Los caballeros de la Iglesia

Capítulo X – (4)

 

El cofre

 


Cuando acabó de cenar Jannirèll decidió dar un paseo por los jardines y dejó vagar libremente sus pensamientos, mientras contemplaba la esplendorosa luna llena que brillaba en el cielo tachonado de estrellas. Se encontraban a finales del invierno y pronto llegaría la primavera, y con ella las lluvias que fundirían las últimas nieves acumuladas en las montañas, por cuyas laderas bajarían embravecidos torrentes de agua que empaparían la sedienta tierra permitiendo que germinaran la cosechas. Invadido por una paz interior que hacía tiempo no sentía, Jannirèll respiró profundamente el frío aire de la noche y al observar el espeso vaho que salía de su boca, parecido al humo de un dragón, recordó las historias de magos, dragones y damiselas en apuros que le contaba Brinja, la cocinera de la hacienda de sus padres, durante su infancia cuando soñaba en convertirse en caballero. Bendita inocencia la de aquellos años, en los que su única preocupación consistía en eludir los trabajos que le encomendaban sus padres sin ganarse un castigo por ello, penso Jannirèll y en ese momento fue consciente de que su estancia, primero en el cenobio de Zaromba y luego en el Convento del Valle, había transformando al crío introvertido y soñador preocupado solo por satisfacer sus caprichos y eludir sus responsabilidades, en un joven que dando lo mejor de si mismo, trabajaba junto a sus hermanos para evitar el desastre que se les venía encima, del que sus padres se sentirían orgullosos. El recuerdo de sus padres le hizo sentir una punzada de culpabilidad, al darse cuenta de que desde el día en que su padre Jannik le dejó a las puertas del cenobio hacía más de nueve años, apenas había pensado en ellos. ¿Como estaría su familia?, ¿creerían que había muerto tras tantos años sin tener noticias suyas?. Este pensamiento hizo que sintiera un profundo deseo de verlos y saber de ellos, por lo que decidió que aunque no fuese el momento más oportuno, consultaría con Erlhènj como podía remediar esa situación y ya con la mente despejada, se encaminó a su celda donde se sumió en un profundo y reparador sueño.

A la mañana siguiente, tras tomar un copioso desayuno que realmente necesitaba, acompañado por Vegard y Leserènj, se dirigió a la reunión del Donark, en la que se debatirían los distintos informes solicitados por el Gran Maestre en la sesión anterior. El primero en intervenir fue BhØrsemaker, Maestre de los Hadar, quien les informó de que contaban con una fuerza de quince mil caballeros de los cuales, dos mil se habían enviado al convento de Förlust y ocho mil se encontraban en el valle reforzando su entrenamiento, los cinco mil caballeros restantes estaban repartidos por los distintos reinos de la Confederación, prestos a acudir allá donde fueran necesarios. A continuación Bhörje, Maestre de los Leverantörer, les informó de que no habría problemas para aprovisionar las tropas, ya que la Iglesia disponía de la mayor parte de los avituallamientos necesarios. Cuando llegó su turno, Jannirèll presentó el informe preparado la noche anterior por Leserènj tras revisar, a la luz de los últimos conocimientos, los informes recibidos de Dönhar, informe sobre cuyas conclusiones fueron ampliamente interrogados. El último en intervenir fué TrØllkarl, que habló durante largo tiempo sobre los resultados obtenidos en sus investigaciones.

El Maestre de los Bahudier expuso que, en la búsqueda exhaustiva de información que estaban realizando en la biblioteca, al revisar libros de distintas épocas que versaban sobre temas de ilusionismo básico y alertaban de los peligros a que se exponía aquel que hacía un uso innecesario de la magia, (libros que solo se leían al comenzar los estudios de magia), se habían encontrado en ellos vagas referencias a unos tratados en los que estaban recopilados los conocimientos de los grandes magos de la antigüedad, conocimientos que se daban por perdidos desde hacía cientos de años. Alentados por la mención de la posible existencia de estos tratados y con la vaga esperanza de hallar referencias más concretas que les condujeran hasta ellos, revisaron los más profundos rincones de la biblioteca y dieron con un pequeño cofre cubierto de polvo y telarañas que, oculto tras un rimero de tomos polvorientos y muy deteriorados, no debía haberse abierto en cientos de años. En su interior, envuelto en papel encerado para protegerlo de la humedad, hallaron un pequeño códice en el que se mencionaban cincuenta volúmenes que la Iglesia mantenía ocultos a ojos del mundo en un lugar secreto creado específicamente para ello, que contenían todo el saber mágico de los antiguos. El secreto de su ubicación solo era conocido por el Patriarca de la Iglesia y el Bibliotecario del Palacio Patriarcal, quienes habían jurado mantenerla en secreto y solo si el Donark lo solicitaba por existir un peligro extremo que amenazase la Confederación, comunicársela a la persona o personas que ellos considerasen dignas de acceder a esos conocimientos.

El hecho de que la Iglesia hubiera contravenido durante siglos una de sus más estrictas normas, confiando solo a dos de sus miembros la existencia de los tratados ocultándola al resto, sorprendió a todos y dio pié a una discusión que fue rápidamente interrumpida por Erlhènj, quien haciendo hincapié en el hecho de que aún les quedaban este y otros temas por tratar, y de que sol ya había rebasado el medio día, suspendió temporalmente la reunión que se reanudaría a primera hora de la tarde, momento que aprovechó Jannirèll para hacer un aparte con él y decirle:

—Erlhènj, ¿puedo comentar contigo algo que me preocupa?— El tono informal empleado por Jannirèll debía haber dado una pista al Gran Maestre de que no se trataba de un tema referente a lo tratado en la reunión del Consejo, pero sumido en sus pensamientos no se percató de ello y le dijo con gesto cansado.

—Si es algo referente a lo tratado en la reunión Jannirèll, preferiría que que lo hicieras ante todos esta tarde.

—No, es una cuestión personal, aunque no es urgente y podemos hablarlo en otro momento si estás cansado.— Respondió Jannirèll.

—Entonces hablame de ello mientras comemos.— dijo Erlhènj —Te necesito con la mente despejada y libre de preocupaciones.

Ya en el refectorio, tomaron unos platos de guiso de verduras acompañado de unos trozos de pan y buscaron una mesa libre para sentarse, en lugar de hacerlo compartiendo mesa con otros hermanos como tenían por costumbre, lo que sorprendió al resto de los miembros del Donark que se repartieron por otras mesas respetando su deseo de intimidad.

—Dime que te preocupa Jannirèll.— le dijo Erlhènj una vez sentados.

—Verás Erlhènj, hace ya diez años que abandoné la casa de mis padres para entrar en el cenobio de Zaromba donde pasé cuatro años y del cenobio me trajisteis directamente aquí sin previo aviso, hace de eso ya seis años. Durante todo este tiempo no he tenido noticias de mi familia, ni ellos han tenido noticias mías. Durante ese tiempo mi vida ha sufrido tantos cambios que apenas he pensado en ellos, pero anoche cuando salí a pasear al jardín para despejar la cabeza, me di cuenta de que casi los había olvidado y de que deben estar muy preocupados al no tener noticias mías. Por eso quería saber si hay alguna forma de tranquilizarlos y saber como se encuentran.

—Perdóname Jannirèll, eso ha sido culpa mía. Estaba a punto de hablarte de ello pues ya había llegado el momento de hacerlo, pero los últimos acontecimientos me han obligado a posponerlo. De este y otros muchos temas debemos hablar largo y tendido, pero eso tendrá que ser en otra ocasión, por ahora solo te diré para tu tranquilidad que tus padres han estado informados sobre ti en todo momento, y que están orgullosos de tu decisión y tus progresos— le dijo Erlhènj.

—Gracias Erlhènj, eso me deja más tranquilo.— Dijo Jannirèll, sintiendo que se le quitaba un peso de encima.

—No pensarías que la Iglesia iba a permitir el sufrimiento de las familias de aquellos que forman parte de ella, ¿verdad?— Dijo con tono socarrón Erlhènj. —Y perdona que te corrija en un punto, no llevas con notros seis, sino siete años que se cumplen precisamente mañana. Y ahora volvamos al trabajo que desgraciadamente, aun nos queda mucho por decidir.

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