Los caballeros de la Iglesia

Capítulo XXII

 

La situación en Styretstyrke

 

 

Mientras en Qishloq Jannirèll descubría el alcance de los planes de Bittaga, mucho más complejos y sofisticados de lo que podrían haber supuesto, en Styretstyrke los miembros del Consejo, interrumpiendo la explicación de Velger, se abalanzaron hacia las ventanas para ver a que se debían los gritos de alarma y vieron con sorpresa y consternación como un nutrido grupo de hombres a caballo atacaba el pequeño poblado de tiendas y carromatos, surgido a poca distancia de la fortaleza con motivo de la reunión del Rådetskonger, asesinando salvajemente a comerciantes y curiosos, mientras en el horizonte un numeroso ejército avanzaba hacia la fortaleza. Solo la inesperada intervención de los numerosos clariones que deambulaban curiosos entre la gente cuando se produjo el ataque quienes, armados solamente con sus báculos que manejaban con endemoniada habilidad y actuando con sorprendente coordinación, se enfrentaron a los atacantes, eliminando a muchos de ellos y haciendo huir al resto, evitó que se produjese una masacre, aunque esta valerosa actuación les costó cara ya que muchos de ellos dieron su vida para evitarla.

Terminada la refriega, parte de los supervivientes, entre los que había algunos miembros de la nobleza y de las tropas que habían acompañado a los respectivos monarcas a la ceremonia, se refugiaron en la fortaleza mientras el resto se desperdigaba en todas direcciones huyendo del ejército que se aproximaba. Cuando, tras contemplar lo ocurrido, los reyes de erkendios se retiraron de las ventanas sumidos en sombríos pensamientos, Storyxa, con voz calmada y abatida dijo:

—Perdona mis palabras de antes Velger, a veces me dejo llevar por mi carácter suspicaz y mi boca funciona más rápido que mi buen juicio. ¿Supongo que éste asalto está relacionado con las noticias que queríais comunicarnos?

Haciendo un gesto para restar importancia a las primeras palabras del rey de Thörvork, Velger respondió: —Efectivamente Storyxa, como ya os he dicho, queríamos informaros de la inminente invasión de los samoviy que habitan en las Tierras Ignotas y pedir vuestra colaboración en los preparativos realizados por la Iglesia para hacer frente a la guerra que se avecina, pero han actuado con mucha más rapidez de la que podíamos suponer.

En ese momento, en el patio de armas se escucharon sonidos de lucha, al tiempo que se abrían las puertas del salón para dar paso al gobernador de la fortaleza, al que seguía un grupo de sombríos haddar que conducían desarmados y estrechamente vigilados a los comandantes de las guardias que habían acompañado a los monarcas al consejo, en cuyas ropas se podían ver rastros de sangre.

—¿Qué ocurre ahí fuera Hokim?—  Preguntó Velger.

—¿Y por qué traéis a los capitanes de nuestras escoltas desarmados como si fuesen prisioneros?—  Inquirió, a su vez, Storyxa con tono imperioso.

—Lo que sucede es que estos inconscientes han atacado sin previo aviso a los hombres de Dönhar y Ganestria y si no hubiésemos intervenido se habrían matado entre ellos— Respondió el gobernador de la fortaleza.

—Teníamos sobrados motivos para hacerlo porque los que atacaron…

El capitán de la guardia de Behövligfisk interrumpió su alegato sorprendido, cuando se materializó en mitad del salón un ser que continuó con su explicación.

—Porque vio que quienes nos atacaron llevaban en las sobrevestes los escudos de Dönhar y Ganestria y quisieron vengar a los muertos en el ataque.

Venciendo el temor que le atenazaba, el capitán dijo —Es cierto, e hicimos lo que en esos momentos pensamos que era más correcto.

—Eso no es cierto y lo sabes Spiyd— dijo Jannirèll, pues de él se trataba, sorprendiendo al azorado capitán al llamarle por su nombre. —Actuasteis sin pararos a pensar, solo movidos por las ansias de venganza, olvidando vuestro principal deber que no es otro que proteger a sus majestades de cualquier peligro. Si lo hubieseis hecho así, en vez de dejarles desprotegidos, no habríamos de lamentar la muerte de algunos buenos hombres, ni estaríamos perdiendo un tiempo que nos es muy necesario, para solucionar vuestros errores.

Tras estas duras palabras, los capitanes bajaron avergonzados las cabezas y Jannirèll continuó explicando como, si se hubiesen parado a pensar se habrían dado cuenta de que a pesar de su brutalidad, los atacan-tes habían permitido que muchos huyesen, algo que podrían haber evitado fácilmente y que no hicieron, ya que su intención era que los que escaparon esparciesen por la Confederación la noticia de que los ejércitos de Dönhar y Ganestria habían atacado Styretstyrke y provocar, como acababa de ocurrir en la fortaleza, el enfrentamiento entre estos dos países y el resto de la Confederación, obligando así a ambos países a enviar tropas a proteger las fronteras de los ataques del resto de los países de la Confederación, lo que dejaría el campo libre a los samoviys. Por otra parte permitiría que los infiltrados que tenía Bittaga en los distintos reinos, aprovechando la indignación que produciría la muerte de los monarcas que a esas alturas, todos darían por cierta, se hiciesen con el poder y sembrasen la desconfianza y el caos en los reinos para facilitar el objetivo del Emperador que no era otro que la conquista de toda la Confederación.

En ese momento Jannirèll se bajó la capucha y tras mirar uno a uno a los reyes allí reunidos, que le observaron temerosos al contemplar el inconmensurable poder y sabiduría que emanaban de aquel atemporal rostro, y continuó diciéndoles: —Sé que a todos os ha sorprendido mi aparición en esta sala y os estáis preguntando como ha ocurrido, pero he de deciros que sigo en Qishloq esperando la llegada de Bittaga, y lo que estáis viendo no es otra cosa que una proyección de mi esencia que me he visto obligado a realizar para convencer a unos obstinados monarcas de la gravedad de la situación, y evitar que la precipitación de sus capitanes nos hiciese perder un tiempo del que no disponemos, ya que según acabo de descubrir, el plan de Bittaga es mucho más complejo y está en una fase bastante más avanzada de lo que hasta ahora suponíamos.

Jannirèll observó el abanico de expresiones que pasó por los rostros de los silenciosos monarcas, tras sus palabras, expresiones que fueron desde la incredulidad al temor, pasando por la duda y la aceptación y comprendió que por primera vez eren plenamente conscientes de la magnitud del problema que se les venía encima, y de que era necesaria la colaboración de todos para hacerle frente, por lo que convencido de que ya no era necesaria su presencia, desapareció.

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