Los caballeros de la Iglesia

 

Capítulo XI

 

El viaje a Hämnstaj

 

Ruta seguida en el viaje

No le costó mucho a TrØllkarl seleccionar a quienes acompañarían a Jannirèll en busca de los tratados, pues como había dicho en el Donark debían ser los mejores magos de que disponían, por lo que eligió a Edzàrj, Jörgenj y Ghörann, y aunque hubiera deseado que también fuese Melhiker, comprendía que por sus especiales dotes, su presencia en el Donark era imprescindible en aquellos momentos. También formaría parte del grupo Bokorm, el bibliotecario que encontró la mención a los libros y su ubicación quien, aunque no estaba especialmente dotado para la magia, poseía un especial instinto para localizar libros ocultos que podía resultarles de utilidad. Una vez decidido quienes serían los responsables de realizar la búsqueda, Melhiker se dio cuenta de que el poco tiempo de que disponían y el elevado número de viajeros iba a dificultar en gran manera organizar el viaje de forma discreta y sin que llamara la atención, algo imprescindible si, como pensaban, el enemigo tenía ojos y oídos en la Confederación.

En condiciones normales, se tardaban más de tres meses en cubrir las ochocientas leguas1 que separaban el Convento de la capital de Dönhar, tiempo del que claramente no disponían2, y aunque la solución para reducir a la mitad la duración del viaje3, era fácil, pues bastaba con llevar varios caballos de refresco, que permitieran a los viajeros cambiar de montura cuando esta se cansaba, lo que ya no resultaba tan fácil a Melhiker, era encontrar una tapadera que conjugara el relativamente elevado número de componentes de la expedición, con la elevada velocidad con que debían viajar, pues aunque era corriente ver hermanos en los caminos, generalmente iban solos o en grupos de dos o tres como máximo y siempre sin prisas, por lo que un grupo numeroso y que viajara con rapidez, llamaría poderosamente la atención. Tras dar muchas vueltas al problema sin hallar una solución aceptable, decidió consultar con el hermano Mhälinj quien, debido a su experiencia como organizador de las caravanas de grano que el Convento enviaba al mercado, sería el encargado de la dirección del viaje. Mhälinj, tras escuchar sus necesidades y tras relizarle diversas preguntas para estar seguro de conocerlas, le propuso que simularan ser una de las numerosas compañías de mercenarios de entre cinco y diez individuos, que en aquella época del año previa a la cosecha, era frecuente ver galopar entre las ciudades de los distintos reinos, en busca de contratos para escoltar las caravanas que los comerciantes de grano enviaban a los distintos mercados. Por fin, solucionado el asunto de la tapadera, y tras de incluir en la expedición a Kontakt, hermano especialmente dotado para la telepatía, para agilizar las comunicaciones con el Convento, se ultimaron los preparativos y dos días después, Jannirèll y sus compañeros partieron camino de Hämnstaj.

Poco hay que resaltar sobre lo ocurrido en el viaje, salvo la sorpresa que produjo a los jóvenes viajeros, acostumbrados como estaban a la monotonía en el vestir y relativo silencio del convento, el ver las calles de las aldeas por donde pasaban llenas de gente ataviada con coloridas ropas en medio de una gran algarabía. Pero lo que más impacto causó en Jannirèll fue la abundancia de mujeres; allá donde mirase había mujeres, algunas le recordaban a su madre por su madurez y serenidad, otras, regordetas y con los mofletes colorados con pinta de estar siempre atareadas, le recordaron a Brynja, la cocinera de la hacienda de sus padres, que quedaría muy sorprendida si supiera que se había convertido en uno de aquellos caballeros magos que poblaban las historias que le contaba de niño, aunque las que más le llamaron la atención fueron las jóvenes, altas, bajas, rubias, morenas, gordas, delgadas, todo un ramillete de mujeres jóvenes que le recordaron los tiempos en que junto con Edzàrj y otros compañeros se escapaba del cenobio de Zaromba para tontear con las mozas de la aldea y que despertaron en él sensaciones que creía olvidadas.

Cuando al finalizar la jornada llegaron al cenobio en que pasarían la noche, Janniréll que no había dejado de dar vueltas a los sentimientos que se habían despertado en él a la vista de las mujeres, y al darse cuenta de que desconocía la postura de la Iglesia en estos temas decidió consultarlos con el rector del cenobio, por lo que fue en su busca y tras preguntarle si podía consultarle sobre un tema relacionado con la disciplina de la Iglesia que le planteaba dudas, a lo que el rector accedió con una sonrisa, le dijo:

Verás hermano, desde que era un niño no he salido al mundo hasta ahora, primero en el cenobio y después en el convento, he llevando una vida que me satisfacía plenamente; pero en este viaje se han despertado en mi unos sentimientos de atracción hacia las mujeres que creía olvidados.

—¿Y que problema te plantean esos sentimientos para con la Iglesia Jannirèll?

Pues que desconozco la postura que la Iglesia mantiene frente al celibato, y debido a la confianza que esta ha depositado en mí, temo que en un futuro, pueda plantearse un conflicto de intereses.

Me sorprende tu pregunta y te agradezco la confianza que depositas en mí al hacérmela. Este es un tema que se explica a todos los recién llegados cuando alcanzan la edad necesaria y preguntan sobre él a sus preceptores,— dijo el rector —por lo que tratare de responderte de la forma más clara posible, pues conlleva unas implicaciones que es necesario entender. En principio la Iglesia no tiene ninguna norma en relación con el celibato.

Ante el gesto de estupor de Jannirèll al escuchar tan tajante afirmación, el rector le aclaró.

Este es un asunto que solo concierne al interesado que decidirá conforme a sus intereses. Llegado el caso en que decidiese contraer matrimonio, la Iglesia le asignaría, en base a sus capacidades y a su nuevo estado, una tarea que le permita desarrollar su vida fuera del convento sin necesidad de vestir el hábito.

Janniréll dio las gracias al rector por aclarar sus dudas y se retiró a descansar pensando en la jornada del día siguiente, en la que continuaron viaje ciñéndose a una monótona rutina consistente en largas jornadas a caballo que duraban desde el alba hasta el anochecer, realizando solo breves paradas para dar descanso a los animales. Si la caída de la noche les pillaba cerca de un cenobio o convento, aprovechaban la ocasión para cambiar sus monturas por otras frescas y cenar en el refectorio junto al resto de los hermanos; pero si la noche les pillaba en pleno campo, lo que ocurría con más frecuencia, tras desensillar los caballos y tomar la única comida caliente del día, compuesta generalmente de carne asada, pan, queso y fruta, pasaban la noche al raso, reanudando el camino antes de que aparecieran los primeros rayos del sol por el horizonte.

1.- Legua: distancia equivalente a unos 4,5 Km.

2.- Un caballo cargado puede recorrer una distancia de 30 Km al día.

3.- Este sistema, utilizado por los mongoles, les permitía recorrer entre 80 y 110 Km diarios.

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