Los caballeros de la Iglesia

Capítulo V – (5)

 

 

Soliqchi ingresa en el ejército

 

Dispuesto a cumplir sus órdenes, Soliqchi abandonó los aposentos del Viceprelado y guiado por un acólito que le esperaba a la puerta, partió hacia donde acampaban las tropas. Al llegar y tras explicar el motivo de su visita a los guardias de la puerta, el acólito le condujo, entre un mar de tiendas que se extendía hasta donde alcanzaba la vista y donde calculó se podían albergar más de diez mil hombres, hasta una tienda, custodiada por dos guardias. En su interior, sentado ante una mesa cubierta de papeles y mapas, se hallaba un sacerdote que al verlos les dijo bruscamente:

¡Decidme que hacéis aquí!.

Vengo a traer al explorador que el Viceprelado B‘rinin ha asignado a este destacamento Respondió sin dilación el acólito en tono humilde pero firme.

Bien, llega antes de lo esperado. Puedes marcharte y transmitir mi agradecimiento al viceprelado— Dijo el sacerdote, que olvidándose del acólito, ordenó a uno de los guardias apostados en el exterior:

—Soldado di al caporal Nayza que venga de inmediato.

No había terminado de abandonar la tienda el acólito, cuando entró el caporal que pregunto al sacerdote:

—¿Que deseáis señor?

Este es el explorador que os faltaba— Dijo señalando a Soliqchi —¿Cuando puedes partir para cumplir misión?

—Mañana con el alba señor; ya está todo preparado y solo esperábamos al explorador— Respondió Nayza.

Pues vete a ultimar los preparativos y partid lo antes posible— Dijo el sacerdote que se desentendió de ellos.

Salieron de la tienda del que, según informó Nayza a Soliqchi, era el comandante de la compañía y se dirigieron hacia las tiendas en las que acampaba el destacamento; durante el trayecto el caporal le preguntó su nombre y porqué le habían elegido para esa misión, a lo que Soliqchi contestó que le había elegido el Viceprelado en persona y le explicó los motivos por los que lo había hecho. También le dijo que B‘rinin le había insistido en que solamente dependía del caporal del destacamento y que solo a él debía informar de sus hallazgos. Esta respuesta fue del agrado de Nayza quien le dijo que si cumplía bien con su trabajo, no tendría ningún problema con él. Cuando llegaron a las tiendas del destacamento Nayza ordenó al primer soldado que encontró en su camino:

—¡Tú!, dale a este hombre el equipo básico y convoca al destacamento, ¡rápido!. ¡Ah! No es necesario que le proporciones armamento completo pues no está acostumbrado a él, con un hacha y una daga bastará.

A la orden caporal. ¡Tú! acompañame— Dijo echando a andar hacia la tienda tienda que hacía las veces de almacén del destacamento, donde entregó a Soliqchi el equipo habitual de los soldados, compuesto por un justillo de cuero cubierto de placas metálicas hábilmente cosidas, unas recias botas de cuero, un ligero capacete de hierro con el interior forrado con un almohadillado de guata, un hacha de combate de ancha y redondeada hoja con un pesado martillo en la parte posterior, una daga con su correspondiente funda, un ancho cinturón de cuero para colgar las armas y una gruesa manta de lana de buey. Cuando terminó de entregarle el material, le ordenó que se equipase y que se reuniera con el caporal mientras él avisaba al resto de la tropa. Una vez reunido el destacamento Nayza señaló a Soliqchi y dijo:

Este es Soliqchi que ha sido designado como nuestro explorador por el Viceprelado. Soliqchi solo debe rendirme a mí cuenta de sus decisiones y solo yo puedo cuestionarlas, por lo que todos, cuando yo no esté presente, seguiréis sus órdenes como si fueran mías o del mismísimo Bajaruvchy. ¿Habéis comprendido?

—Sí caporal—, respondieron como una sola persona.

Entonces preparaos para partir mañana al alba— Terminó el caporal y haciendo un aparte con Soliqchi mientras la tropa cumplía sus órdenes, le dijo:

A pesar de lo que he dicho a los hombres para afianzar tu posición en el destacamento, no tomarás ninguna decisión, salvo las que conciernan a tu labor de explorador, sin antes habérmela consultado. Esto será así hasta que me demuestres tu valía y te ganes mi confianza. ¿Comprendido?

Descuide caporal, así lo haré. No tengo experiencia militar y no serviría bien ni al destacamento ni a Bajaruvchy si no me limitara a mis funciones de explorador, pero en ellas no permitiré intromisiones de ningún tipo por parte de nadie, incluido usted caporal. El viceprelado me ha encomendado una misión y pienso cumplirla por encima de todo y de todos.— Le respondió con aplomo.

Si eso es así Soliqchi, nos llevaremos estupendamente y cumpliremos la misión que tenemos encomendada; juntos encontraremos un camino para que nuestro ejército pueda invadir la tierra de la abundancia al otro lado de las montañas. Ahora vamos a descansar, esta noche lo harás en mi tienda pues no hay tiempo para asignarte otra.

Soliqchi aprovechó la noche para empaquetar las escasas pertenencias con que llegó al campamento y que no pensaba llevarse; entre ellas se encontraba el broche con el emblema de Bajaruvchy que le habían entregado para sujetar la banda al comenzar el nuevo taller, y como desde que lo tenía le había proporcionado suerte decidió llevárselo, pero al no poder prenderlo en el justillo, cortó un trozo de cuero al que sujetó el broche con un intrincado nudo y se lo colgó al cuello. Al día siguiente antes del alba, tal y como estaba previsto, Soliqchi partió con el resto del destacamento rumbo a las montañas, dando comienzo así a una nueva etapa de su azarosa vida.

En el viaje hasta las estribaciones de la cordillera Bealjehkh no ocurrió nada digno de mención, salvo los apuros que paso Soliqchi para mantenerse sobre el poni que le asignaron. Sus años de artesano no le habían preparado para dominar uno de esos caballos de poca alzada, muy veloces y resistentes criados por la tribus de la llanura, cuyo arisco carácter le costó controlar causando las risas del resto de la tropa y la preocupación del caporal por el desarrollo de la misión. Solo cuando llegaron a las estribaciones de la cordillera y demostró que sabía como realizar perfectamente su trabajo, junto con la habilidad que demostró para evitar encuentros indeseados, ya que el conservar la misión en secreto era primordial, cesaron las burlas y la preocupación del caporal.

Todas las mañanas al clarear el día Soliqchi, acompañado por uno o dos soldados que le servían de enlace con el resto del grupo, se adelantaba para explorar los distintos caminos y veredas para localizar el más conveniente para que el ejército alcanzase la cima Por las noches, cuando acampaban, comentaba sus hallazgos con Nayza que anotaba sus características y puntos de referencia en un libro que guardaba celosamente. Por fin y tras muchas idas y venidas por caminos que se presentaban adecuados durante un trecho para terminar en infranqueables barrancos, lograron encontrar una senda propicia que les condujo a la cima de la montaña; contentos por haber completado la primera parte de su misión, acamparon a una legua de la cumbre. A la mañana siguiente, con las primeras luces del alba, levantaron el campamento y atravesaron la montañas, internándose en el espeso bosque que se alzaba ladera abajo; entumecidos y adormilados por el frío imperante a aquella altura ya que no habían encendido fuego esa noche para evitar ser detectados, apenas cruzaron el lindero del bosque, se dieran de manos a boca con tres leñadores que desbrozaban un árbol recién talado.

Ante este inesperado encuentro, Nayza reaccionó inmediatamente y ordeno a sus hombres que les dieran muerte para evitar que delataran su presencia, pero cuando se disponían a cumplir las órdenes, cuatro de ellos, entre los que se encontraba el caporal, cayeron atravesados por certeras flechas salidas de entre los árboles, al tiempo los leñadores atacaban a los soldados más cercanos derribando de forma fulgurante a tres más. La sorpresa que por un momento paralizó al Soliqchi y al resto del grupo, proporcionó el tiempo necesario a los atacantes, a los que se habían unido varios hombres más procedentes del bosque, para eliminar sin problemas a los supervivientes del primer ataque. Soliqchi creyó llegada su última hora cuando uno de los leñadores se enfrentó a él blandiendo una enorme hacha pero, tras mirarle fijamente, el hombre bajó el arma y dijo:

—Bonito amuleto llevas amigo ¿Puedo verlo?

Soliqchi dejando escapar un largo suspiro, bajó del caballo y acercándose lentamente al leñador y le dijo:

—Estoy cansado hermano, muy cansado, por favor llévame a casa.

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