Los caballeros de la Iglesia

Capítulo VI – (2)

 

El relato de Khört

 

El medallón de Skjult

Tras decir esto Erlhènj calló durante unos segundos para poner en orden sus ideas, y continuó: Debéis saber que ya han partido mensajeros para informar al Patriarca de esta amenaza y que la Iglesia pueda estudiar como hacerle frente; pero coordinar nuestros esfuerzos conjuntos llevará un tiempo del que, al parecer, estamos escasos y al estar este convento en el foco de la invasión seremos los primeros en actuar, por lo que es necesario que todos conozcáis desde el principio la cusa que ha propiciado que tengamos noticias de la invasión antes de que se haya producido.

Explicó entonces que desde hacía años, la iglesia había enviado hermanos a establecerse en los reinos situados en las costas más cercanas del océano Sthörhav, únicos países con los que comerciaba la Confederación y que potencialmente podían representar una amenaza para ella, y como la información recabada por estos infiltrados había permitido a la Iglesia evitar varios conflictos entre ellos. Explicó también que los siglos de paz transcurridos habían creado en la Iglesia una falsa sensación de satisfacción y complacencia, de la que se percató al poco tiempo de ser elegido Prior cuando, al examinar unos mapas, cayó en la cuenta de que no sabían nada de las tierras que se extendían más allá de la cordillera Bealjehkh y que en los mapas se denominaban Tierras Ignotas, sin que hubieran hecho nada por remediarlo al creer que debido a la altura y carencia de pasos por los que atravesarla, la cordillera Bealjehkh les proporcionaba seguridad suficiente. Convencido de que aunque sus gentes no representaran una amenaza inmediata, debían saber quienes habitaban aquellas tierras y cual era su cultura, había logrado autorización del Patriarca para que un hermano se estableciese allí e informara de sus descubrimientos. También explicó que para realizar esta misión, había elegido al hermano Skjult por su habilidad para las lenguas, al que envió a mezclarse con ellos y averiguar todo posible sobre como eran esas tierras y las gentes que las habitaban, con instrucciones de evitar cualquier contacto con sus hermanos, salvo que fuese estrictamente necesario y de volver al cabo de doce años al Convento para comunicar sus descubrimientos. Al mismo tiempo envió patrullas que bajo la tapadera de ser grupos de leñadores que proveían de madera al convento, se dispersaron por las montañas vigilando la llegada de posibles mensajes de Skjult. En ese punto el Prior cedió la palabra al hermano Khört quién continuó exponiendo los hechos.

Durante muchos años,dijo Khört, el carretero que había llevado a Jannirèll, Edzàrj y Melhiker al convento no tuvimos noticias de Skjult, lo que no suponía una sorpresa para nosotros pues conocíamos sus instrucciones, por eso me sorprendió que hace cuatro días, al reunirme con uno de los grupos para llevarles provisiones y recoger la madera que habían conseguido, me pidieran que me quedara con ellos ya que desde hacía varios días, venían observando el rastro de un nutrido grupo de gente que parecía tratar de ocultar su presencia, aunque con muy poca habilidad pues estaban dejando múltiples huellas de herraduras que delataban su presencia. Como sabíamos que los escasos grupos familiares que poblaban las montañas no disponían de caballos nos dispersamos y al día siguiente descubrimos a bastante distancia entre los árboles, un grupo de gente armada, encabezado por un explorador que según pudimos observar, actuaba de forma muy extraña. Se notaba que conocía su oficio y que era perfectamente capaz de moverse sin dejar ninguna huella, pero pudimos observar como en varias ocasiones condujo al grupo hacia obvios callejones sin salida que les obligaban a desandar el camino recorrido y buscar un nuevo camino por donde avanzar. En estos casos se cercioraba de no dejar ninguna huella que delatara su presencia, pero cuando el camino permitía un avance continuo, siempre dejaba, de forma al parecer inadvertida, algún rastro indicativo de su paso.

Mientras Khört, que era un gran narrador que sabía como mantener el interés de sus oyentes iba desgranando su historia, crecía el interés que sentían por escucharle e inconscientemente se inclinaban hacia adelante para escucharle mejor, ansiosos por conocer el final.

Cuando el grupo se acercó a nosotros— proseguía Khört —Pudimos apreciar que era un destacamento de soldados perfectamente disciplinado cuyo jefe controlaba con mano firme; solo el explorador que les acompañaba disponía de mucha más libertad, y que aunque su uniforme era el mismo que el del resto de la tropa, de la que se diferenciaba al no llevar más armas que un hacha colgando de la silla y una daga enfundada en el cinturón. Al fijarme bien en él, me llamó poderosamente la atención un extraño medallón

sujeto a una tira de cuero con un por intrincado nudo que le colgaba del cuello; al fijarme bien en él, hice señas a los hermanos y silenciosamente nos retiramos. Una vez ocultos les dije que el el nudo que sujetaba el medallón del explorador le identificaba como jannike, por lo que debía tratarse de Skjult que quería contactar con nosotros, por lo que acordamos que tres de nosotros nos dejaríamos ver para establecer el contacto, mientras el resto se mantendría escondido con las ballestas dispuestas para evitar una posible trampa. Así lo hicimos, dos hermanos más y yo comenzamos a talar árboles, en nuestro papel de leñadores, esperando poder hablar con los soldados, pero el jefe nada más vernos ordeno a los soldados que nos atacasen y no dejaran a nadie con vida, lo que nos obligó a acabar con ellos ya que todos ellos pelearon hasta la muerte sin aceptar rendirse. Al terminar la lucha, me acerqué al hermano Skjult, que nos pidió que le trajéramos a casa, no sin antes indicarnos que recogiéramos las alforjas del caporal, así se denominaba al jefe de la tropa, y comprobásemos si en su interior había un libro de notas y en el caso de no lo encontráramos en ellas, registrásemos el cuerpo y el caballo hasta dar con él. Afortunadamente el libro estaba en las alforjas y tras entregárselas a Skjult y volvimos lo más rápido que pudimos al convento.— Cuando Khört terminó su relato, y antes de que Skjult les hablase de su estancia entre los samoviys, el Prior suspendió el capítulo durante una hora para que comiéran y repusiéran fuerzas, ya que aún les quedaban muchas horas de capítulo por delante.

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