Los caballeros de la Iglesia

Capítulo VIII – (3)

 

 

La convocatoria del Emperador

 

A la mañana siguiente Forsker se levantó antes de que los primeros rayos del sol incidieran en la ventana del cuarto, se enjuagó la cara en una desportillada jofaina situada en una esquina de la modesta habitación para despejar los últimos rastros de sueño y siguiendo una rutina adquirida en sus años como espía y que ya formaba parte de su personalidad, se acercó a la ventana para estudiar el dédalo de callejones que partiendo del ominoso templo, recorrían la ciudad como los radios de una inmensa tela de araña, en busca de posibles vías de escape que le permitieran huir si era descubierto. Cuando estuvo seguro de haber memorizado todos los posibles caminos, bajo al salón y mientras desayunaba unas insípidas gachas acompañadas con un tazón de leche caliente, repasó mentalmente lo observado el día anterior, consciente de que en la mayoría de las ocasiones era el detalle que, por parecer intrascendente, se pasaba por alto era la pieza clave que daba sentido al conjunto de informaciones obtenidas, por lo que no le extrañó el mensaje que recibió antes de acabar el desayuno, en el que el Donark le pedía confirmar personalmente si había movimiento de tropas hacia el sur. Para cumplir estas nuevas instrucciones, Forsker decidió que, tras acudir a la convocatoria del Emperador, vigilaría los cuarteles para observar los movimientos de tropas con la excusa, en caso de ser sorprendido, de que iba a alistarse.

Cuando llegó a la explanada, pues no podía llamarse plaza a aquel descampado arenoso y polvoriento que rodeaba el templo-palacio, se felicitó por su decisión de madrugar para encontrar un buen sitio desde el que poder observar a Bittaga, Emperador de los samoviys y Archiprelado de Bajaruvchy pues, aunque todavía faltaban varias horas para su aparición, ya había una pequeña multitud esperando que no dejaba de aumentar. Tras una aburrida espera que se alargó más de lo previsto, espera que Forsker aprovechó para escuchar las conversaciones de quienes le rodeaban y que según pudo comprobar, giraban en torno a la invasión de los reinos tras las montañas, a los que no daban un nombre concreto refiriéndose a ellos con diversos eufemismos, y en las que quedaba patente el fanatismo y la confianza en conseguir una parte de las riquezas conquistadas. Por fin, cuando la gente que llenaba la explanada comenzaba a dar muestras de impaciencia apareció el Emperador, al que precedía un destacamento de guardias ataviados sobrevestes de color rojo sangre en los que destacaba el Ojo de Bajaruvchy bajo una corona de oro que formaron una barrera delante del estrado.

Bittaga era un hombre de mediana estatura y constitución robusta, en su rostro curtido y cubierto de arrugas, enmarcado por una melena hirsuta y gris que sujetaba una cinta de oro con el Ojo de Bajaruvchy, se notaban las huellas de una vida dura y azarosa. Iba ataviado con un sencillo hábito blanco de anchas mangas y carente de adornos ceñido a la cintura con un ancho cinturón dorado; completaba su atuendo una capa de color púrpura que le cubría los hombros. Tras dejar pasar unos instantes para comprobar el efecto que su aparición había causado entre los allí congregados, Bittaga levantó los brazos y con una voz que podía escucharse en los más recónditos lugares de la plaza, les dijo que el momento de iniciar la invasión estaba cada vez más cerca, que todos debían realizar un último esfuerzo en su preparación y a la vez estar vigilantes y denunciar a aquellos de sus vecinos que se opusieran a ella o mostraran tibieza en acatar los designios de Bajaruvchy ya que no solo eran traidores a su pueblo, eran pecadores que debían recibir el merecido castigo a su pecado.

Atento a lo que sucedía a su alrededror para estudiar las reacciones de la gente, Forsker no había prestado especial atención a la figura del Emperador y solo se fijó en él cuando escuchar su voz, y al hacerlo sintió como desaparecía cuanto le rodeaba, sustituido por una imagen en la que se vio a si mismo atravesando el pecho de aquel hombre con una espada. Conmocionado por esta imagen, tuvo que realizar un tremendo esfuerzo de voluntad para retornar al presente y abandonar la plaza confundido entre la enfervorizada turba que vitoreaba jubilosa al Emperador. Tras comprobar que nadie le le seguía y tras dar multitud de vueltas llegó a la posada, donde pidió a una de las mujeres que atendía el salón que le sirviera un cuenco de leche y se sentó en una mesa tratando de ordenar el cúmulo de emociones que le había invadido al revivir un capítulo de su pasado que daba por enterrado. Cuando, pasado un tiempo logró calmarse y aclarar su ideas, decidió informar al Donark del trascendental descubrimiento que acababa de realizar y abandonar la posada, pues aunque no creía que pudieran localizarle allí era mejor tomar precauciones. Cuando, tras pagar la cuenta y decir al posadero que se marchaba, subió a su habitación para recoger las escasas pertenencias con que viajaba, se llevó una desagradable sorpresa al ver que en ella le esperaban cuatro guardias ataviados con sobrevestes rojos que en cuanto entró le apuntaron con sus ballestas y un sacerdote que dijo sonriente :

Hola Forsker, Traigo recuerdos para ti de parte del Emperador.

Al verse así interpelado, con una mezcla de temor e inocencia, le respondió que se equivocaba, que era un humilde buhonero y que no conocía al tal Forsker, pero el sacerdote le acalló con un gesto de la mano y continuó:

No te molestes en negarlo, tus emociones te han traicionado, las has gritado tan fuerte que para los Eksrutadorlar1 ha resultado un juego de niños localizarte.— Dijo, con una acerada sonrisa, al ver el efecto que sus palabras causaban en Forsker. —Sí, el emperador también se acuerda de ti y lamenta no poder venir a saludarte personalmente, pero otras obligaciones se lo impiden, por lo que me ha encargado a mi saldar la deuda pendiente que tiene contigo.

No bien el sacerdote pronunció estas palabras, los guardias dispararon su ballestas y Forsker cayo herido de muerte, mientras su mente lanzaba un potente grito de frustración al no haber podido informar al Donark del importante descubrimiento que había realizado ese día.

1.- Eksrutadorlar: Plural de Eksrutant, mago con especial capacidad telepática para leer los pensamientos de quien tiene cerca.

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