Los caballeros de la Iglesia

Capítulo V – (3)

 

Reunión en el templo

 

Templo de Bajaruvchy

Cuando los tenues resplandores de la aurora comenzaban a disipar la oscuridad de la noche para dar paso a la mañana de un nuevo día, todos los artesanos elegidos el día anterior por el Prelado, se encontraban reunidos a las puertas del templo en espera de que se abrieran, y aunque les habían ordenado que acudieran mediada la mañana, nadie quería llegar el último por temor a que los sacerdotes pensaran que acudían con tibieza a su llamada y esto les acarrease funestas consecuencias. Cuando se abrieron las puertas unos acólitos los acompañaron al interior del recinto, y tras una larga espera, les hicieron entrar en el templo propiamente dicho, donde cada siete días se celebraban las ceremonias de culto en las que Bajaruvchy transmitía sus deseos al pueblo por boca de sus sacerdotes.

El templo estaba formado por tres naves de alto techo abovedado cuyos arcos sustentaban dos hileras de gruesos pilares cuadrados cuyas caras tenían adosadas columnas semicirculares rematadas por un sencillo capitel; al fondo, separado del resto de las naves por una balaustrada de piedra que impedía el paso de los fieles, se elevaba un estrado sobre el que descansaba un inmenso trono repujado en oro con abundantes piedras preciosas, el Trono de Bajaruvchy, cuyas dimensiones permitían sentarse en él un hombre del tamaño de cinco bueyes; solo el Prelado, representante del Dios en el templo, podía sentarse en el trono y cuando lo hacía, su tamaño aumentaba milagrosamente hasta sentarse en él como si estuviera hecho a su medida.

En el amplio espacio existente entre la balaustrada y el estrado había una mesa situada a la izquierda del observador, sobre la que se encontraban varias ánforas de plata que contenían el agua sagrada utilizada en las ceremonias de acogida de nuevas tribus en el seno del culto y en el centro, bajo de una representación del Ojo de Bajaruvchy labrada en la parte superior de la bóveda, una pequeña tarima de piedra. Este ojo, normalmente cerrado, se abría durante las ceremonias de culto y de su pupila emanaba un potente rayo de luz que incidía directamente sobre la tarima. En las ceremonias en que se sometía una nueva tribu al juicio de Bajaruvchy, su primer hombre, en representación de toda la tribu, entraba en ese espacio por una puerta lateral acompañado por dos sacerdotes, quienes, tras verter sobre él el contenido de una de la ánforas para purificarle, le situaban en el centro de la tarima y se retiraban, entonces el Prelado salmodiaba unas palabras ininteligibles y se abría el Ojo de Bajaruvchy iluminando al postulante durante unos instantes; si no sucedía nada, le bajaban de la tarima y salían por la parte opuesta, mientras el Prelado proclamaba que Bajaruvchy consideraba a la tribu justa y aceptaba su fidelidad. Pero si la ceremonia se realizaba para juzgar una tribu que había sido sometida por las armas por negarse a hacerlo voluntariamente, cuando la luz del ojo incidía sobre el primer hombre, éste se inflamaba y ardía con grandes llamaradas; cuando el cuerpo se había consumido completamente, se abría una trampilla oculta en la tarima que hacía desaparecer los restos calcinados del pobre desgraciado, a la vez que el Prelado proclamaba que Bajaruvchy no aceptaba a aquellos pecadores y todos los miembros de la tribu, excepto de las mujeres que, junto con sus rebaños, pasaban a engrosar los bienes del templo, eran exterminados.

Es comprensible, por tanto, el temor que les invadió a todos cuando, al entrar en la basta nave guiados por los acólitos, vieron al Prelado sentado en el trono; apiñados junto a la balaustrada, casi se desmayan al sentir sobre ellos la escrutadora mirada de Rahmsiz, como si éste quisiera entrar en sus mentes dejando al descubierto sus más íntimos pensamientos, y solo fueron capaces de respirar tranquilos cuando, pasado un tiempo que les resultó eterno, el Prelado sonrió y dijo:

—Me alegra comprobar que todos habéis respondido con premura a la llamada de Bajaruvchy, pues no esperaba menos de vosotros.— Estas palabras, pronunciadas en tono severo, calmaron su inquietud y más tranquilos, continuaron escuchando el mensaje del prelado, que continuó —Ya no volveré a dirigirme a vosotros, salvo el las ceremonias del culto, pues todo lo que debáis saber concerniente a vuestro trabajo, os lo comunicaran los sacerdotes responsables del mismo. Si ahora estoy aquí es para comunicaros algo que nadie, salvo yo, puede deciros.

Tras escuchar esto, fue tal la curiosidad que sintieron que creyeron notar como les crecían las orejas, para no perderse ninguna de sus palabras.

A partir de ahora os declaro servidores del templo, no acólitos cuyos deberes son otros, aunque gozaréis de sus mismas prebendas, y como tales servidores solo debéis obediencia a mí mismo y al sacerdote responsable del cumplimento de vuestros objetivos, y solo de él o de mí podéis recibir ordenes en lo referente a vuestro trabajo, nadie más, sea o no sea sacerdote, puede deciros ni ordenaros lo que debéis hacer, y aunque debéis respeto y obediencia a todos los sacerdotes, estos se limitan a las cuestiones de fe; en las cuestiones relacionadas con vuestro trabajo repito, solo nos debéis obediencia al a mí y al sacerdote responsable de vuestro taller y solo a él le comunicaréis los progresos, inconvenientes y necesidades del mismo, procurad no olvidarlo pues la transgresión de esta norma, como la de cualquier otra os acarreará graves consecuencias.Y continuó tras una breve pausa para que grabaran bien sus palabras. Cuando lleguéis a vuestros talleres, el sacerdote responsable, os entregará los correspondientes distintivos que os señalan como servidores del templo y os indicará lo que debéis hacer, ahora id a vuestro trabajo.Tras estas palabras del Prelado salieron del templo y cada grupo, acompañado por un acólito, se dirigió al taller que tenía asignado.

Al poco de llegar a la alfarería, un enorme taller dotado de grandes hornos y múltiples tornos, en el que podían trabajar holgadamente más de ciento cincuenta personas, llegó Murosasiz, el sacerdote bajo cuya autoridad estaban, seguido de un nutrido grupo de mujeres, todas al principio de la madurez, que llevaban el pelo recogido con un pañuelo color ocre. Con un imperioso gesto de su mano el sacerdote las ordenó pasar al taller y señalándolas les dijo:

Estas son las mujeres a las que enseñareis y con las que trabajaréis a partir de ahora; todas saben que os deben total sumisión puesto que sois sus nuevos amos con poder de vida y muerte sobre ellas, y también saben que solo aquellas que os complazcan vivirán y que el resto morirá.Tras decir esto, se acercó a ellos y les colocó unos fajines del mismo color ocre que el pañuelo con que se cubrían las mujeres, y con los bordes del mismo color rojo intenso de su hábito, se los sujetó en la cintura con un broche igual al usado por los acólitos para sujetar sus capas y continuó:

Los fajines representan vuestro estatus en el templo y debéis llevarlos siempre puestos; el color representa vuestro oficio y las franjas blancas de los extremos vuestro rango; el tuyo Kulol que como puedes ver lleva cuatro franjas, indica que eres máximo responsable del taller de alfarería, y el tuyo Soliqchi, con dos franjas blancas, te señala como segundo al mando del taller. Vuestra autoridad dentro de este recinto y sobre cualquier mujer que lleve el pañuelo del color de vuestros fajines, es absoluta y solo deberéis rendir cuentas de lo que hacéis al Prelado a través de mi. Ahora os dejo para que comencéis el trabajo, pues dentro de un mes el taller debe estar a pleno rendimiento, y sin más palabras Murosasiz se marchó.

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