglesia estaba dedicada al servicio de los demás y no tenía en cuenta los intereses particulares de sus miembros, y así continuó durante largo tiempo explicándoles lo que les supondría aceptar ser miembros de la Iglesia, y que podía resumirse en el hecho de que, entregaban total y absolutamente su persona, plegando su voluntad a los designios de la Iglesia quien, a cambio de esta entrega, se encargaría de ellos durante el resto de sus vidas, y terminó diciendo:

Disponéis de todo el día para tomar vuestra decisión, que me comunicaréis en privado de forma individual. Aquellos que acepten formar parte del clero continuarán en el convento y comenzarán su formación eclesiástica, el resto, dado que todos habéis completado vuestra formación laica, volverá libremente a sus lugares de procedencia. Ahora el hermano Bhörje os conducirá a un lugar tranquilo en el que podréis meditar vuestra decisión sin interferencia de nadie.

No bien terminó el Prior, Bhörje les indicó que salieran y les condujo a un jardín en el que nunca antes habían estado y sin decir palabra se marchó. Una vez solos se miraron estupefactos sin saber que hacer hasta que, pasados unos instantes, sin intercambiar palabra, se separaron buscando el sitio más adecuado para meditar sobre lo que les acababa de ocurrir.

Durante un rato Janniréll estuvo paseando sin rumbo, tratando de acallar los latidos de su desbocado corazón y aclarar el torbellino de ideas que se acumulaban en su cabeza, hasta que ya cansado y algo más tranquilo, se sentó en un banco de piedra bellamente tallado situado a la sombra de un centenario álamo y cerrando los ojos, hizo un repaso de su vida hasta ese momento, y se dio cuenta del cambio que se había producido en aquel muchacho que soñaba, en la hacienda de sus padres, con vivir una vida de aventuras hacía… ¿Cuanto tiempo hacía que sal de su casa?… En el cenobio de Zaromba estuvo cuatro años, allí llevaba siete meses y si a eso le sumaba el tiempo, no sabía exactamente cuanto, del viaje al Convento, llevaba casi cinco años fuera de su hogar, del que ahora solo le quedaba un muy vago recuerdo. Para su sorpresa, se dio cuenta de que ya no consideraba maravillosa una vida de aventuras (le había bastado el miedo que pasó durante el enfrentamiento con los salteadores en el viaje, para darse cuenta de que no tenía madera de héroe) y de que le resultaba mucho más agradable trabajar con sus amigos en la parcela que les habían asignado y colaborar con los hermanos en las tareas del Convento, donde la convivencia ordenada y afable con los hermanos, junto a la satisfacción que produce el trabajo bien hecho le hacían verdaderamente feliz. Fue en ese momento cuando se percató de que la decisión estaba tomada desde el principio, pues esa era la vida que deseaba e interiomente se sentía parte de la Iglesia.

Invadido por una sensación de paz y serenidad hasta entonces desconocida, abrió los ojos viendo que ya había oscurecido y algunas estrellas titilaban en el cielo. Sorprendido por el tiempo que había pasado sumido en sus reflexiones (lo que a él le pareció un par de horas, fue en realidad casi todo el día), se levantó y fue a buscar al Prior para comunicarle su respuesta. Erlhènj se encontraba en el escriptorium leyendo un grueso volumen que, al verle entrar, dejó sobre una mesa cercana y le preguntó:

¿Has tomado ya una decisión Jannirèll?

—Si Prior

¿Y que has decidido?

—Que quiero formar parte del clero de la Iglesia Prior.

¿Estás seguro de tu decisión? ¿Eres consciente de que esta respuesta te compromete para el resto de tu vida, sin vuelta atrás?

—Si Prior, soy consciente de ello y estoy seguro de querer formar parte de la Iglesia.

—Bien Jannirèll, no esperaba menos de ti, acércate por favor.

Al acercarse el Prior tomó unas tijeras con las cortó la cuerda que ceñía su hábito, después, de un pequeño cofre que había sobre la mesa, sacó un cordón de cuero trenzado similar al suyo y se lo entregó indicándole que se lo ciñese, al tiempo que le decía: Bienvenido entre nosotros hermano Jannirèll. Por este cordón que te entrego todos te reconocerán como miembro de la Iglesia, llévalo siempre con orgullo.

Al ajustarse el nuevo cíngulo con manos temblorosas por la emoción, Jannirèll pudo observar que estaba rematado por intrincados nudos, parecidos a los que tenía el Prior en el suyo aunque más sencillos. Cuando terminó de hacerlo Erlhènj, tras echarle una aprobadora mirada, puso término a esa sencilla ceremonia, y un exultante Jannirèll se encaminó a su celda para descansar en espera de los que le deparase el día siguiente.

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