Los caballeros de la Iglesia

Capítulo IX

 

El Castillo Värdelos

 


Asomada a la ventana de la alcoba, Kerena contemplaba el paisaje que se extendía a sus pies; el invierno llegaba a su fin y solo los picos más altos de los Montes Sawkäria conservaban un blanco manto de nieve que pronto desaparecería con el deshielo primaveral formando violentos e irregulares torrentes cuyas aguas regarían los profundos valles dando vida a los extensos viñedos plantados en ellos, con cuyas uvas, vendimiadas después de las primeras heladas, producían el icewine o vino de hielo, base de la fortuna de su esposo Sörjendèll, actual conde de Värdelos. Karena se sentía feliz ya que, tras varios años de embarazos malogrados, gracias a los cuidados de Smilla, faltaban pocos días para que diera a luz a su primogénito y cumplir así la mayor ilusión de Sörjendèll, tener un heredero que perpetuara el linaje de los Värdelos.

El linaje Värdelos había perdido gran parte de su prestigio cuando Medvetslös, el hijo menor del difunto conde, se unió al príncipe Ambitiös en su intento de arrebatar el trono de Dönhar a su padre el rey Försiktig. La conocida como Rebelión de los Segundones, terminó con la desaparición de Ambitiös, tras ser herido de muerte por un soldado anónimo cuando luchaba para conquistar el palacio y Medvetslös hecho prisionero y condenado a muerte por traición. Estos hechos afectaron profundamente a Sörjendèll que estaba muy unido a su hermano menor, y le obligaron a abandonar la corte y retirarse a sus posesiones en los Sawkäria. Karena pensaba que la llegada de este hijo llenaría el hueco que Medvetslös había dejado en el corazón de su esposo y acabaría con la tristeza que como una sombra, veía siempre en sus ojos, y como si este pensamiento fuera la señal que esperaba el destino, Karena sintió fuertes contracciones y presa del miedo a causa de sus anteriores experiencias, ordenó a una de sus doncellas que corriera en busca de Smilla mientras se dejaba caer en un diván próximo a la ventana desde la que miraba el paisaje. Al poco tiempo entraba Smilla en la alcoba, seguida de un preocupado Sörjendèll.

—¿Que le ocurre a mi esposa Smilla?— Preguntó el conde preocupado.

—Lo que estábamos esperando mi señor, que está a punto de daros un heredero— respondió la partera mientras empujaba con delicadeza al conde fuera de la habitación, al tiempo que le decía —Esperad tranquilo fuera mientras la naturaleza sigue su curso y las mujeres nos encargamos de ayudar a venir al mundo a vuestro hijo— Y cerrando la puerta en las narices del sorprendido conde, comenzó a dar órdenes a las sonrientes damas que atendían a la condesa. Tras un tiempo que al nervioso e impaciente padre se le antojó eterno, un potente llanto atravesó las cerradas puertas, e instantes después salió una sonriente Smilla que dijo al atribulado conde que era padre de un niño sano y fuerte.

A los pocos días, mientras el conde, en cuyo rostro se reflejaban los efectos de las numerosas libaciones que el acontecimiento había provocado, estaba reunido en la biblioteca con un grupo de amigos que acababan de llegar al castillo para felicitarle por su reciente paternidad, Smilla charlaba con Karena en la alcoba mientras el bebé dormía plácidamente.

—¿Habéis pensado ya el nombre que le vais a poner mi señora?— Preguntó Smilla.

—No lo hemos pensado aun, creo que a mi esposo le gustaría que se llamara Medvetslös, como su difunto hermano, aunque por las causas que la provocaron, quizás prefiera que se llame Jasoisä como su abuelo— Respondió Karena.

En ese momento en niño se removió inquieto en la cuna, clara indicación de que en breves instantes se despertaría solicitando su comida, y Karena pidió a Smilla que avivara el fuego de la gran chimenea que calentaba la estancia, que en el transcurso de la conversación había quedado había quedado reducido a algunas brasas. Cuando Smilla se acercó al hogar para reavivar el fuego escuchó la voz del conde y sorprendida volvió la cabeza, pero en la habitación solo se encontraban Kerena y el bebé, por lo que pensando que eran imaginaciones suyas, se reclinó de nuevo sobre el hogar y de nuevo volvió a escuchar voces, esta vez desconocidas que mantenían una conversación con Sörjendèll.

Cayó entonces en la cuenta de que las voces provenían de la biblioteca del conde, que situada en la planta inferior, debajo de la alcoba de Karena, se comunicaba con esta a través del tiro de la chimenea. Averiguado el misterio de la voces, avivó el fuego y pidió permiso a Kerena para abandonar la estancia mientras amamantaba al bebé y bajó al piso inferior donde llamó suavemente a la puerta de la biblioteca que abrió el conde en persona.

¡Ah eres tú Smilla! Pasa, pasa— dijo Sörjendèll sonriendo alegremente —¿Como se encuentran mi esposa y mi hijo?

Bien, tal y como cabía esperar, ya han pasado los momentos de peligro y a partir de ahora las cosas seguirán su curso normal— Respondió Smilla y prosiguió: —Os pido perdón mi señor, no sabía que estabais reunido, hablaré con vos cuando acabéis.

Ni mucho menos Smilla, la casa Värdelos te debe mucho y sus puertas siempre estarán abiertas para ti. Esta es una reunión de viejos amigos que recuerdan pasadas aventuras. Así que dime, ¿que puedo hacer por ti?

Venía a pediros licencia para abandonar el castillo y reincorporarme a mis tareas en Kommerbyen, mi presencia aquí ya no es necesaria y allí hay gente que me necesita.

—Tienes razón Smilla, bastante hemos abusado ya de ti. No te preocupes, mañana a primera hora uno de mis hombres te llevará a la ciudad.

A la mañana siguiente, tras despedirse del conde y su esposa quienes, aparte de pagar con largueza sus servicios le hicieron valiosos regalos, un hombre de la casa la llevó a su hogar en una pequeña carretela. Al llegar se despidió del sirviente del conde, y tras dejar su ligero equipaje y los regalos recibidos de los condes, se encaminó sin pérdida de tiempo al cenobio que los clariones tenían en la ciudad. Una vez allí y tras hacer una imperceptible seña al hermano portero, entro en el templo donde permaneció largo tiempo meditando. Cuando abandonó el recinto dedicado a Jötnar y antes de que saliera del cenobio, se le acercó uno de los hermanos y le preguntó si, antes de marcharse, podía acompañarle para examinar al Prior que llevaba tiempo sufriendo fuertes dolores de estómago, petición a la que Smilla accedió sin vacilar.

Cuando llegaron a celda en que la esperaba, el prior se puso deferentemente en pie (como la mayoría de las mujeres dedicadas a la medicina, Smilla pertenecía a la orden de las Hermanas Lhäkninj cuyos miembros gozaban del respeto y la confianza de todos) y le dijo:

Me alegro de verte Smilla, dime ¿en que podemos ayudarte?

Como bien sabes Prior, he pasado estos últimos meses en el castillo Värdelos para que no se malograse el embarazo de Kerena, la esposa del conde, que se presentaba difícil debido a la constitución de la madre y a los daños causados por los abortos que había sufrido anteriormente, embarazo que felizmente ha llegado a buen término.

Si, ya me enteré del nacimiento del heredero del conde, hecho que ha causado gran alegría en la comarca, donde Sörjendèll es muy apreciado Dijo el Prior.

Durante ese tiempo apenas mantuve contacto con el exterior del castillo, ya que no me atrevía a alejarme de la condesa por temor a que, en cualquier momento, surgiera una complicación que pusiera en riesgo su vida o la del bebé, y solo salía del castillo para ir en busca de las hierbas medicinales que necesitaba. En una de esas salidas, me encontré casualmente con una hermana que me puso al corriente los últimos acontecimientos y me pidió que informase al Consejo Skulek de cualquier hecho, por trivial que me pareciese, que se saliera de la rutina habitual. Por eso vengo a pedirte que hagas llegar un mensaje al Consejo.

Entonces Smilla relató al prior las circunstancias en las que había escuchado la conversación mantenida por el conde Värdelos con varios nobles amigos suyos, comentando que la salud del rey Försiktig empeoraba a pasos agigantados y que en breve plazo se produciría su fallecimiento, hecho que debía comunicarse inmediatamente a su común amigo para que estuviera preparado actuar, a lo que el conde respondió que aunque el nacimiento de su hijo le impedía abandonar el castillo en esos momentos sin levantar sospechas, todo estaba previsto y ya había enviado un mensaje informándole de la situación, camuflado en una partida del vino que tan generosamente, su amigo le compraba. Smilla terminó diciendo que desgraciadamente no pudo enterarse de más, pues si seguía escuchando corría el riesgo de salir chamuscada.

Desde luego resulta una conversación extraña. Sörjendèll realiza la mayor parte de su comercio de vino con los países de Makkhötsatt, situados al otro lado del estrecho de Markhav y resulta extraño que allí se interesen por la salud del rey de DönharDijo pensativo el Prior mientras preparaba un mensaje con la información que acababa de proporcionarle la sanadora, información a la que añadió sus propias consideraciones. Cuando, tras releerlo un par de veces, quedó satisfecho de su contenido, se lo entregó al hermano que había llevado a Smilla a su celda, para que lo enviase al Consejo Skulek y dando las gracias a Smilla por su diligencia, le preguntó con gesto de dolor:

¿Podrías darme algo para mitigar este lumbago que me está matando Smilla?

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