Los caballeros de la Iglesia

Capítulo XXI (2)

 

En los aposentos del Prelado

 

Al entrar en los dominios privados del Prelado, a Jannirèll le sorprendió el contraste existente entre la austeridad característica de las edificaciones del imperio, con el desmedido lujo de aquella estancia con paredes cubiertas por ricos tapices y donde junto a delicadas esculturas florecían, en grandes jardineras, gran variedad de plantas que la conferían el aspecto de un jardín. Al fondo se encontraba  Rahmsiz, sentado de espaldas a la pared en un estrado, contemplando la complicada danza que ejecutaba un grupo de  bellas bailarinas ataviadas con escasos velos semitransparentes sin reparar en la presencia de los acólitos que repartieron las bandejas cargadas de delicadas viandas entre las distintas mesas ocupadas por los miembros del Círculo Interno, no sin antes catar su contenido en prevención de que pudiera estar envenenado, hecho lo cual abandonaron el salón, mientras Jannirèll se ocultaba tras una de las múltiples esculturas que adornaban el amplio recinto, donde permaneció hasta que, terminada la comida, regresaron los acólitos para retirar los restos del servicio, momento que aprovechó para unirse a ellos y volver a las cocinas y desde allí, sin que nadie le molestara, abandonar el templo.

 

Durante el tiempo que estuvo en presencia del Prelado,  Janniréll sondeó su mente comprobando que, aunque estaba excepcionalmente dotado para la magia, mucho más que el resto de los presentes,  esta capacidad se veía muy mermada por el desconocimiento de su esencia y solo podía utilizarla usando conjuros que debía memorizar continuamente. Seguro de que la capacidad del Prelado estaba muy por debajo de la suya y no corría el riesgo de ser descubierto, Janniréll profundizó en su mente hasta llegar a sus más íntimos pensamientos y deseos. En ella, junto a una desmedida ambición y una total falta de empatía hacia los demás a quienes veía como instrumentos prescindibles para la consecución de sus objetivos, encontró  profundos sentimientos de amor-odio hacia el emperador y de temor y desconfianza hacia sus más allegados colaboradores, y al profundizar más para conocer sus causas, descubrió con estupefacción que estos se debían al hecho de que en su origen, el culto a Bajaruvchy lo practicaba un reducido grupo de tribus cuyos componentes practicaban la brujería e invocaban demonios, por lo que fueron desterradas a los desiertos confines de las Tierras Ignotas hacía cientos de años por el resto de las tribus, que sacrificaban sin compasión a aquellos de sus miembros que caían en sus manos, lo que originó el profundo odio que estas tribus, reducidas a la condición de parias, sentían por el resto de la sociedad.

 

Debido a la dureza de las condiciones de vida a que estaban sometidas, que solo permitían la supervivencia de los más fuertes, desconocían conceptos tales como el amor y la amistad. Enfermos y ancianos eran abandonados a su suerte para que perecieran y los niños, que desconocían quienes eran sus progenitores, debían valerse por sí mismos, siendo sacrificados si la tribu consideraba que no eran elementos útiles. Las tribus estaban regidas por un chamán, el hombre con mayores poderes mágicos, que era el responsable de dirigir el destino de la tribu y tenía poder de vida y muerte sobre el resto de los miembros, siendo sus decisiones incuestionables, estos chamanes se decían herederos directos de los grandes sacerdotes de antaño, poseedores de una poderosa magia perdida a lo largo de los tiempos,  y dado que su autoridad provenía exclusivamente de la magia que eran capaces de invocar, atesoraban conjuros, heredados o robados a otros chamanes a los que habían derrotado y dado muerte, y los anotaban en pequeños libros que constituían la fuente de su poder y de los que nunca se separaban, ya que eran conscientes de que si los perdían serían rápidamente eliminados, generalmente por un discípulo aventajado en quien habían depositado su confianza. Por este motivo ser discípulo de un chamán, era una de las posiciones más deseadas y peligrosas ya que si el maestro consideraba que su discípulo podía aventajarle como mago, le mataba antes de que este pudiera matarle a él.

 

Por este motivo, uno de los más poderosos chamanes, ya viejo y que no tenía discípulos por miedo a que le asesinaran para ocupar su puesto, al costarle realizar ya las tareas físicas más sencillas, violó todas las tradiciones y curó a un extranjero al que encontró agonizante en el desierto, y le hizo su esclavo pensando que le sería útil para realizar aquellos trabajos sencillos que debido a la edad, él no podía realizar. Si aquel viejo senil hubiera sabido las consecuencias de su acción, jamás habría salvado la vida de aquel extranjero taciturno y callado, que realizaba las tareas más serviles sin ninguna protesta y al que cualquier acto mágico parecía aterrorizarle.

 

No precisó mucho tiempo el extranjero para ganarse la confianza del viejo chamán que disfrutaba cuando, al mostrarle el poder de su magia, le veía correr a esconderse aterrorizado provocando las risas y el desprecio de toda la tribu, lo que reforzaba su confianza en aquel  individuo que, con su actitud discreta y servil, se convirtió, a ojos de todos, en una especie de mueble en el que nadie apenas reparaba. Muy caro pagó el chamán su error de juicio, pues no pasó mucho tiempo hasta que el extranjero, cuya prodigiosa memoria le permitía recordar cualquier conjuro, por complicado que fuese, le robase todos sus conjuros y tras matarle dolorosamente, se hiciera con el poder en la tribu.

 

Durante un tiempo nadie volvió a saber nada del extranjero ni de su tribu y poco a poco fue olvidado, hasta que años más tarde, reapareció y se hizo con el poder absoluto sobre todas las tribus, al obligar a sus chamanes a entregarle sus libros de hechizos, eliminando de forma cruel e implacable a todos aquellos que se negaron. Los chamanes que voluntariamente le entregaron sus libros a Bittaga, como ahora se hacía llamar el extranjero, (quien los dejó bajo la custodia de las Moshinalar[1], ninguna de las cuales sabía leer y por tanto no existía el peligro de que los utilizaran) quedaron a cargo de sus respectivas tribus como representantes del autoproclamado emperador de los samoviys Bittaga, Voz de Bajaruvchy en el mundo, y única persona capaz de interpretar su voluntad.

 

Las Moshinalar, constituían la guardia personal del emperador, y eran mujeres que desde muy niñas, habían sido separadas de sus familias y educadas bajo una estricta disciplina en las artes del combate y el asesinato. Sometidas a duras y crueles pruebas en las que muchas perdían la vida, las que superaban el entrenamiento, aproximadamente el diez por ciento de las que lo habían comenzado, debían enfrentarse en un combate a muerte entre ellas, que eliminaba aproximadamente a la mitad. Cada una de las supervivientes, que a partir de ese momento podía disfrutar libremente de todos los placeres imaginables, aprendía los conjuros necesarios para detectar cualquier amenaza contra el Emperador y se convertía en una o’roq mashinasi[2], una experta asesina carente, de todo sentimiento y fanáticamente leal al emperador, única persona a la que debía obediencia.

 

Bittaga había demostrado ser un hombre muy peligroso, cuyo odio hacia aquellos que habían perseguido a los adoradores de Bajaruvchy, muy superior al que sentían las propias tribus, junto con la promesa de una implacable venganza sobre ellos, le habían granjeado el respeto de todos, respeto que se convirtió en fanática obediencia, cuando sometieron a los samoviys bajo su yugo y los miembros de las tribus desterradas pasaron a controlarlas como  sacerdotes y acólitos del Clero de  Bajaruvchy, guiados por sus antiguos chamanes, convertidos ahora en prelados y viceprelados. Inflexible en sus deseos e implacable con quienes fallaban en el cumplimiento de sus órdenes, era tan odiado como temido, por sus más directos colaboradores, y solo su magia y las Moshinalar que siempre le acompañaban, habían evitado su caída, al eliminar sin miramiento alguno a los pocos insensatos que intentaron oponerse a él.

 

Cuando Bittaga decidió invadir la Confederación Erkendia y comenzó a reclutar entre los samoviys el ejército necesario para ello, cedió al Prelado de Qishloq, como muestra de la confianza que tenía en él, veinte Moshinalar con órdenes expresas de protegerle y obedecerle como si de él mismo se tratara. En un principio Rahmsiz se sintió halagado por esta muestra de confianza, hasta que cayó en la cuenta de que se trataba de un regalo envenenado ya que, si bien era cierto que era el único que había sido distinguido con tal honor, también lo era el hecho de que era el mago más poderoso de sus colaboradores y el único que tenía control sobre todo el ejército, lo que podía incitarle a la rebelión, algo que las Moshinalar detectarían inmediatamente y sería la causa de que literalmente, perdiera la cabeza.

 

El análisis de los sentimientos del Prelado sorprendió a Jannirèll y al resto del Consejo de Archimagos, que no se imaginaban la fragilidad del imperio creado por Bittaga, debido a las tensiones reinantes en el seno del clero, que se debatía entre el odio que sentían por el Emperador y el terror que este les producía, algo que podrían utilizar en su favor llegado el momento, aunque este se encontraba todavía lejano porque, a pesar del imperio de terror a que estaban sometidos, las prédicas de Bittaga habían instilado en la mente de los samoviys (para los que la guerra formaba parte de sus tradiciones y solo la veían como  una forma de alcanzar una vida más mejor y más fácil) el odio hacia los erkendios y la ambición por conseguir los bienes de que disfrutaban, lo que unido al temor a las consecuencias que les acarrearía el fracaso a ojos de  Bajaruvchy, los convertía en unos terribles enemigos que no darían ni pedirían cuartel, por lo que se enfrentarían a una guerra sangrienta y cruel.

[1].- Moshinalar : plural de o’roq mashinasi

[2] .- o’roq mashinasi: segadora

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