Los caballeros de la Iglesia

Capítulo XIX (2)

 

Jannirèll y Skjult

 

Distintivo de los eksrutadorlar

Al terminar la cena Soliqchi volvió a su habitación y se tumbó en el modesto catre junto a cuya cabecera, sobre un taburete, una casi consumida vela, iluminaba el cuarto. Cuando se disponía a apagarla, vio sobresaltado que, sentado en una silla frente al catre se encontraba un buhonero, en cuya presencia no había reparado hasta ese momento, que le miraba fijamente. Un torbellino de preguntas, ¿quién era el buhonero?, ¿cuánto tiempo llevaba allí?, ¿cómo había entrado?, ¿por qué no se había percatado de su presencia?, pasó en un momento por su cabeza al tiempo que, de forma instintiva, se incorporaba para alcanzar la espada que colgaba de un gancho junto al catre. Aunque sus intenciones estaban claras, el desconocido no hizo nada para evitar que empuñase el arma y permaneció inmóvil sin dejar de mirarle, pero cuando su mano tocó la empuñadura de la espada, el universo pareció desplazarse hacia un lado y su mano cayó colgando inerte a un costado, al tiempo que el desconocido le decía:

—Bienvenido de nuevo entre nosotros hermano Skjult, la prolongada falta de noticias tuyas nos hizo temer que te hubiese ocurrido alguna desgracia, y me alegra comprobar que nuestros temores eran infundados.

¡Skjult!, ¡él era el hermano Skjult de la orden de los Jannikes!, pero también era el qo’mondon Soliqchi, un fiel servidor de Bajaruvchy. Aturdido por esta realidad que no comprendía, se sentó en la cama y dijo:

—Perdóname hermano, ahora que creo reconocerte del Convento del Valle, pero estoy confuso y no recuerdo tu nombre.

—No te preocupes por eso, es normal que no me recuerdes, pues apenas intercambiamos unas breves palabras antes de que abandonaras el Convento para volver aquí de nuevo. Soy el hermano Jannirèll y por lo que he podido comprobar tenemos mucho de qué hablar y hay muchas explicaciones pendientes, así que tranquilízate pues nos espera una larga noche.— Respondió Jannirèll.

Skjult se tumbó en la cama, presa de fuertes temblores y empapado por un sudor frío, tratando de poner en orden sus pensamientos que por una parte, le decían que era Skjult, hermano de la Orden de los Jannikes enviado por el prior Erlhènj como espía a las Tierras Ignotas, hacía ya más de once años, y por otra, que era Soliqchi, qo’mondon del ejército samoviy que había ordenado que azotaran a una mujer por haberse atrevido a tocarle y no satisfacerle más tarde en la cama. El hecho de que en su interior convivieran dos personas tan diferentes le estaba volviendo loco.

Jannirèll que le observaba en silencio, fue consciente de la confusión que sentía al no ser capaz de asimilar los hechos y en un tono que rezumaba comprensión, le dijo:

—Tranquilízate hermano, lo que te ocurre es normal dada la situación en que estás viviendo.

Le explicó entonces que el miedo a ser descubierto por los eksrutadorlar (unas figuras que destacaban en su mente por el terror les tenía), le había obligado a relegar su auténtica personalidad al más profundo rincón de su mente, protegiéndola con un hechizo que impedía que fuera descubierta y potenciaba a la vez la personalidad de Soliqchi. Lo que no podía suponer es que ese hechizo impedía también que él pudiese acceder a esa parte de su personalidad, por lo que solo podía actuar como lo haría Soliqchi. Tras comprender lo que le había ocurrido, Skjult suspiró aliviado y dijo a Jannirèll:

— Ahora entiendo lo que me ha ocurrido y me he quitado un terrible peso de encima, pero… ¿Por qué no te he visto hasta ahora, si ya estabas aquí cuando entré, y por el constante temor en que vivimos todos nosotros, reviso concienzudamente el cuarto antes de acostarme buscando posibles espías?

—En realidad me viste, pero gracias a un hechizo que hace que parezca intrascendente a ojos de quien me mira, inmediatamente olvidaste mi presencia.

—Creo que durante el tiempo en que he estado alejado de vosotros, han ocurrido muchas cosa que desconozco y de las que tienes que ponerme al día, pero antes tengo que comunicarte los auténticos planes del enemigo, para que podáis contrarrestarlos.

—Tienes razón Skjult, pero antes es de vital importancia que te transmita una serie de conocimientos que necesitas para realizar tu misión sin correr ningún riesgo, tales como encapsular una parte de tu mente para que nadie pueda acceder a la misma sin perder contacto con ella, o como transmitir tus informes sin riesgo de ser descubierto, y para poder hacerlo necesito de tu consentimiento y tu plena colaboración.

Skjult hizo un gesto de asentimiento, e intentó decir algo cuando fue interrumpido por Jannirèll. —No te apresures a responder antes de saber que voy a pedirte, ya que debes ser plenamente consciente de lo que ello supone pues, para poder proporcionarte estos conocimientos, tengo que fundir mi mente con la tuya y al hacerlo conoceré tus más íntimos y oscuros secretos.

Skjult se quedó un instante pensativo tras los cuales dijo: —Hermano, sé que si quisieras conocer mis más íntimos secretos podrías hacerlo sin mi consentimiento, incluso podrías modificar mis pensamientos sin que yo fuera consciente de ello. ¿Por qué me pides mi colaboración y confianza si no la necesitas?.

—En eso te equivocas hermano— le dijo Jannirèll y continuó, —aunque es cierto que podría hacerlo, no sería ético. Además tu mente se revelaría contra la intrusión y rechazaría lo que quiero transmitirte, por lo que debería forzarte a aceptarlo y eso crearía en ti un conflicto que tendría consecuencias insospechadas, y lo que pretendo es que seas plenamente consciente de los conocimientos que te quiero transmitir y los aceptes voluntariamente para que formen parte de ti durante el resto de tu vida, y para eso es preciso que confíes plenamente en mí y tu entrega sea total.

Skjult miró a Jannirèll a los ojos y la sabiduría y bondad que vio en ellos borró todas sus dudas, y le dijo: —Confío plenamente en ti Jannirèll, y estoy dispuesto a aceptar de buen grado todo lo que quieras enseñarme.

Tras recibir su consentimiento, Jannirèll proyectó su mente hacia la de Skjult entrando en comunión con él y junto con la información de los acontecimientos acaecidos en la Confederación durante su ausencia, le transmitió los hechizos necesarios para llevar a buen término su misión, al tiempo que absorbía los conocimientos de Skjult sobre los planes de Bittaga, que eran mucho más ambiciosos y complejos de lo que habían supuesto.

Una vez convencido de que Skjult había subsumido lo que quería transmitirle, Jannirèll liberó su mente y le dijo: —Las noticias que guardabas en tu mente son, como pensabas, de suma importancia y conocerlas nos obliga a modificar nuestros planes, pues no podíamos suponer hasta donde llega la desmesurada ambición de Bittaga.

Jannirèll hizo una pausa, y por uno breve instante a Skjult le pareció que el mago se encontraba a cientos de leguas de allí, tras la cual continuó:

—Por otra parte quiero pedirte disculpas por el abandono en que te hemos tenido, debido a la creencia de que la falta de comunicación se debía a no tenías novedades de las que informar, y a que los acontecimientos ocurridos en la Confederación habían ocupado totalmente la atención del Donark.

—No hay nada que disculpar, y ahora que estoy al tanto de la situación, entiendo perfectamente lo ocurrido, y el hecho de que tú te encuentres aquí compensa con creces cualquier otra cosa.

—¡Si!, es necesario pedir disculpas porque nuestro involuntario abandono podía haber tenido desastrosas consecuencias para ti, y haber frustrado nuestros planes poniendo la Confederación en manos de Bittaga. Afortunadamente he llegado a tiempo de evitarlas, y tú has recuperado tu personalidad y ahora sabes como protegerte adecuadamente, y el Donark ya está elaborando nuevos planes en base a la información que nos has proporcionado.

—¿Cómo es eso posible si apenas acabas de conocer los planes del Emperador?— Preguntó asombrado Skjult.

—Como ahora sabes, la Iglesia envió a un grupo de magos del que formé parte, a buscar un tratado de magia escondido por nuestros antecesores. Para encontrarlo y vencer las salvaguardas con que lo habían protegido, tuvimos que fusionarnos en un solo ser y desde entonces, todo lo que sabe uno de nosotros lo sabe el resto, por eso sé que ya han empezado a realizar nuevos planes.

—¿Entonces que vamos a hacer ahora?

—Tú seguirás desempeñando tus funciones en el Estado Mayor como hasta ahora, e informando a los skulek de las novedades que se produzcan. Yo trataré de averiguar de dónde procede y hasta donde alcanza la magia de los sacerdotes.

Faltaban pocas horas para el amanecer cuando, tras darle las últimas recomendaciones, Jannirèll se despidió de un renovado Skjult y desapareció como una sombra que nunca hubiera estado allí.

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