Los caballeros de la Iglesia

 

Capítulo XII – (2)

 

 

En las profundidades del Monasterio

 

Bokorm, agradecido por la confianza que habían depositado en él, decidió que lo primero que debían hacer era definir las preguntas que les suscitaba la lectura del pergamino y a continuación, analizar sistemáticamente, tanto el texto como el propio pergamino, en busca de indicios que les proporcionaran la respuesta a estas preguntas, pero al cabo de ocho días de concienzudo análisis, estaban tan lejos de resolver el enigma como al principio. Debilitados por la sed y el hambre que habían comenzado a causar estragos en sus cuerpos, (las escasas provisiones proporcionadas por Velger se agotaron el tercer día, a pesar del estricto racionamiento al que las sometieron) y desanimados por los continuos fracasos de sus pesquisas, veían cada vez más difícil alcanzar el Tratado y, sin ser conscientes de ello, comenzaban a aceptar resignados el destino que les esperaba si no lo conseguían.

Agotados por los infructuosos esfuerzos del día, cayeron en una especie de trance en el que su subconsciente no paraba de buscar respuestas, en su afán de resolver el enigma. “El auténtico significado de un enigma no suele ser el más obvio…” “Dice que debemos renunciar a nuestra vida, no sacrificarla, si no entregarla a nuestros hermanos…” “¿Como podemos hacer eso?…” “¿Que quiere decir con entregar?…” Pensamientos como estos revoloteaban en sus mentes que continuaban luchando para encontrar la solución del problema, aunque cada vez con más frecuencia sufrían alucinaciones en las que se veían como una oruga que, tras convertirse en crisálida, terminaba siendo una bella mariposa.

Entre tanto, en el Paso del Sur a mucha distancia de Hämnstaj, Vhaktpost contemplaba admirado las grandiosas montañas que formaban la cordillera Bealjerhkh, mientras se encaminaba a la pequeña aldea situada a escasa distancia de la entrada del Paso, si aldea podía llamarse al conjunto de pequeñas granjas familiares que cultivaban mujeres y niños, mientras los hombres cortaban leña en las estribaciones de la cordillera, leña que intercambiaban en la cercana ciudad de Förlust por los productos manufacturados que necesitaban, tales como telas, aperos de labranza o cacharros de cocina. Sus habitantes, gente sencilla y afable que prefería la libertad que les conferían las montañas a la organizada vida de la ciudad, eran sumamente hospitalarios, de sonrisa fácil y dados a la charla y al buen humor, por los que Vhaktpost sentía un gran aprecio.

El hermano Vhaktpost era un joven sensible, diestro en el manejo de las armas, y uno de los mejores jinetes del contingente de hadar que el Donark había trasladado desde Ljuststad, en las llanuras centrales de Ganestria, al convento de Förlust, para prevenir un ataque samoviy a través del Paso, tal y como hacían temer los informes obtenidos por el difunto hermano Forsker. Destinado en el escuadrón que vigilaba el paso camuflado como un inofensivo grupo de leñadores, iba en esos momentos camino de la aldea para cambiar los haces de leña que había cortado el destacamento, por el agua y alimentos que necesitaban para proseguir con la vigilancia. Inesperadamente, el rucio que cargaba la leña y que hasta entonces le había seguido mansamente se detuvo, lo que provocó un inesperado tirón del ronzal que sacó a Vhaktpost del ensueño en que estaba sumido. —¿Que le pasa ahora a este bicho?— Se preguntó y tiró con todas sus fuerzas del ronzal en un vano intento de que el animal reanudase la marcha, pero el asno, con las orejas inhiestas y los ollares dilatados, clavó firmemente las patas en la tierra negándose a continuar. Cuando tras ímprobos esfuerzos consiguió hacer caminar de nuevo al renuente asno, estaba bien entrada la noche y Vhaktpost vio en la lejanía que la pequeña aldea estaba iluminada por brillantes hogueras, lo que le hizo pensar que estaban celebrando, una boda o un nacimiento.

Cerca ya de su destino, Vhaktpost se dio cuenta de que algo no encajaba y aunque no lograba definir que era, le invadió una vaga sensación de desastre que se vio incrementada cuando cayo en la cuenta de que eran el sepulcral silencio de la noche y el intenso hedor que flotaba en el ambiente, lo que estaba fuera de lugar. Acuciado por el temor de que hubiera ocurrido alguna desgracia, soltó el ronzal del asno y corrió hacia la aldea para averiguar que había ocurrido. Cuando jadeante y sin aliento llegó a la aldea, apareció ante sus ojos una escena de violencia y destrucción que le resultó imposible asumir emocionalmente. Ante él, en posturas grotescas e iluminados por el fuego de los violentos incendios que consumían casas y campos, vio los cadáveres bárbaramente mutilados de sus habitantes. Hombres, mujeres y niños yacían esparcidos por las calles en una orgía de destrucción de la que nada se había salvado, pues incluso los escasos animales que poseían esas pobres gentes, habían sido masacrados y abandonados para servir de festín a los carroñeros. Al observar aquella espeluznante escena e incapaz de comprender aquella destrucción sin sentido que parecía haber sido realizada por el mero placer de hacer daño, Vhaktpost se vio sacudido por violentos sollozos al tiempo que un fuerte dolor en el pecho que pareció romperle el corazón, le sumó misericordiosamente en estado catatónico.

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