Los caballeros de la Iglesia

Capítulo XXIV (3)

 

El desierto

 

Imagen de Erdenebayar Bayasan en Pixabay

Cuando las autoridades se presentaron en la villa para prenderle, solo encontraron al escaso personal de servicio encargado de su mantenimiento y que desconocía las actividades delictivas de su patrón, quien en esos momentos se encontraba muy lejos, al frente de una caravana que siguiendo rutas alternativas y poco frecuentadas se dirigía hacia las tierras salvajes situadas en los confines de la civilización, donde Bittaga pensaba podría establecerse y reanudar su lucrativo negocio, pero sus planes se vieron frustrados cuando sus hombres, rateros de ciudad poco acostumbrados al trabajo duro, que le habían seguido pensando que se establecerían en una ciudad alejada donde continuarían con su vida habitual, al ver que una tras otra las dejaban atrás continuando viaje hacia un destino desconocido, comenzaron a dudar de la cordura de aquel hombre que parecía creerse el centro del universo y hartos del despótico trato a que les sometía, decidieron abandonarle por lo que una noche levantaron el campamento y volvieron sobre sus pasos. Cuando, al despertar, descubrió que se encontraba solo en medio del árido desierto que llevaban varias jornadas recorriendo, Bittaga maldijo a aquellos cobardes que le habían abandonado y en los que nunca debió confiar y en un ataque de furia incontrolada se lio a golpes con la tienda, esparciendo su contenido por las ardientes arenas hasta que la tensión y el ardiente sol del mediodía le hicieron caer desmayado.

Cuando volvió en sí y abrió los ojos ya estaba bien entrada la noche, y presa de una sed abrasadora que le quemaba la garganta intentó levantarse, pero cayó postrado de nuevo cuando un dolor insoportable se extendió por todo su cuerpo, pues la larga exposición al sol del desierto le había quemado completamente la piel. Pasados los primeros momentos de dolor y haciendo un tremendo esfuerzo de voluntad, se arrastró como pudo entre los restos de lo que había sido su tienda buscando el odre de agua que junto con algunas provisiones y un saquito que contenía valiosas joyas, guardaba en un cofre del que nunca se separaba. No supo el tiempo que estuvo buscando hasta que encontró el cofre, cuyo contenido se encontraba esparcido por la arena y se abalanzó sobre el odre, que afortunadamente se encontraba intacto, y bebió un largo trago que le aplacó la sed y le proporcionó las fuerzas suficientes para arrastrarse bajo los restos de la destrozada tienda y protegerse del implacable sol del desierto que comenzaba a aparecer en el horizonte, pero este esfuerzo resultó ser demasiado para su maltrecho cuerpo y volvió a perder el conocimiento.

Durante un tiempo Bittaga se debatió entre la vida y la muerte hasta que un día al despertar fue plenamente consciente de que volvía a ser dueño de su mente y podía controlar sus pensamientos. Su cuerpo había sanado aunque se encontraba débil debido al tiempo que había pasado postrado y a la falta de comida, por lo que se levantó y con movimientos vacilantes en un principio que se fueron afirmando según se ejercitaba, comenzó a buscar entre los restos algo que comer, encontrando al poco tiempo un saco que contenía galletas de avena y un trozo de tasajo, que sus hombres debían haber olvidado cuando le abandonaron, y aunque las galletas estaban duras como piedras, logró comer algunas ablandándolas con un poco de agua, tras lo cual y a costa de grandes esfuerzos, acondiciono un pequeño sombrajo con los restos de la tienda para protegerse del inclemente sol, bajo el que se tumbó a descansar y a considerar sus escasas opciones mientras esperaba la llegada de la noche.

Bittaga no tardó mucho en llegar a la conclusión de que solo podía hacer dos cosas dada la situación en que se encontraba, volver sobre sus pasos y tratar de alcanzar a quienes le habían abandonado, o continuar solo el viaje hacia un destino que se presentaba incierto. A primera vista pudiera parecer que lo más lógico sería desandar el camino y tratar de volver a la civilización, pero tras considerar las implicaciones de esta decisión dos motivos le impulsaron a rechazarla. En primer lugar la velocidad a que se desplazaba la caravana, velocidad que nunca podría igualar en el estado en que se encontraba, y en segundo el hecho de que aunque por un milagro pudiese alcanzarla, en cuanto lo hiciera aquellos hombres le asesinarían para que no pudiese vengarse de ellos por haberle abandonado. Puestas así las cosas solo podía continuar camino con la esperanza de alcanzar el destino inicial del viaje que según pensaba, no podía encontrarse muy lejos. Tomada esta decisión, al caer la noche hizo una especie de saco con la lona de la tienda y metiendo en él lo que quedaba del destruido campamento, inició el viaje.

Caminando durante la noche y descansando durante el día, Bittaga se adentró en el desierto durante varias jornadas, pero el excesivo peso que cargaba le impedía avanzar con rapidez y poco a poco tuvo que ir deshaciéndose de todo aquello que no era imprescindible para la supervivencia. Durante semanas, ropas finamente tejidas, cubiertos de bella factura, copas engastadas con magníficas joyas y todos aquellos tesoros que no se habían llevado sus hombres al abandonarle y con los que pensaba iniciar una nueva vida al llegar a su destino, quedaron abandonados en la arena de aquel desierto que parecía no tener fin, hasta que solo le quedó el odre de agua con apenas unas gotas para humedecerse los resecos labios. Cuando finalmente se acabó el agua Bittaga, movido por un fuerte instinto de supervivencia, prosiguió su avance chupando pequeños guijarros para humedecer la boca y engañar a la sed hasta que su cuerpo, deshidratado llegó al límite de su resistencia y se negó a continuar, por lo que al límite de la muerte, cayó desvanecido al duro suelo en el que crecían tímidamente pequeños arbustos de gruesas hojas espinosas, sin percatarse de que había logrado salir del desierto.

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