Los caballeros de la Iglesia

Capítulo III – (4)

 

El primer día como Jannike

 


La mañana de su primer día como jannike empezó como otra cualquiera de las que Jannirèll había pasado en el convento, con la única diferencia de que la puerta de su celda no se había cerrado por fuera la noche anterior tal y como sucedía antes, y como apenas había podido conciliar el sueño por la curiosidad que sentía de conocer como sería su vida en adelante, decidió bajar a asearse. Debido a lo temprano de la hora no había nadie en los baños, lo que aprovechó para permanecer más tiempo en la vacía piscina, dejando que la frialdad del agua le tonificase; cuando aparecieron los primeros hermanos sub a su celda, se puso el hábito, se ciñó el cordón que la noche antes le había entregado el Prior y bajó a desayunar al refectorio que se encontraba casi vacío. Tras coger un trozo de queso, algo de pan y un cuenco de leche, era joven y los nervios no le quitaban el apetito, fue a sentarse en la mesa que habitualmente ocupaba, donde ya se encontraba el hermano Ornj, quien mirándole sonriente dijo:

—Buenos días Jannirèll, bienvenido a la familia eclesiástica; eres el primero de vosotros en llegar.

Un tanto sorprendido, pues era la primera vez que escuchaba a Ornj pronunciar su nombre, respondió:

—Buenos días hermano Ornj.

Al escucharle, Ornj le miró divertido y haciendo un gesto con las manos, dijo:

—Déjate de formalidades Jannirèll, eso de hermano queda muy bien en los registros escritos de la Iglesia, cuando salimos al exterior y por supuesto para mantener el respeto de los estudiantes, pero entre nosotros todos somos iguales y no tenemos en cuenta las jerarquías, incluso el Prior es simplemente Erlhènj y solo nos dirigimos a él por su título cuando queremos enfatizar que vamos a tratar de algo relativo a su cargo o en los actos solemnes, pero eso es algo que ya aprenderás.

Aunque le sorprendieron estas palabras, inmediatamente acudió a su memoria el recuerdo de las conversaciones mantenidas con el Prior, antes de saber quien era, al que todos los estudiantes se dirigían como hermano, tratándole igual que al resto de los Jannikes; en cambio cuando se trataba de otro hermano el que le interpelaba, lo hacía utilizando solo su nombre. Dejando de lado estos pensamientos, Janniréll se centró en lo que verdaderamente le interesaba, y preguntó :

—¿Ornj, sabes cuantos de nosotros hemos decidido formar parte del clero?

—No Jannirèll, todos os llevasteis vuestro tiempo para tomar la decisión y solo pude enterarme de la tuya ya que fuiste el primero, pero me retiré pronto y no conozco ninguna otra, por lo que siento la misma curiosidad que tú por saberlo.

Poco a poco llegó el resto del grupo al refectorio y pudieron satisfacer la curiosidad que les carcomía. Con cierta decepción, comprobaron que aparte de Jannirèll, solamente Edzàrj, Melhiker, Jörgenj y Ghörann, ceñían su hábito con el cordón de cuero rematado en un nudo, el resto había optado por retornar a sus hogares y llevaban las ropas con que llegaron al convento. Cuando terminaron el desayuno, se despidieron de ellos, no sin cierta pena al recordar los buenos momentos que habían vivido juntos, ya que ese mismo día partirían hacia sus lugares de procedencia, y siguieron a Ornj hasta el aulario, donde, según les dijo, se celebraría el acto formal de su ingreso en la Orden Jannike.

El aulario, el mayor y más alto de los edificios que componían el convento, estaba formado por dos naves transversales que formaban una T rematada por un ábside semicircular; en la unión del ábside con los brazos, se alzaba un torreón cuadrado, con numerosas ventanas, cubierto por un puntiagudo tejado a cuatro aguas. Se accedía a este edificio que ocupaba el centro convento, por una gran puerta situada en la base de la nave mayor que daba a un amplio vestíbulo en el que desembocaban dos anchas escaleras de caracol, una a cada lado, que daban acceso a las plantas superiores; en los costados de la nave y regularmente espaciadas, había una serie de recias puertas de madera con extraños símbolos grabados en ellas. Al fondo de la nave, una gran puerta que se cerraba dos gruesas hojas de madera, ahora abiertas de par en par, daba acceso al ábside, un amplio hemiciclo en forma de herradura con gradas que ascendían hasta una balconada que situada algo por debajo de los ventanales, lo recorría en todo su perímetro. En el centro del ábside Las gradas se interrumpían dejando espacio a un amplio estrado en el que había cinco sencillos sitiales sobre los cuales, primorosamente tallada, se veía la figura de Jötnar, o al menos eso supusieron al verlo por primera vez, un guerrero ataviado con un yelmo que le cubría la cabeza impidiendo ver sus facciones, y un hábito, similar al de los jannikes, que le cubría hasta media pantorrilla. De la cintura, sujeta por un sencillo tahalí, le colgaba una espada, su mano izquierda sostenía un escudo ovalado, en cuyo centro se veía representada la imagen de un libro, y su mano derecha sujetaba con firmeza bieldo1.

Al entrar en el ábside, cuyas gradas estaban ocupadas por la totalidad de los hermanos del convento y en el que reinaba un absoluto silencio, Ornj les condujo frente al estrado que se alzaba unos ocho pies por encima de ellos, indicándoles que se sentaran en las sillas que había situadas frente al mismo, en él, ocupando el sitial central se encontraba el Prior Erlhènj, de su cuello, sujeto por una cadena de plata, pendía un grueso medallón; sentados a su derecha y su izquierda estaban cuatro hermanos que lucían medallones similares. Tras unos instantes de sobrecogedor silencio que hizo latir aceleradamente sus corazones, el Prior se puso en pie y les dijo:

Los cinco habéis manifestado vuestro deseo de pertenecer a la Iglesia, por eso, en presencia de vuestros futuros hermanos, os pregunto ¿Habéis aceptado formar parte de la Iglesia libre y voluntariamente, en pleno uso de vuestras facultades?

—¡Sí!— Respondieron los cinco al unísono.

—¿Estáis dispuestos a aceptar desde ahora y por el resto de vuestras vidas, todos y cada uno de los designios de la Iglesia, de la que queréis formar parte?

—¡Sí, lo estamos!

—¿Juráis cumplir fielmente con vuestras obligaciones de adquirir la formación necesaria para el correcto desarrollo de vuestras vidas en el seno de la Iglesia, os gusten o no las materias sobre las que se os forme y sin pensar en vuestras preferencias, ya que la Iglesia os formará, no sobre la que más deseéis sino sobre la que menos os guste?

—¡Sí, lo juramos!

—¿Juráis, así mismo, realizar todas las tareas que la Iglesia os encomiende, sin buscar ni honores ni prebendas personales en su realización, porque aquellos que buscan honores y prebendas nunca los tendrán y solo aquellos que se entregan sin buscar nada más que el beneficio de la Iglesia, serán los que los obtengan?

—¡Sí, lo juramos!

Dicho esto, se miró al resto de los presente y dijo:

—Todos habéis escuchado sus respuestas, ¿hay alguno de entre vosotros conoce de alguna causa para no aceptar a estos cinco postulantes? Si la hay que la exponga ahora.

Un profundo silencio siguió a esta pregunta por lo que pasados unos instantes, preguntó:

—¿Aceptáis pues, desde este mismo momento, a los postulantes como miembros de pleno derecho de la Iglesia?

Esta pregunta hizo que les diera un vuelco el corazón, el pensar que podían ser rechazados por el resto de los hermanos, hizo que el tiempo quedara en suspenso, y no escuchasen el ¡Sí, los aceptamos!, que atronó el hemiciclo, al responder afirmativamente todos los allí presentes. Solo cuando el Prior les dijo: —Desde este momento y para siempre formáis parte de la Orden de los Jannikes. ¡Bienvenidos a ella hermanos!— fueron conscientes de que el ¡Bienvenidos hermanos! que corearon al unísono todos los presentes, les convertía en auténticos jannikes.

Terminado el acto y mientras los hermanos abandonaban las gradas, Erlhènj bajó del estrado seguido por los hermanos que le habían acompañado en él y acerándose a ellos les dijo:

Esta ceremonia de aceptación solemne en nuestra Orden solo se realiza para que valoréis y guardéis siempre un profundo recuerdo de vuestra decisión, porque la realidad es que desde que respondisteis afirmativamente a mi pregunta formabais parte de ella. Ahora id al refectorio y comed algo, pues aunque no lo parezca ya es la hora del almuerzo, luego presentaros en la sala capitular, donde conoceréis la historia y fines de la Iglesia y os comunicaremos vuestras obligaciones.

Sin haber asimilado plenamente lo ocurrido, se miraron unos a otros con una sonrisa bailando en su rostro, y se dirigieron al refectorio para reponer fuerzas ya que, en ese momento, se dieron cuenta de la tensión que habían pasado durante la ceremonia.

1.- Bieldo: Instrumento para aventar compuesto de un palo largo, de otro de unos 30 cm de longitud que lo atraviesa en uno de sus extremos, y de otros cuatro o más fijos en este en forma de dientes.

Espero que esta publicación te haya gustado. Si es así pulsa me gusta y si tienes alguna duda, consulta o quieres complementar este post, no dudes en escribir en la zona de comentarios.
Sigueme en: www.elarcadedionisos.es
Spread the love

Deja un comentario